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Imagen de archivo R. C.Sábado, 21 de marzo 2026, 00:01
... En su casa no hay versos por ningún lado, como tampoco los había en la mía, solo novelas y enciclopedias, esas que mis padres nos compraban convencidos de que el conocimiento nos abriría todas las puertas que ellos no habían podido cruzar. Ahí, en la biblioteca de un salón comedor que solo se utilizaba en las celebraciones familiares, junto a la Larousse, estaba la Enciclopedia de la Vida Animal. La leía por las tardes, hundida en un sofá de cuero verde oliva, fascinada por las peculiaridades del ornitorrinco, de los peces abisales, del ajolote. En esos bichos encontré toda la poesía que me hacía falta.Así seguí muchos años, convencida de que, efectivamente, la poesía no era necesaria. Pero el tiempo revela que lo esencial es lo accesorio, lo que parece inútil y, sin embargo, te disecciona el alma con el pulso preciso de un forense. Claro que Guerriero tiene truco: remata su columna con «[…] leo poesía para que me haga daño: para que me despierte». A veces, muchas, un poema te despierta mejor que la alarma del móvil. O que el estruendo de las Fallas. Que se lo digan a Morrissey. Otro poeta.
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