Una vez dentro del Museo de Almería y según nos acercamos a la exposición 'Reflejos. Picasso x Barceló', se hace difícil obviar uno de los más efectivos recursos museográficos de esta institución: una impresionante 'columna estratigráfica' (un paralelepípedo exento) de 13 metros de altura ... que domina el espacio central y la caja de escaleras de este equipamiento.
Ésta se conforma a través de estratos de tierra y réplicas arqueológicas, desde la roca madre hasta hoy, visualizándose en ella sociedades locales, como las de los Millares (3.200 a. C.) y El Argar (2.200-1.500 a. C.), así como Roma o Al-Ándalus. En un barrido visual, de abajo arriba, se muestra el tiempo arqueológico hasta nuestros días, que coronarían el volumen rectangular y alargado.
Situados ya en la exposición que nos ocupa, envueltos en una atmósfera escenográfica y de recogimiento, ese volumen parece convertirse ahora, horizontalmente, en eje que articula el montaje: una inmensa peana que frisa los 16 metros. Sobre ella se produce una suerte de juego a partir de 42 piezas cerámicas de Picasso (1881-1973), Miquel Barceló (Felanitx, 1957) y la colección del Museo de Almería, que aporta 20 referencias del centenar de las mostradas.
Este museo cuenta con algunas de las más antiguas cerámicas conservadas en nuestro país, como la vasija neolítica hallada en El Ejido, con una antigüedad de 7.500 años. En ese paralelepípedo horizontal, en esa espina central en torno a la que gravitamos con fruición y curiosidad, los estratos han desaparecido, no existiendo, por ejemplo, una organización cronológica. No están los estratos, pero sí la tierra de cada uno de ellos convertida en cerámica.
Esto es parte de la feliz propuesta –tal vez, juego– que ha ideado el equipo curatorial. Las piezas cerámicas se disponen con una cierta ordenación (tipologías, ecos antropomórficos o referencias zoomórficas), relacionadas entre sí y rompiendo relatos cronológicos, de modo que podemos apreciar, a distintos niveles (morfológico, técnico, iconográfico, decorativo o acabados como vidriados y bruñidos), las continuidades y evoluciones.
Así, recorrer la peana es un auténtico festín para los sentidos y un aprendizaje que despierta asombro y sorpresa, ya que es una invitación a descubrir la autoría de las obras, que pueden confundirse, especialmente entre Picasso y Barceló. Cuestionar la condición y fecha de algunas, como un fragmento de piñata picassiana de 1950, que podría pasar por un resto arqueológico; u observar los diálogos, citas y transformaciones que se establecen en los 8 milenios de creación alfarera que descansan en esa infinita tabla.
A ambos lados de esta pasarela a la historia de la cerámica, en diálogo con este rico conjunto (neolítico, Edad de los Metales, Grecia y Roma y Al-Ándalus), se sitúan máscaras del mallorquín y otras piezas del malagueño acompañadas de dibujos, reforzando algunas de las convergencias entre ambos (la tauromaquia, el trabajo de relieve, el factor africano).
El paroxismo lúdico llega en la pieza final, un diorama, compuesto por otra cuarentena de piezas, que parece replicar un Nacimiento o Belén. En cualquier caso, una procesión ritual, como las que se desarrollaban en la Antigüedad en honor a Apolo o Teseo, en la que se disponen figurillas de animales y personas que, probablemente, 'acuerparían' deidades. En ese heterogéneo cortejo, creado específicamente para la ocasión, que se dirige a un portal-gruta que nos recuerda las grandes instalaciones cerámicas de Barceló, vuelven a confluir distintos tiempos, desde la Prehistoria hasta pormenores recientes del proyecto del mallorquín para la Sagrada Familia, pasando por piezas grecorromanas o de Picasso, algunas con clara inspiración mitológica. Hemos de pensar que Picasso llega a la cerámica en 1945, en su vuelta al Mediterráneo y a la evocación de lo originario.
El conjunto permite apreciar el componente performativo que posee la cerámica, que tantas veces conserva la impronta, literalmente la huella, de quien la crea, de su gesto. En este particular se desliza la dimensión de experimentación, juego e imaginación que hallamos en Picasso y Barceló, así como la subversión del carácter práctico de esta disciplina. El caso del mallorquín es paradigmático, ya que ha llevado el trabajo con el barro a una innegable condición performativa y escénica a través de acciones. En muchas de sus obras transforma, hasta la metamorfosis, ánforas o cántaros, que pasan a ser otras realidades.
Sigue, por tanto, la estela y enseñanza de Picasso, quien variaba la morfología de tipologías tradicionales. De hecho, uno de los conceptos capitales de lo picassiano es el de metamorfosis, que ocupó los años veinte y treinta. Sus palomas expuestas permiten visualizar cómo una imaginativa acción metamorfosea un recipiente en uno de los animales más vinculados a su biografía.
Esta desbordante 'Reflejos. Picasso x Barceló' posee aún muchas más virtudes. Resulta impagable, en una Almería que tiene en el antropomórfico Sol de Portocarrero (siglo XVI) uno de sus símbolos, ver cómo dialogan un cuenco con motivos soliformes de la Edad del Cobre (3.200-2.200 a. C.) con los picassianos 'Jarrón de las tres cabezas' y un plato decorado esquemáticamente con rasgos humanos, ambos de los cincuenta.
Museo de Almería. Almería. Carretera de Ronda, 91. Comisarios: Miguel López-Remiro, Tania Fábrega y Laura Esparragosa. Hasta el 15 de marzo. Museo de Cádiz. Del 25 de marzo al 28 de junio. Cuatro estrellas.
En el centenario de 'La deshumanización del arte' de Ortega, rememoramos su juicio ante la «sospechosa simpatía hacia el arte más lejano en el tiempo y en el espacio, lo prehistórico y el exotismo salvaje» que encontraba en el arte nuevo, entendiéndolo como propio de una «furia de geometrismo plástico» que periódicamente cruza la Historia. Al salir y volver a la 'columna estratigráfica', no podemos evitar situar a Picasso y Barceló allí, en lo alto, herederos y renovadores de una constante con milenios y toneladas de barro 'bajo sus pies'.
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