Los retos a los que se enfrenta la investigación son mayúsculos, pero los nuevos medicamentos que retrasan su avance son un rayo de esperanza
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Regala esta noticia (Adobe Stock / R. C.) 05/05/2026 Actualizado a las 00:02h.Perder la cabeza es terrible, ¿verdad? Perderla por amor es una cosa. Pero perderla literalmente es de las cosas más terribles que le puede pasar ... a un ser humano. Somos nuestros recuerdos, nuestras emociones, nuestros pensamientos, y todo eso está almacenado en nuestro cerebro. Sin un cerebro que recuerde, que se comunique, que se emocione, no somos nada. Por eso, y por su larga duración, enfermedades como el alzhéimer son tan devastadoras.
Un estudio reciente de la Fundación Pascual Maragall pone números a este escenario dramático: a las familias les cuesta una media de 36.000 euros anuales, que puede llegar a los 66.000 en estados avanzados de la enfermedad. El cuidado diario recae sobre las esposas e hijas en más del 70% de los casos, que llegan a dedicar hasta 70 horas semanales. Una carga insostenible y que pocas veces se visibiliza. Por si fuera poco, la situación dura muchos años, lo que supone un dolor añadido.
Años de lesiones
De lo que no somos conscientes es de que para cuando los síntomas se manifiestan, la enfermedad ya lleva muchos años en marcha y el cerebro acumula las lesiones, sin que nos demos cuenta. Esto es así porque es tan eficaz que aprende a hacer más con menos: mantiene su capacidad cognitiva aunque las neuronas estén muriendo. Por eso, las estrategias terapéuticas están cambiando: más que curar el alzhéimer, hay que prevenirlo.
¿Cómo? La respuesta más rápida es teniendo una vida sana, con buena alimentación, ejercicio físico, retos mentales, y, por supuesto, evitando el estrés. La ciencia también trabaja en otras vías. Una de ellas es la búsqueda de biomarcadores que nos diga el riesgo que tenemos de desarrollar la enfermedad. Hay varios ejemplos. Un estudio relativamente reciente de la Universidad Pablo de Olavide ha encontrado la presencia de una determinada proteína en la saliva que podría predecir el daño cerebral. También se están identificando otros en sangre o incluso en los patrones de sueño. Incluso están en marcha estudios para utilizar los monitores de actividad en formato de pulsera o reloj, que tan de moda se han puesto, nos sirvan para la detección precoz del alzhéimer.
Una lucha complicada
Pese a estos avances, la lucha contra el alzhéimer es más complicada de lo que se pensaba hace unos años. Son muchas las cosas que funcionan mal en un cerebro con esta enfermedad: las neuronas se mueren, los contactos entre ellas se pierden, se forman ovillos y placas de proteínas insolubles como la amiloide y, además, se activa una respuesta inflamatoria en el cerebro parecida a la que se da cuando nos hacemos una herida en la piel. Pero a pesar de todo lo que hemos aprendido, seguimos sin cura.
¿Por qué? No está claro, aunque los científicos debemos hacer cierta autocrítica. Uno de los problemas a los que debemos enfrentarnos es que los modelos animales (ratones, principalmente) que más se han usado para estudiar los mecanismos de la enfermedad y diseñar nuevos tratamientos, solo imitan algunos de los aspectos de la enfermedad. Por ejemplo: los ratones viven unos dos años y no desarrollan alzhéimer de manera natural. Para imitarlo les introducimos genéticamente algunas mutaciones humanas que causan la enfermedad, de manera que en estos ratones aparecen placas de amiloide cuando aún son jóvenes, a los 6 meses de edad. Pero el cerebro de un ratón de 6 meses no es el de una persona de 65. Y esas mutaciones son responsables solo de un 5% de los casos: no estamos estudiando el 95% restante.
Desde hace unos años se trabaja también con células humanas en cultivo, incluso formando estructuras tridimensionales que llamamos 'minicerebros'. Sin embargo, aunque estos modelos son muy prometedores, aún no son capaces de imitar la complejidad del cerebro humano. Todavía no nos sirven para estudiar la recuperación de la memoria y las capacidades cognitivas, algo que sí podemos hacer en ratones. Probablemente, necesitemos tener una visión más amplia y usar una combinación de modelos para llegar a la solución.
Los fármacos
A pesar de esta carrera de obstáculos, hay luz al final del túnel. La tremenda inversión económica que se ha hecho en investigación ha servido para dar ciertas esperanzas. En los últimos años, se han desarrollado dos nuevos fármacos que enlentecen la progresión del alzhéimer: el donanemab (Kinsula) o más recientemente el levanemab (Leqembi), cuyo uso aún no está aprobado en España. Ambos son medicamentos dirigidos contra las placas de amiloide, y en ensayos clínicos han demostrado reducir la pérdida de capacidades cognitivas que se produce con la enfermedad. Quizá más que curar, lo que, de momento, podemos hacer es enlentecer su progresión en las personas que empiezan a desarrollarlo.
Lo que cuestan los trabajo científicos
La investigación para curar el alzhéimer no es barata. Se estima que probar un nuevo fármaco para esta enfermedad en un ensayo clínico, antes de que pueda ser aprobado para su uso en los pacientes, tarda unos 13 años y cuesta casi 4.700 millones de euros, un coste muy superior a fármacos para otras afecciones como el cáncer. Desde 1995 hasta 2021 se habrían probado más de mil según un estudio, lo que habría costado a las farmacéuticas más de 36.000 millones. A eso habría que sumar los costes (no calculados) de la investigación básica que identificó las dianas terapéuticas y que es sufragada en su mayor parte por agencias públicas (como el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades en España), y fundaciones privadas.
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