Incluso si la isla no estuviera lastrada por los embargos y el comunismo, seguiría siendo una mala inversión
Regala esta noticia Añádenos en Google 24/06/2026 Actualizado a las 01:38h.Durante la década de 1990, el director de Sherritt International llegó a ser conocido como «el capitalista favorito de Fidel Castro». Durante 30 años, las ... refinerías de níquel de la empresa canadiense fueron el único proyecto occidental de explotación de recursos en Cuba. Sin embargo, en marzo de este año, el bloqueo de combustible impuesto por Donald Trump las obligó a cerrar. Una nueva ronda de sanciones agravó aún más la situación y, el 15 de mayo, Sherritt anunció su retirada definitiva de Cuba.
Que así sea depende en gran medida de Trump. Podría alcanzar un acuerdo con quienes ostentan actualmente el poder o promover a un político de menor rango del régimen. Pocos posibles inversores de la diáspora cubana se aventurarían a invertir en un país que siguiera gobernado por los Castro o por sus aliados. Sin embargo, supongamos que Trump optara por una tercera vía: utilizar la presión diplomática o la fuerza para derrocar completamente al régimen. En una encuesta realizada por el periódico Miami Herald entre 800 cubanoamericanos, solo el 2 % afirmó que invertiría en una Cuba liberalizada con el régimen actual, si bien el 51 % aseguró que estaría dispuesto a hacerlo si el régimen cayera.
«Entonces», afirma un cubano afincado en Miami que posee plantaciones de tabaco repartidas por todo el Caribe, «consideraría que ir [a Cuba] es un deber». Es uno de los 60 empresarios afincados en Miami que se reúnen mensualmente para debatir cómo reactivar la economía cubana tras la caída de los Castro. Otros, como Jorge Pérez, un promotor inmobiliario multimillonario, están desempolvando planes redactados originalmente justo después de la caída de la Unión Soviética.
En primer lugar se pondría fin al bloqueo de combustible, se levantarían las sanciones que impiden a las empresas estadounidenses exportar a Cuba cualquier producto que no sean alimentos o medicamentos, la economía se recuperaría rápidamente hasta alcanzar el nivel que tenía antes del bloqueo, y el fin del régimen liberaría a la economía cubana de décadas de control y regulación estatales. La Habana podría parecerse a Caracas, la capital de Venezuela, donde Trump animó a empresas y financieros estadounidenses a invertir en los meses posteriores al derrocamiento de su presidente. Sin embargo, a la hora de decidir dónde invertir su dinero, los seguidores de Make America Great Again (MAGA), los cubanoamericanos y los inversores dispuestos a asumir grandes riesgos se enfrentarían a un obstáculo: los problemas económicos de Cuba son anteriores al embargo de Trump y van mucho más allá de la mala gestión comunista.
Más allá del níquel, los recursos naturales de Cuba son modestos y las pocas industrias que existen están subdesarrolladas o sobredimensionadas, lo cual genera tanto riesgos como oportunidades. El turismo es buen ejemplo de ello. Antes del bloqueo de Trump, aportaba 1000 millones de dólares, aproximadamente el 10 % de los ingresos en divisas del país, pese a que los ciudadanos estadounidenses —situados a solo 145 kilómetros de distancia— tienen prohibido viajar a la isla por las sanciones impuestas por su propio gobierno. La última vez que Washington relajó estas restricciones, en 2016 durante la presidencia de Barack Obama, el número de visitantes estadounidenses alcanzó los 1,2 millones durante los dos años siguientes, superando al de los turistas procedentes de cualquier otro país.
Expectativas altas
La infraestructura necesaria para absorber un aumento repentino de la demanda ya existe. El régimen ha construido numerosos hoteles de gran altura y complejos turísticos de gran tamaño, la mayoría de los cuales permanecen vacíos. La construcción de hoteles, restaurantes y aeropuertos también podría beneficiar a las empresas del sector. Existe un importante margen de crecimiento. En la vecina República Dominicana, con una población similar, el turismo genera unos ingresos anuales de 21 000 millones de dólares.
Las pequeñas empresas de la isla también podrían prosperar. El comercio minorista está formado principalmente por miles de negocios privados que compiten intensamente entre sí. Muchos funcionan al margen de la legalidad o son demasiado pequeños para atraer inversión extranjera, pero podrían beneficiarse del incremento de la demanda generado por abogados, contables y otros profesionales de oficina en una Cuba recién abierta al exterior.
Otros sectores tardarían más en recuperarse. La agricultura emplea a una quinta parte de los trabajadores cubanos, pero se encuentra lastrada por el uso excesivo de fertilizantes, una maquinaria obsoleta —incluso las explotaciones más mecanizadas utilizan norias oxidadas— y una fuerte dependencia del azúcar. Hace tres décadas, Cuba producía ocho millones de toneladas de azúcar; en 2023 apenas alcanzó las 350 000 toneladas. Sin embargo, la caña de azúcar sigue ocupando una quinta parte de la superficie cultivable. Los inversores de Miami quieren destinar esos terrenos al cultivo de tabaco —para fabricar puros con salida en el mercado internacional— y café, y a la producción de carne de vacuno. Sin embargo, transformar las explotaciones agrícolas lleva tiempo.
Carreteras, edificios públicos y puentes con un
No faltarían las dificultades: la liberalización acabaría con las industrias cubanas menos competitivas, como las manufacturas; los médicos que el régimen envía al extranjero a cambio de una compensación económica —su principal fuente de ingresos— podrían regresar al país; puede que Estados Unidos tuviera que aportar financiación para sostener el funcionamiento de la administración mientras se recuperan los ingresos fiscales; y el fin del régimen podría desencadenar una nueva oleada migratoria entre los jóvenes, reduciendo aún más una población ya mermada por años de emigración —Cuba es, de hecho, el país con la población más envejecida de América—.
Las carreteras, los edificios públicos y los puentes también presentan un importante deterioro, a lo que se suma la falta de infraestructura digital, y el sistema bancario es muy reducido, inestable y, en su mayor parte, sigue en manos del régimen. Todo ello podría disuadir a los inversores extranjeros. Si Trump y el nuevo gobierno tardaran demasiado en abordar estos problemas, muchos inversores podrían desistir. Atrapada en un círculo vicioso de escasa inversión y bajo crecimiento, Cuba podría seguir siendo un país sumido en la miseria.
El régimen anunció que permitiría a los cubanos residentes en el extranjero poseer el 100 % de empresas radicadas en Cuba.
Todo esto supondría una recompensa mínima frente a los riesgos que implicaría una intervención militar, probablemente necesaria para derrocar al régimen. Así pues, es posible que permanezcan algunos elementos del aparato actual. Su historial genera desconfianza no solo entre los inversores cubanos, sino también entre los inversores prudentes y ajenos a motivaciones ideológicas. Incluso neutralizado, el régimen podría revocar licencias o manipular los derechos de propiedad. Del mismo modo, un dirigente recién nombrado y próximo a Trump podría terminar enfrentándose a Estados Unidos en el futuro, con el consiguiente riesgo de nuevas sanciones.
El 16 de marzo, el régimen anunció que permitiría a los cubanos residentes en el extranjero poseer el 100 % de empresas radicadas en Cuba. The Economist no ha podido encontrar a nadie que tenga previsto aceptar la oferta. Sin embargo, uno de los aliados de Trump sí parece dispuesto a intentarlo: el 18 de mayo, Ray Washburne, un multimillonario de Texas, se ofreció a comprar Sherritt, propuesta que la empresa aceptó posteriormente. Aun así, los amigos ricos del presidente no podrán, por sí solos, reactivar la devastada economía cubana.
Reportar un error