LA TRIBUNA
Pontífice, constructor de puentesLeón XIV ofreció una imagen de la Iglesia alejada de cualquier repliegue
Regala esta noticia Añádenos en Google (ENCARNI HINOJOSA)JOSÉ ANTONIO SATUÉ HUERTO
OBISPO DE MÁLAGA
18/06/2026 a las 02:00h.De todos los títulos que acompañan al Papa, quisiera subrayar hoy el de Pontífice: constructor de puentes. No se trata de una mera dignidad honorífica ... ni de una evocación histórica. Es expresión de su misión: tender puentes entre las personas, entre los pueblos, entre las culturas y, sobre todo, entre Dios y la humanidad. La reciente visita de León XIV a España ha estado marcada precisamente por esa vocación pontifical: abrir espacios de encuentro donde se levantan fronteras, unir sin uniformar, y reconciliar desde la verdad, la justicia y el perdón.
En el Congreso de los Diputados afirmó que para promover la convivencia es preciso abandonar la cultura del descarte y custodiar toda vida humana «desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia». Además, en una sociedad marcada por la polarización y el cansancio colectivo, recordó que el entendimiento sigue siendo posible: «La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos».
Canarias representó otra dimensión de su servicio como pontífice: la de tender puentes hacia los hombres y mujeres más pobres. En Arguineguín, como hiciera Francisco en Lampedusa, puso rostro humano a un fenómeno que con demasiada frecuencia se reduce a cifras y debates políticos. En su mensaje defendió con firmeza que «la dignidad humana exige vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra... La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera».
Desde esta dolorosa realidad, León XIV interpeló a la sociedad, que «no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas». También dirigió su llamada a las comunidades cristianas: «La acogida del migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios. Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego 'pasar de largo' ante los cayucos y las pateras».
Pero la tarea del Pontífice no consiste únicamente en tender puentes entre las personas, sino entre el ser humano y Dios. Y esa dimensión alcanzó su expresión más luminosa en Barcelona. La bendición de la Torre de Jesús de la Sagrada Familia constituyó mucho más que un acontecimiento arquitectónico o cultural. Allí nos recordó que cada persona es una obra maestra de Dios. Somos 'piedras vivas', llamadas a unirnos unas a otras: «Esta iglesia es un único edificio, compuesto por muchas piedras. Una casa que crece con constancia a lo largo de los años, siguiendo un único proyecto».
En una época que con frecuencia reduce la fe al ámbito privado, León XIV mostró en Barcelona que «es precisamente la fe la que da forma a las piedras y sentido al edificio que habitamos juntos. En nuestra oración descubrimos, por tanto, el vínculo originario de las cosas con Dios, creador del cielo y de la tierra: Él es el artista que ha impreso su esplendor en el cosmos. Creado a su imagen, el hombre responde a la obra de Dios con su propio ingenio: así es como el artista convierte el talento en alabanza y la creatividad en testimonio del mismo Creador». La luz, la música, la arquitectura y la liturgia convergieron en una celebración donde la técnica, lejos de sustituir la trascendencia, contribuyó a hacer más accesible el misterio.
Quizá por eso la visita ha despertado una acogida tan amplia. Porque, en medio de una sociedad fragmentada y necesitada de referencias comunes, León XIV ha encarnado justamente aquello que expresa su título: el humilde y exigente oficio de tender puentes. Lo ha hecho con la belleza y la coherencia de sus discursos, así como con su modo humilde y respetuoso de presentarse. Puentes entre culturas y generaciones, entre identidad y universalidad, entre la tierra y el cielo. Puentes, en definitiva, hacia nuestra propia dignidad, hacia los demás -especialmente los más vulnerables- y hacia Dios.
Termino estas reflexiones con una pregunta: ¿qué sucedería en nuestro entorno si tú y yo, cada uno con sus matices propios, asumiéramos con mayor seriedad la tarea de construir puentes?
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