A finales del año pasado, la Corporación RAND, un centro de investigación especializado en el análisis de políticas públicas, publicó los resultados de una encuesta aplicada a 1,058 estadounidenses de entre 12 y 21 años para comprender cómo y con qué frecuencia utilizaban sistemas de IA como herramientas de apoyo emocional.
Los resultados revelaron que cerca del 13% de los encuestados afirmó haber recurrido a estos sistemas para afrontar episodios de tristeza, estrés, ansiedad o enojo. Los autores consideraron elevada esta proporción y la atribuyeron a factores como el bajo costo, la disponibilidad inmediata y la percepción de privacidad, características que no siempre ofrece una terapia tradicional.
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ArrowA principios del mes pasado, RAND dio a conocer las conclusiones de un nuevo sondeo, elaborado con una metodología similar, que mostró un incremento superior al 40% en el uso de chatbots inteligentes para atender necesidades relacionadas con la salud mental. Los resultados más recientes determinaron que casi el 19.2% de los participantes, pertenecientes al mismo grupo de edad, utilizó al menos una vez plataformas como ChatGPT, Gemini, Character.AI y Meta AI para recibir apoyo ante alguna crisis emocional o psicológica.
Entre quienes emplean IA con fines terapéuticos, el 43% aseguró utilizar estas plataformas al menos una vez al mes y casi dos tercios señalaron que nunca se lo habían comentado a nadie. Para los especialistas, el uso frecuente y discrecional de estas herramientas constituye por sí mismo un factor de riesgo, especialmente porque los menores de edad incluidos en este segmento poblacional suelen desconocer las limitaciones que esta tecnología presenta para brindar orientación en temas de salud mental.
Terapeutas artificiales en todo el mundo
Lo que ocurre en Estados Unidos también comienza a observarse en otras regiones del mundo. Tras analizar los hábitos relacionados con la salud mental de habitantes de 18 países, el estudio Laxa Mind Health Report México 2026reveló que, en promedio, el 63% de las personas utiliza herramientas de inteligencia artificial para atender asuntos vinculados con su bienestar emocional.
La investigación destacó particularmente el caso de México, donde el 71% de los encuestados de entre 18 y 55 años o más confirmó que utiliza herramientas de IA para temas relacionados con la salud mental.
Más relevante aún es el nivel de confianza y dependencia que los mexicanos empiezan a desarrollar hacia estas tecnologías. El 44% afirmó que casi siempre sigue los consejos que recibe de la IA sobre su salud mental, mientras que el 40% dijo confiar más en estas plataformas que en los profesionales especializados para obtener orientación.
Además, el 39% prefiere recurrir a herramientas de IA antes que hablar cara a cara con familiares, amigos o personas cercanas, y el 38% reconoce que la inteligencia artificial se ha convertido en una respuesta casi automática para buscar apoyo emocional, al grado de que le resulta difícil dejar de depender de ella.
Para los especialistas, este uso creciente, frecuente, a discreción y cada vez más dependiente constituye un factor de riesgo, sobre todo porque muchos usuarios, particularmente los menores de edad, desconocen los alcances y limitaciones de estos sistemas cuando se emplean para atender problemas de salud mental.
han sido reconocidas por empresas del sector, como OpenAI.En esa misma línea, un estudio reciente de la Universidad de Brown, en Estados Unidos, mostró que los chatbots utilizados como apoyo emocional o psicológico suelen incumplir los estándares éticos establecidos por la comunidad internacional de psicólogos. Entre otros problemas, pueden ofrecer respuestas engañosas que refuerzan creencias negativas, desconocer el historial clínico de los usuarios y reproducir prejuicios de género, culturales o religiosos.
Estas deficiencias han servido como argumento en diversas demandas judiciales presentadas contra distintos desarrolladores de chatbots, a quienes se acusa de promover autolesiones, reforzar sentimientos de depresión y frustración e, incluso, sugerir prácticas suicidas.
Sin consenso en la regulación
Ante este escenario surgen diversas preguntas: ¿cómo evitar que la inteligencia artificial sustituya una atención psicológica respaldada científicamente?, ¿es realmente deseable impedirlo cuando los programas públicos de asistencia resultan insuficientes?, ¿es posible regular el uso terapéutico de una tecnología que no fue diseñada para ese propósito y quién debería asumir esa responsabilidad?
De manera recurrente, las empresas del sector han advertido que sus sistemas de inteligencia artificial no fueron diseñados para reemplazar ni imitar las relaciones humanas y, mucho menos, para sustituir el trabajo de un terapeuta o psicólogo profesional.
No obstante, reconocen que estas herramientas suelen utilizarse con ese propósito debido a su estilo conversacional y a sus amplias capacidades para generar respuestas personalizadas. Compañías como OpenAI han incorporado "modos de uso" y diversas medidas orientadas a abordar estas aplicaciones no previstas originalmente, con la promesa de reforzar los mecanismos de seguridad, redirigir a los usuarios hacia servicios especializados de atención y ajustar sus modelos para reducir sesgos.
Sin embargo, como advierte Jonathan H. Cantor, investigador de políticas públicas en RAND, "existen pocos parámetros estandarizados para evaluar los consejos sobre salud mental que ofrecen los chatbots de IA, y hay muy poca transparencia sobre los conjuntos de datos utilizados para entrenar estos grandes modelos de lenguaje".
Actualmente, distintos gobiernos analizan o implementan iniciativas legislativas para restringir el uso de estos sistemas, especialmente entre adolescentes y menores de edad.
Aun así, organismos como la ONU consideran que estos esfuerzos permanecen aislados y podrían resultar insuficientes para enfrentar un problema que ya adquiere una dimensión global.
escasez de personal especializado.A escala mundial existen apenas 13 profesionales de salud mental por cada 100,000 habitantes, de acuerdo con el Atlas de Salud Mental de la OMS. La brecha resulta todavía más pronunciada en los países de ingresos bajos, donde la disponibilidad de especialistas puede ser hasta 40 veces menor que en las economías desarrolladas.En México, por ejemplo, un informe de Save the Children señala que durante 2024 el Sistema Nacional de Salud registró más de 144,890 casos de niñas, niños y jóvenes de entre 5 y 19 años que solicitaron atención por problemas de salud mental en instituciones públicas. Sin embargo, una proporción importante no recibió atención oportuna ni adecuada debido a las limitaciones de infraestructura, personal y recursos disponibles.
De acuerdo con la organización, la inversión en salud mental en México permanece por debajo del promedio mundial, equivalente al 2.8% del gasto total en salud, y aún más lejos de la proporción destinada por los países de ingresos altos, que alcanza el 5.1%. "Esta brecha evidencia la necesidad de implementar un esquema de inversión progresivo que permita avanzar hacia la cobertura universal en la atención de la salud mental", subrayó.
Diversos especialistas sostienen que, frente a este panorama, la inteligencia artificial surge como una herramienta con potencial para ampliar el acceso a los servicios de salud mental y contribuir a reducir la escasez de profesionales. No obstante, coinciden en que su implementación debe realizarse de manera responsable y siempre como un complemento, nunca como un sustituto de la atención humana.
Las estadísticas disponibles, la evidencia científica y los hábitos de los usuarios muestran que el fenómeno es mucho más complejo de lo que parece y difícilmente podrá resolverse únicamente mediante multas millonarias o la prohibición del uso de sistemas de IA para determinados grupos de la población. Todo apunta a que reducir la dependencia de estas herramientas con fines terapéuticos exigirá una mayor coordinación entre empresas tecnológicas, gobiernos, especialistas y usuarios, una tarea que enfrenta importantes obstáculos debido a la diversidad de intereses involucrados.
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