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Pogacar, en el espejo de Djokovic entre aplausos y pitos: "No es agradable"

Pogacar, en el espejo de Djokovic entre aplausos y pitos: "No es agradable"
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Pogacar supera a Indurain en días como líder del Tour y ya sólo tiene por delante a Hinault y Merckx
Tour de FranciaPogacar, en el espejo de Djokovic entre aplausos y pitos: "No es agradable"

Pogacar supera a Indurain en días como líder del Tour y ya sólo tiene por delante a Hinault y Merckx

Pogacar, durante la salida de la etapa 11 del Tour en Vichy.EFE
  • NACHO LABARGA
Actualizado 17/07/2026 - 06:19CESTMostrar comentarios23

El amarillo pesa unos gramos, pero puede acabar cargando toneladas. Tadej Pogacar lo lleva con la naturalidad de quien se pone cada mañana la misma camiseta, aunque dentro de esa prenda viajen más de un siglo de historia, todas las miradas del pelotón y, desde hace unos días, también algunos silbidos.

En Chalon-sur-Saône, mientras el Tour atravesaba Francia a una velocidad de vértigo, el esloveno añadió otro día a su colección. Ya son 62 jornadas vestido de líder en la Grande Boucle. Una cifra que le permite adelantar a Miguel Indurain, que se quedó en 60, después de haber superado también a Chris Froome. El muchacho que llegó al Tour con rizos rebeldes y aspecto de haberse escapado de una carrera juvenil ya ocupa el tercer escalón del podio histórico del amarillo. Por delante sólo permanecen Bernard Hinault y Eddy Merckx.

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No es una clasificación cualquiera. Es el pasillo central del museo del Tour, el lugar reservado para quienes no se limitaron a ganar la carrera, sino que terminaron adueñándose de ella. Pogacar ha entrado allí con apenas 27 años y la sensación de que todavía no ha tocado el techo. Si conserva el liderato hasta París, terminará esta edición con 71 días de amarillo. Hinault comenzaría entonces a dejar de parecer una figura lejana. Merckx, todavía instalado en otra galaxia con 95, seguiría siendo el gran horizonte.

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Hasta hace poco, esos registros parecían fósiles. Marcas de otra época, cuando los campeones disputaban todo, atacaban en cualquier terreno y acumulaban triunfos como quien llena una vitrina sin dejar espacio para nadie más. Pogacar ha recuperado aquella manera de correr. No administra la historia: intenta devorarla. El problema es que también está devorando el suspense.

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Su superioridad ha dejado el Tour inclinado hacia un solo lado. El esloveno domina la general, golpea cuando encuentra una rampa adecuada y convierte cada llegada montañosa en una escena conocida: los rivales buscando aire y él marchándose con esa cadencia que parece ligera incluso cuando está triturando a los mejores escaladores del mundo.

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En Le Lioran volvió a hacerlo. Atacó, ganó la etapa y amplió su ventaja. Era 14 de julio, fiesta nacional francesa, pero el regalo se lo llevó otra vez el mismo. Entre los aplausos aparecieron algunos abucheos. No fueron suficientes para tapar el estruendo de la multitud, aunque sí para abrir una grieta en la relación entre Pogacar y una parte de la carretera. El Tour suele amar al campeón hasta que el campeón empieza a ganar demasiado.

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La carrera francesa ha mantenido siempre una relación complicada con los dominadores. Jacques Anquetil coleccionaba victorias mientras Raymond Poulidor, el eterno segundo, se quedaba con el corazón del público. Eddy Merckx fue admirado hasta que su voracidad comenzó a resultar insoportable para algunos. En 1975, un espectador llegó a golpearle durante la subida al Puy de Dôme. Décadas después, Chris Froome tuvo que soportar insultos, escupitajos y hasta lanzamientos de orina en plena hegemonía del Sky. El Tour necesita gigantes, pero también necesita creer que pueden caer.

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El público acude a las cunetas esperando una avería, una fuga imposible, una pájara o un día en el que el favorito descubra que también tiene piernas humanas. Pogacar amenaza con quitarle ese pequeño juego de azar. Su dominio es tan rotundo que, para algunos, la admiración empieza a mezclarse con el cansancio.

El esloveno lo sabe. Ya no es aquel joven que apareció en 2020 para arrebatarle el Tour a Primoz Roglic en la contrarreloj de La Planche des Belles Filles. Entonces era el rebelde que tumbaba al gran ejército del Jumbo. Atacaba al poder establecido y sonreía después de hacerlo. Ahora sigue atacando y continúa sonriendo, pero ocupa el otro lado del relato. Pogacar ya no asalta el castillo. Pogacar es el castillo. Y a los castillos siempre termina llegando alguien con antorchas.

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Después de escuchar los abucheos en Le Lioran, el líder admitió que no le habían gustado. Tampoco fingió indiferencia. Prefirió buscar un espejo en Novak Djokovic, otro campeón obligado durante años a competir no sólo contra sus adversarios, sino también contra las preferencias de las gradas.

“Está claro que hay gente que me detesta, eso pasa siempre con los campeones. En el tenis y en el fútbol pasa más, la gente está más dividida. Pienso en Djokovic, que ha tenido una carrera dura en este sentido y que tiene una mentalidad increíble”, explicó Pogacar.

La comparación no es casual. Djokovic irrumpió en una época en la que gran parte del público ya había elegido entre Roger Federer y Rafa Nadal. Ganó tanto que terminó obligando a todos a hacerle un sitio, aunque muchas veces tuviera que levantar trofeos frente a estadios que deseaban la victoria del otro. Pogacar parece dispuesto a recorrer el mismo camino: transformar cada silbido en combustible.

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“Esos abucheos animan más a mis compañeros de equipo, les dan más ganas de trabajar. Quiero decirles que echan más leña al fuego”, advirtió. Quienes pretendían debilitarle quizá hayan conseguido lo contrario. Pogacar no da la impresión de necesitar demasiados estímulos, pero ahora cuenta con uno nuevo. A la ambición de ganar el quinto Tour, aumentar su colección de etapas y acercarse a los registros de Merckx se suma la posibilidad de responder a la hostilidad con lo que mejor sabe hacer: atacar.

La defensa más contundente, curiosamente, llegó desde el otro lado de la batalla. Jonas Vingegaard, segundo en la general y principal víctima deportiva de la superioridad del esloveno, condenó los abucheos antes de la salida de la undécima etapa en Vichy. “Escuché los abucheos. Creo que eso no debería ser aceptable en el deporte. ¿Para qué asistir a un evento deportivo si van a abuchear a alguien? Mejor harían en quedarse en su casa”, señaló el danés.

Vingegaard se encuentra a 3:36 y todavía confía en encontrar una oportunidad para hacer daño al líder en la alta montaña. Quiere derrotar a Pogacar sobre la bicicleta, no erosionarlo desde la cuneta. Su mensaje dibujó una frontera sencilla entre la rivalidad y el desprecio.

“Estoy aquí para hacer mi carrera y buscaré mi oportunidad en las etapas que se adaptan mejor a mis características. Pero puedo entender que no sea agradable para él escuchar abucheos”, añadió. El danés sabe de qué habla. También ha vestido de amarillo, también ha sentido el peso de la vigilancia permanente y también ha conocido lo rápido que puede cambiar el cariño del público cuando alguien se convierte en el hombre al que todos quieren derribar.

Jonas sale en su defensa

“Llevar el maillot amarillo te convierte en la persona más vigilada de la carrera. Yo mismo lo viví, sobre todo en 2023, y no es algo agradable”, recordó. La intervención de Vingegaard engrandece un duelo que no necesita enemigos. Ambos quieren ganarse, pero se respetan lo suficiente para no confundir la competición con la hostilidad. El danés busca una grieta en Pogacar, aunque no quiere que esa grieta la abra un espectador.

Mientras tanto, el líder continúa avanzando hacia los grandes nombres. Ya ha dejado atrás a Froome e Indurain en días de amarillo. Si llega vestido de líder a París, colocará a Hinault en el punto de mira. Y si mantiene durante varias temporadas este nivel, hasta Merckx podría dejar de ser una estatua inalcanzable para convertirse en un objetivo. Pogacar corre contra Vingegaard, contra la montaña y contra la fatiga. Pero, sobre todo, corre ya contra los libros. Sus verdaderos rivales empiezan a aparecer en fotografías en blanco y negro.

Esa es quizá la mejor medida de su grandeza y también de su condena. Cuanto más se acerca a la eternidad, más difícil resulta que todos le quieran. El público desea contemplar a los mejores, aunque a menudo termina poniéndose del lado de quien intenta alcanzarlos. Admira al gigante, pero se emociona con el pequeño que levanta la honda. Pogacar escucha los silbidos, piensa en Djokovic y sigue pedaleando. Sabe que el maillot amarillo protege del viento, pero no del ruido. Y ha decidido responder de la única manera que conoce: ganar todavía más.

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