Pequeñas infamias
Protocolo y 'netiqueta' Regala esta noticia Añádenos en GoogleCarmen Posadas
10/07/2026 a las 07:42h.Siempre me ha llamado la atención eso que llamamos 'protocolo', es decir, el conjunto de convenciones y reglas, la mayoría no escritas, que dictaminan cómo ... ha de comportarse uno en tal o cual situación. Hay quien piensa que es una nadería trasnochada y que qué más da que los espárragos se coman con la mano o con cuchillo y tenedor, o si es recomendable o no que una invitada a una boda vista de blanco. Pero los protocolos son más que eso y describen muy bien una determinada sociedad, también un momento histórico.
¿Por qué –oh, misterio– hemos dejado de utilizar el móvil para telefonear?
Esta recomendación no se lleva mucho últimamente, pero otras, como el modo correcto de pasar un salero (nunca de mano en mano) o la inconveniencia de sentar a la mesa a trece comensales, permanecen como fósiles del pasado y nadie se atreve a contrariarlas. Y luego están las particularidades de cada cultura, que merece la pena conocer para no meter estrepitosamente la pata. El signo de 'OK' haciendo un círculo con los dedos es ofensivo en Brasil, mientras que el gesto de 'Ven aquí' con el dedo índice es insultante, o incluso puede ser ilegal, en Filipinas. Existen todo tipo de normas protocolarias, desde las más ancestrales, producto del sentido común, la ética o la costumbre. Por eso es tan interesante ver cómo, a medida que las sociedades avanzan, aparecen nuevos protocolos que regulan situaciones hasta entonces inexistentes. Los que rigen ahora en Internet tienen incluso su propio nombre, se llaman netiquette en inglés o 'netiqueta' en español, y abarcan desde cómo debe ser un correo electrónico (conciso, sin faltas de ortografía y evitando enviar mensajes confidenciales en cadenas abiertas) hasta la inconveniencia de escribir con mayúsculas como quien grita.
La netiqueta desaconseja, asimismo, mandar WhatsApps a horas intempestivas y, más aún, compartir fotos íntimas o hacerse eco de contenidos que puedan dañar a terceros. Y luego están las reglas no escritas, que son incluso más fascinantes. Si los protocolos sirven para mejorar la interrelación entre usuarios, y tienen como regla de oro básica aquello tan viejo de «no hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti», las convenciones que se imponen nadie sabe por qué hablan de nuestros anhelos, de nuestros temores, de cómo queremos ser percibidos. Díganme por qué, oh, misterio, de un tiempo a esta parte, y como si todos nos hubiéramos puesto de acuerdo, hemos dejado de utilizar el móvil para telefonear. Ahora nadie llama. Tampoco se utiliza el contestador. Todo lo más se deja una perdida o se manda un: «¡Hola! ¿A qué hora te puedo llamar?». Y luego está la diferencia entre lo que uno dice de viva voz cuando envía un audio a un amigo, amante o novio, y lo que escribe por WhatsApp. Lo que se manda por escrito es más íntimo, más personal y explícito que lo que se verbaliza. Y luego están los emoticonos, utilísimos comodines que sintetizan lo que uno piensa y le ahorran a uno largas parrafadas. Además, tienen la virtud de ser, cómo decirlo, light. Por ejemplo, no es lo mismo decirle a alguien «Me das arcadas» que poner el emoji correspondiente. Como tampoco es lo mismo decir «Te amo» que llenar la pantalla con una ristra de corazoncitos.
A mí lo que más me fascina de este fenómeno de los protocolos es comprobar lo rápido y universalmente que hacemos nuestros estos códigos. También cómo unos comportamientos se mantienen y otros pasan al olvido. No me digan que no es paradójico, por ejemplo, que un artilugio como el móvil, que fue inventado para mantener conversaciones telefónicas más rápidas y frecuentes sirva hoy para todo (fotografiar, mandar mails, consultar la IA, medir pulsaciones, leer el periódico, practicar el sexting, apostar a la ruleta y mil funciones más), para todo menos para charlar.
Desde luego yo, que detesto las conversaciones largas y mataría a los plastas que se enrollan veinte minutos para dar un recado, estoy encantada con este cambio en los protocolos y en la netiqueta. Pero, qué quieren que les diga, a veces echo de menos aquellas conversaciones demoradas, eternas, por lo general nocturnas, con alguien especial, alguien a quien uno quiere o desea tener más cerca. Contradictoria que es una.
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