Gaspar Simoes fue el primer biógrafo de Pessoa y el primero que lo mitologizó: genio no reconocido, poeta maldito, sin familia, pobre y mendicante, inmensamente triste, ajeno a la sexualidad, políticamente indefinido, con pocos amigos, dilapidador, empresario ruinoso y psicológicamente confuso. Él mismo ... había contribuido a ello. En su primer poema, escrito regresando a Lisboa desde Durban, se quejaba de ser «despreciado por la tierra, ajeno a todo afecto» (1915, en inglés). Y en este misterio, lo fuimos leyendo con una inmensa admiración. Zenith echa por tierra la mayor parte de estos tópicos y nos entrega a un poeta nuevo o al menos un tanto distinto. El biógrafo, durante años, ha tenido la paciencia y el gran tino de leer las miles de anotaciones que el poeta dejó guardadas en el famoso baúl.
'Pessoa. Una biografía' está repleta de desmentidos. El que más me impresiona es el referido a su muerte. Pocos moribundos han estado acompañados de tanta gente. Sus familiares más cercanos, entre ellos su primo médico que siempre lo atendió; además de Carlos Moitinho, el señor Vasques del 'Libro del desasosiego', quien lo llevó en su coche al Hospital Saint Louis, uno de los mejores y más caros de Lisboa. Él mismo pidió que lo instalaran en una habitación privada y se hizo cargo de todos los gastos. Otros empresarios amigos también se presentaron. En todo momento estuvo asistido por otro médico y una enfermera. Pessoa, «solitario y supremo» como lo definió Gaspar Simoes, era una persona querida y respetada en su tiempo.
Fernando Pessoa, un genio frustrado, asexual, amante de la astrología y con amigos invisibles desde la infancia
Cuando Pessoa criticó a Salazar por ir contra la masonería, tuvo una visita de la policía, pero no se atrevieron a detenerlo. Sí, fue un soltero recalcitrante, silencioso tertuliano, derrochador, escritor impenitente y alcohólico. Simoes lo puso bajo la lupa de Freud y a él no le agradó. Sin embargo, en una carta que le envió al profesor de Coimbra en 1931, se confesaba como un neurasténico histérico (útero en griego). Histérico en sus emociones y neurasténico en su intelecto y voluntad. Sá-Carneiro lo había definido, al comienzo de sus carreras literarias, como «de una humanidad variada, una civilización entera y una nación soberana».
Zenith, en esta biografía casi definitiva, hace un experimento ingenioso pero complicado. Me refiero al papel que les da a los heterónimos. Los hace reales y los incorpora a la biografía cotidiana de Pessoa. A un lector común lo puede llevar a confusión. Por ejemplo, Álvaro de Campos escribe una serie de cartas de carácter político que comprometían a Pessoa y que no envió a la prensa. Estos hechos, al no realizarse, como tantos otros, no tuvieron influencia en el acontecer diario del escritor. La biografía es sobre Pessoa, un ser de carne y hueso. Los heterónimos son como metaversos o avatares. No tienen un reconocimiento jurídico. Pessoa fue un esclavo indefenso de la multiplicidad de sí mismo, pero esa multiplicidad no tenía DNI.
Si se le atribuyen todas las tendencias sexuales de sus heterónimos, sería un eros báquico
Pessoa varias veces pensó ingresar en un psiquiátrico. Álvaro de Campos lo animó a suicidarse («mi alma está cansada de mi vida»). Él mismo confesó que los pseudónimos solo son un cambio de nombre; mientras que los heterónimos son del autor, «fuera de su propia persona». No critico este punto de vista del biógrafo, pero puede dar una idea distinta del personaje.
Por ejemplo, si se le atribuyen todas las tendencias sexuales de sus heterónimos, sería un eros báquico. Imaginémonos que en las biografías de Simenon o en las de Agatha Christie, sus personajes, los asesinos y delincuentes, por ejemplo, pasaran a formar parte de una vida auténticamente existida, encarnados en la realidad cotidiana de sus autores. Evidentemente, estos novelistas no los escribieron como heterónimos pero, para el caso, es lo mismo.
Simoes contó algo que para mí es muy significativo. En uno de sus viajes a Lisboa quedó en el Martinho con Pessoa. Al saludarse, Pessoa se presentó como Álvaro de Campos. Fue el ridículo más espantoso, pues el creador no supo representarlo vivo. Pessoa quizá hubiera aprobado el experimento de Zenith. Pero históricamente es peligroso, aunque no lo sea literariamente. Los heterónimos sostenían opiniones distintas, concebían el mundo de formas diversas e interactuaban entre ellos según sus criterios. No eran ÉL. Pero Zenith hace todo lo contrario. Cada heterónimo es un desdoblamiento de Pessoa y, por tanto, biografía suya real y no ficticia.
Pessoa, como Kierkegaard, y tantos otros escritores y artistas optó por una vida cuasi monástica: silencio, castidad y obediencia
Otra de mis discrepancias con Zenith es la obsesión que tiene por indagar en la sexualidad de Pessoa. ¿Onanista o gustoso del sexo oral? ¿A cuantos les interesa esto? Y si les interesa es porque no les interesa su obra. Zenith sabe perfectamente que Pessoa, como otros grandes escritores, no es que no le importase el sexo sino que le importaba infinitamente más la escritura y la fama literaria, aunque esta no la disfrutara en su corta vida. Zenith apuesta a que murió virgen. ¿Y qué? Lo que sí sabemos es que intimó con Ofélia.
En su obra, sobre todo en algunos de sus heterónimos como Álvaro de Campos, hay variadas referencias a la homosexualidad. Pessoa publicó en su efímera editorial Olisipo a Botto y Leal, dos amigos declaradamente homosexuales, lo mismo que a la poeta sáfica Judith Teixeira. Y, siendo tan tímido, salió públicamente en defensa de ellos. De lo que se puede estar prácticamente seguro es que no copuló con nadie, ni rezó a ningún dios, ni perteneció a partido político. Pessoa, como Kierkegaard, y tantos otros escritores y artistas optó por una vida cuasi monástica: silencio, castidad y obediencia.
Zenith se regodea en remarcar lo homosexual, heterosexual e incluso el masoquismo del personaje. Los pensamientos de Pessoa y sus heterónimos no eran delito entonces, mientras no se pusieran en práctica. También el biógrafo se interesa en saber si su biografiado acudió alguna vez a un prostíbulo, tanto en Durban como en Lisboa. Eso ya estaba resuelto en su poema en inglés 'To a Prostitute': «Qué bueno pensar que un día estarás podrida/ y los gusanos reptarán dentro de tu útero...». Casarse y tener hijos, nada más alejado del carácter de Pessoa. Él mismo escribió un panfleto contra el matrimonio.
Alves, otro heterónimo, tenía «aversión sexual obsesiva». Se suicidó. ¿Lo hizo acaso Pessoa?
Jean Seul, el único heterónimo francés y en su propia lengua, en el año 1907, escribió un ensayo descarnado y desagradable. Una especie de '1984' de Orwell. Imagina el futuro de Francia tiranizado por el sexo más violento y perverso. Más radical aún que 'Los 120 días de Sodoma', del marqués de Sade. ¿Era el Pessoa verdadero quien disfrutaba con todo esto? Por el contrario, Zenith lo define como «mojigato, paternalista y elitista». Seul es una ficción curiosa, pero, ¿influyó algo en la realidad de Pessoa? Alves, otro heterónimo, tenía «aversión sexual obsesiva». Se suicidó. ¿Lo hizo acaso Pessoa?
Zenith llega a rizar el rizo sugiriendo que Sá-Carneiro y Pessoa pudieron estar liados. Algo que da risa. Y lo justifica porque hay dos poemas homoeróticos que coinciden con el primer encuentro de ambos. Nada más opuesto. Pessoa, tímido; Sá-Carneiro, gran escritor y juerguista. A su padre y mecenas se la jugaba con sus amantes y se casó finalmente y tuvo una hija. Zenith escribe: «Aunque no vivieron juntos, eran como dos masturbadores profundamente unidos pero inalterablemente egocéntricos, cada uno excitando al otro…». ¿A qué contribuye este comentario sin pruebas? Imagínense una película en donde se asiste también a las necesidades fisiológicas de los protagonistas. ¿Existe alguna, contribuiría a añadir grandeza a la historia del séptimo arte?
Pessoa creó a los heterónimos, pero, no pudiendo siquiera vivir su propia vida, ¿cómo se iba a echar a los hombros las de los demás? Pessoa quería serlo todo a la vez, también seguramente en la abundante sexualidad ficticia. Pero fue casto y célibe. ¿No es también algo que resaltar como lo demás? En 1913 tuvo la idea de recoger su poesía homoerótica en el 'Livro do Outro Amor'. No lo llevó a cabo como tantísimas otras cosas. Uno de los poemas se titularía 'Me odio por amarte'.
La fracasada editorial Olisipo fue, según Zenith, el primer sello gay, en Portugal y en Europa
En 1922, un periodista escribió en una revista el artículo 'La literatura de Sodoma, y el ideal estético en Portugal'. A Pessoa no lo acusaba de sodomita sino de fomentar su propaganda. Poco después, Pessoa respondió con uno sobre Botto. Campos admiraba a Botto por su «absoluta inmoralidad». Pessoa también, pero no precisamente por esto, sino que creía en su poesía. Raúl Leal también contestó con otro, 'Sodoma divinizada'. Resultó impublicable para aquellos tiempos. Botto definió la moral como «la innoble hipocresía de la envidia por no ser amado». La fracasada editorial Olisipo fue, según Zenith, el primer sello gay, en Portugal y en Europa. Botto, Leal y Judith contribuyeron a ello en un doble sentido. Primero a un avance en la libertad de expresión en medio de una dictadura; pero también al hundimiento definitivo editorial. Sus libros fueron retirados por la policía de las librerías.
Adriano del Valle visitó Lisboa en 1923 en viaje de novios. Conoció a todo este grupo. Se los presentó Pessoa. A la vuelta a España se puso a traducir a Botto. Finalmente, la amistad y colaboración se truncó porque donde ponía ÉL, el español ponía ELLA. Según Zenith, Pessoa se interesó por la cirugía del cambio de sexo. Según el biógrafo, y esto no lo he visto por ninguna parte, a Pessoa le complacía tener un heterónimo transexual. Álvaro de Campos cuenta que Ricardo Reis dejó de ser mujer y se convirtió en hombre cuando conoció a Caeiro. Y Zenith, para estar en la onda contemporánea, dice que Reis hoy sería de «género fluido». Si hubo finalmente un heterónimo femenino, fue María José.
Zenith se toma algunas libertades que en nada favorecen su labor. Pretende «poner al día» a Pessoa a través de la ideología woke en boga
A Pessoa le asustó el tremendo apetito sexual de Aleister Crowley, siempre rodeado de jovencitas. Alguna se suicidó. Sin embargo, el amigo y maestro de Pessoa condenaba «el sexo entre hombres». Zenith nos informa también, no sé su origen, que tanto Botto (provocador y exhibicionista) como Leal, afirmaron que Pessoa tenía un pene mínimo. ¿Le interesa esto al lector? Tenerlo pequeño o grande, ¿influye en la genialidad del portugués? Nunca lo vieron desnudo pero lo deducían por la contemplación de su entrepierna. Pessoa en erección se me hace inimaginable, como a muchos otros. Absurdos e innecesarios comentarios.
En los últimos meses de su vida, conoció a una bellísima británica (hay una foto de ella), Madge Mary Moncrieff Anderson. Trabajaba para los servicios de inteligencia británicos. Encuentros, poemas y cartas nos hablan de un Pessoa alegre y hasta cierto punto entusiasta. «Viejo tonto dramático», le dijo ella a él. «Lo esencial es el amor./ El sexo es solo un accidente./Puede ser igual o diferente./El hombre no es un animal:/es una carne inteligente,/aunque a veces enferma». ¿Por qué Zenith se ha empeñado en anteponer el sexo y no el amor?
Zenith ha llevado a cabo un trabajo memorable. Indudablemente sabe más de Pessoa que el propio biografiado. Pero se toma algunas libertades que en nada favorecen su labor. Pretende «poner al día» a Pessoa a través de la ideología woke en boga. O una operación por el estilo. La imagen de Pessoa ya siempre será esta, si es que entre los pocos papeles que quedan sin descifrar no hay sorpresas. Creo, y es mi opinión, que los heterónimos no son el propio Pessoa, sino personajes de su mente con mucho o poco suyo y, por supuesto, ni vivieron ni vivirán carnalmente, por lo que no deberían formar parte de la vida real del poeta. Dicho esto, su estudio es fundamental, al menos como pie de página de todo lo que le sucede al autor.
La sexualidad de Pessoa, para mí poco interesante, es significativa con respecto a algunos de sus escritos que, por otro lado, plantean una inmensidad de asuntos existenciales trascendentes. Las varias elucubraciones del biógrafo, sin documentación alguna, sobre asuntos escatológicos, son más bien teorías que le van bien para su discurso. Fíjense que Pessoa murió sin la compañía de sus heterónimos. Como Flaubert lo hizo sin Madame Bovary.
Pessoa, un grande entre los más grandes de cualquier siglo. «Un pobre escribiente de cuyo nombre no se acordará nadie», había escrito un periodista al servicio del Estado Novo. Como vemos leyendo a Zenith, acertó plenamente.
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