- ENUMA OKORO
Incluso en medio de los desafíos del aquí y del ahora, encontramos formas de sobrevivir y de celebrar esa supervivencia.
A menudo parece complejo reflexionar sobre el arte y sus posibilidades cuando la vida cotidiana nos abruma con incesantes noticias. Y, sin embargo, el momento presente se siente como esencial para recurrir al poder de las artes.
Todas las semanas, reflexiono sobre qué obras de arte analizar para poder compartir un pensamiento o un sentimiento que pueda resonar en los demás. Este proceso a menudo implica intentar encontrar un equilibrio entre una obra que nos sumerja en los desafíos del aquí y del ahora (o en el esfuerzo de mirar con más profundidad en nuestras propias vidas) y una obra que pueda ofrecer un respiro. Porque, independientemente de en qué parte del mundo nos encontremos o de nuestras preocupaciones actuales, creo que una experiencia distinta o una emoción fuerte que sintamos probablemente resonará en una audiencia más amplia, ya que todos estamos conectados en este asunto de ser humanos. Soy consciente de que cada punto de la historia ha tenido sus propios desafíos intensos, pero también es cierto que a todos nos afecta la complejidad y el aparente caos de nuestra propia era.
Esta semana, me sentí atraída por imágenes que me recordaban la complejidad de la vida de una manera diferente. Mientras el mundo intenta reconciliar el valor de la experiencia humana con el boom de una tecnología cada vez más poderosa, pongo el foco en las imágenes que capturan el sentido de nuestra compleja individualidad; que nos recuerdan que ser humanos significa dar cabida a emociones múltiples y, a veces, simultáneas, algunas aparentemente dispares como el dolor y la diversión, por ejemplo, o la desesperación y la esperanza.
Édouard Manet: Flores como resistencia al dolor
Hace poco escribí sobre el deleite ante la abundancia floral de la Tierra. Pero hoy reflexiono sobre la pintura "Claveles y clemátides en un jarrón de cristal", del pintor modernista francés Édouard Manet, como un símbolo de resiliencia y de la capacidad de apreciar la vida en tiempos oscuros. Manet murió de sífilis en abril de 1883 a los 51 años, y esta obra, que se cree fue creada en su último año de vida y que se encuentra en el Museo de Orsay, fue una de sus últimas pinturas. Ya enfermo, se dice que Manet recibía constantemente flores de sus amigos. Comenzó a pintarlas, creando una serie de naturalezas muertas de flores en jarrones de las cuales se conocen veinte.
En esta pintura, la luz parece entrar desde el lado izquierdo del lienzo, cayendo sobre el agua teñida de azul, y la pintura se siente brillante y esperanzadora. Durante la época victoriana, el clavel rosa era un símbolo de amor y gratitud, cualidades que un artista como Manet debió seguir buscando en sus últimos años de vida.
La flor también se considera un símbolo de ascenso espiritual y serenidad. Me sentí atraída por esta pintura, en un sentido más amplio, debido a la propia dedicación de Manet a pintar tales imágenes de belleza y fugacidad durante un momento de profundo dolor físico y, uno imagina, de agitación emocional. Me fascina cómo, en los momentos más oscuros de nuestras vidas, el espíritu humano aún puede inspirar un movimiento hacia la belleza.
Zinaida Serebriakova: La belleza frente al caos
Descubrí el trabajo de la artista ruso-francesa Zinaida Serebriakova hace solo unos años y, desde entonces, he estado buscando el momento adecuado para hablar de sus bellas pinturas. Serebriakova nació cerca de Járkov, en la actual Ucrania, en 1884, y era conocida por sus representaciones de niños, mujeres y de la vida rural.
Su pintura de 1923, "Tata con verduras", representa a su hija mayor, Tatiana (Tata), en una mesa con pescado fresco y verduras. Tata tiene la mano sobre una cesta y gira la cara hacia nosotros como si hubiéramos pronunciado su nombre.
El pescado en el plato blanco parece que todavía se estuviera agitando lleno de vida. Los largos tallos de las cebollas parecen recién arrancados de la tierra. El cuenco blanco, la servilleta y la limpia túnica blanca de Tata añaden un elemento extra de frescura a la escena. A sus 11 años en ese momento, Tata nos mira con su rostro redondo e inocente y la candidez de sus ojos marrones.
La pintura pareció adquirir una capa extra de nostalgia cuando supe más sobre la historia de vida de Serebriakova en la época en que fue pintada. Cuatro años antes, su esposo había muerto en prisión tras ser detenido en Moscú durante la campaña del Terror Rojo. Se convirtió así en una madre soltera de cuatro hijos que luchaba por mantener a su familia. Para mí, esta pintura demuestra cómo el hermoso regalo de la vida puede perdurar mientras el mundo exterior que nos rodea —e incluso a veces nuestros propios mundos— se encuentra en un caos irreconocible.
En 1924, apenas un año después de pintar esa obra, Serebriakova viajó a París por el encargo de un cuadro, dejando a sus hijos en Rusia. Sin embargo, cuando intentó regresar, se le denegó la entrada y su madre tuvo que hacerse cargo de los niños. Más tarde, a dos de sus hijos se les permitió reunirse con Serebriakova en Francia, pero Tata permaneció en la URSS. Tata y su madre se reencontraron 36 años después, cuando a Serebriakova se le permitió entrar a la Unión Soviética en 1960.
Vittorio Reggianini: La ironía y la sutil rebeldía
"El recital", del artista italiano Vittorio Reggianini, fue pintado en algún momento de finales del siglo XIX o principios del XX. Reggianini era conocido por sus representaciones de la alta sociedad. En esta imagen, se muestra a un hombre, vestido de seda reluciente, tocando un clavecín, con el cuerpo inclinado hacia atrás mientras canta con entusiasmo. Una mujer joven le ayuda a pasar las páginas de la partitura que está tocando, mientras otras tres jóvenes escuchan desde el diván que está detrás de él. La habitación y la ropa están tan detalladas, que son casi hiperrealistas.
Esta obra es otro ejemplo de cómo abrir espacio a sentimientos o experiencias que reafirman la vida en circunstancias difíciles. A simple vista, la extravagancia de la escena podría parecer desconectada de la realidad, pero las apariencias engañan. Hay algo sutil y casi subversivo en la forma en que se representa a las mujeres en esta pintura y su forma de vida supuestamente envidiable.
La dama del vestido verde claro está sentada hacia adelante, apoyándose en el regazo de otra mujer. Las otras dos figuras del sofá están recostadas y la mujer del clavecín se esconde la cara con el abanico mientras se ríe. Las flores parecen tiradas descuidadamente sobre un taburete, con tallos esparcidos por el suelo. En lugar de la cortesía atenta y la actitud de deleite que cabría esperar, las mujeres parecen relajadas. Hay un elemento de complicidad entre ellas y él parece ajeno a todo.
A primera vista, la pintura de Reggianini tiene un aire ligero, pero me di cuenta de que no podía desprenderme de mis propios sentimientos hacia la obra: el aire de rebeldía contra las normas esperadas y el comportamiento exigido por una sociedad en general que intentaba dictar cómo debían vivir estas mujeres. Me llevó a pensar que nuestras vidas son a veces más complicadas de lo que somos capaces de reconocer, o capaces de cambiar radicalmente; sin embargo, a pesar de los desafíos, encontramos formas no solo de sobrevivir, sino de celebrar esa supervivencia.
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