Pedro Sánchez, esta mañana en el Congreso. Efe
Política SESIÓN DE (DES)CONTROL Psicología de un aplauso: qué lleva a 120 seres racionales a ovacionar en pie al presidente de un gobierno corruptoDaniel Ramírez Publicada 24 junio 2026 13:18h Actualizada 24 junio 2026 14:18h Las clavesLas claves Generado con IA
Cinco o seis minutos antes de que Pedro Sánchez entrara en el Congreso con su cartera marrón abultada de explicaciones a lo inexplicable, un diputado del PSOE se hacía un selfi con una compañera.
El selfi también es casi siempre algo inexplicable, absurdo, la enfermedad de un tiempo, pero ese selfi de diputados socialistas era necesario. La prueba con la que un día podremos decir que esto, todo esto, ocurrió.
Había en el Congreso de los Diputados 120 parlamentarios dispuestos a ovacionar a un presidente con un ministro condenado a 24 años de cárcel, a un jefe de partido con dos secretarios de Organización en la cárcel, a un sacerdote con un faro moral sostenido en 1,4 millones de euros en joyas sin declarar.
A un mesías salido del vapor de las saunas de la prostitución con una cloaca bajo sus pies.
El diputado del selfi tiene como fondo de pantalla a su familia. Hay un niño. Ese niño, que en otros fondos de pantalla pueden ser más niños, una pareja, unos padres ancianos o vete a saber, quizá sea la única explicación cartesiana a lo que sucedía en el Parlamento.
La inquietante psicología de la ovación. Qué motivos pueden justificar que un cerebro dé la orden de batir las palmas ante un reguero de corrupción así, y que ese mismo cerebro dé la orden de votar a favor del presidente al frente de todo ese entramado. Al frente por acción o por omisión.
¿Una hipoteca? ¿La educación de los hijos? ¿El futuro de los padres? Un modo de vida cómodo y anónimo que, en estos tiempos recios que diría Vargas Llosa, se aparece como la clase alta sin coste.
Contaba Cela que la mejor manera de ser famoso era la de Baroja, que vendía un porrón de libros, pero que podía atravesar la Gran Vía sin que nadie lo detuviera. Eso es hoy el diputado del PSOE.
A unos metros, Sánchez dejaba el teléfono en el escaño antes de salir a la tribuna y atisbábamos un paisaje como fondo de pantalla de su teléfono. Es un paisaje sorprendentemente terrestre, por encima de sótanos, cloacas y de la laguna Estigia donde se zambullen los sueños igualitarios del socialismo.
Dónde habrá hecho Sánchez esa foto. En qué paisaje puede adentrarse el presidente sin estar blindado por una nube de escoltas que lo proteja de una nube de descontento huracanado.
Sorprendidos por la fiereza de la ovación, volvemos a esa psicología del aplauso. Es la mejor manera de analizar lo que ha sucedido esta mañana en la aforística comparecencia del presidente del Gobierno.
Sobre otros asuntos, castigaba al Amazonas con decenas y decenas y decenas de folios malgastados. Esta mañana, la mañana más importante de su gobierno, ha hablado apenas media hora.
Cuando el padre Feijóole ha pedido elecciones, estaba consultando el móvil, el del paisaje; lo había dejado en el escaño y tenía algunos mensajes que consultar. Seguro que mensajes patxísticos, de esos de “presidente, qué grande has estado”.
“No debe haber espacio para la impunidad”, ha dicho Sánchez para lograr su primera ovación coordinada.
Aparte de los aplausos, como en un capítulo de Friends, proliferaban las risas enlatadas. Los diputados de la oposición se partían a carcajadas cuanto más grave se ponía Sánchezen la proclamación de su inocencia.
Sánchez ha llevado la política española a un maximalismo penal. No importa la acción de gobierno, no importa la responsabilidad política, ni siquiera las condenas de los ministros plenipotenciarios. El único límite es, desde ahora, la condena del presidente del Gobierno.
Mientras eso no ocurra, no habrá elecciones hasta que la Constitución obligue.
Los medios y el fascismo intentan confundir a la gente insuflando la sensación de una corrupción generalizada. Ese ha sido el mensaje. Tenía su gracia porque luego, para entrar al fondo de los asuntos, tenía que mencionar todos esos casos que, efectivamente, hacen de la corrupción algo generalizado.
Sánchez nos ha dado clase de anatomía y nos ha venido bien a los de Letras. Ha llamado a la asignatura “anatomía del fenómeno”. El fenómeno es él y, aunque iba vestido, todos lo veíamos desnudo.
Borja Sémper lo miraba con la mirada del que reconoce en un adversario de la noche que ha ligado más que él: ¡si es que es un maldito genio! Esa capacidad de aguante, de estar toda una mañana en un lugar donde todos –salvo Bildu y Sumar– te afean la corrupción y tú puedes estar allí sentado sin arquear las cejas.
Y, al terminar, encerrarte en el despacho, en Moncloa, a grabar un vídeo pidiendo a la gente que beba agua y se dé crema solar.
Otra ovación: cuando Sánchez ha dicho que ni conoció ni habría tolerado esas prácticas. Lo aplaudían también los socialistas que recorrieron medios de comunicación con las cosas de Villarejointentando tumbar al propio Sánchez.
Y una frase antológica que no ha recibido ovación, sino un murmullo extraño: “El PSOE no se ha financiado ilegalmente. Si ha ocurrido, han sido otros quienes se han aprovechado de esos recursos”.
¿El presidente del Gobierno reconociendo en el Parlamento que su partido ha podido financiarse ilegalmente y poniendo la venda para que, si eso ocurre, pueda decir que ni lo sabía ni se benefició de ello? ¡Es la confianza de Topuria!
Otra ovación rayana en el delirio: cuando Sánchez ha citado un informe de Transparencia para decir que su partido es el mejor en ese sentido.
Otra: cuando Sánchez ha dicho que Zapatero merece toda su confianza.
Detengámonos en la ministra de Ciencia, Diana Morant, que ha entrado tarde a la comparecencia, ha acudido corriendo a su escaño y, al percibir que sus compañeros aplaudían, ha roto a aplaudir también sin saber ni lo que se estaba diciendo.
El repaso a los casos de su hermano y de su mujer: otra ovación.
Y la apoteosis, cuando Sánchez ha preguntado desde el sendero donde se unen la ambición, la soberbia y el delirio: “La pregunta no es si vamos a continuar, sino cómo no vamos a continuar”.
Ahí se han desfondado los protagonistas del selfi, Patxi y todos sus compañeros.
La réplica de Sánchez ha sido una cosa muy extraña: ha rebuscado en la basura de la corrupción del PP para acusar a Feijóo de haber cometido delitos similares a los que se imputan a la dirección socialista, cuando no hay nada ligeramente cercano a una imputación.
La cita de esta mañana en el Congreso ha sido para escenificar un libreto muy concreto: España es un país fallido mientras no haya elecciones.
Los socios se han encargado de decirle a Sánchez que no le apoyan, Sánchez no tiene mayoría para Presupuestos ni leyes importantes; y la moción de censura no es posible porque los nacionalistas jamás convivirán con Vox en la moción, siquiera sea instrumental.
“¿Qué diríamos –ha preguntado Rufián– si las joyas se hubieran encontrado en casa de Aznar o de Ayuso, y no de Zapatero?”. Entonces, no estaríamos debatiendo en el Parlamento, sino en la calle.