Si Hugo Gernsback no hubiera nacido es probable que lo que hoy conocemos como "literatura de ciencia ficción" fuese algo diferente, menos emocionante y desde luego menos popular. Al fin y al cabo forma, junto con H. G. Wells y Julio Verne, la terna de los "padres" del género. A pesar de ese papel, de su relevancia como editor, empresario e incluso inventor, Hugo es recordado a menudo por una de sus creaciones más delirantes: 'The Isolator', un futurista casco anti procrastinación con forma de pepino. Su objetivo, repeler distracciones.
Si Gernsback hubiese leído a Demócrito se lo podría haber ahorrado.
En un lugar de Abdera… La antigüedad clásica fue una época rica en pensadores talentosos, pero pocos han resultado tan preclaros como Demócrito, un polímata nacido (se cree) en Abdera hacia el 460 a.C. A lo largo de su longeva vida Demócrito viajó, estudio varias disciplinas y sobre todo desarrolló una de las teorías de su maestro Leucipo que más nos fascina hoy: el atomismo. 1.400 años antes de que John Dalton naciera, sus defensores sostenían que el cosmos estaba formado por partículas indestructibles que se combinan en el vacío, los átomos.
A lo largo de su vida Demócrito reflexionó sobre ética, matemáticas o arte. Su erudición enciclopédica lo han convertido en uno de esos pensadores a los que se atribuyen (con mayor o menor fiabilidad) infinidad de citas proverbiales. Algunas ambiguas y que se prestan a varias interpretaciones. Otras, como la que dedicó supuestamente a la procrastinación, son contundentes… y casi proféticas.
Tirón de orejas. La frase en cuestión suena casi a tirón de orejas, pero en realidad no sorprende por eso. Lo hace por su vigencia en pleno 2026. Quizás la pronunciara Demócrito hace más de 2.300 años en el foro de alguna polis griega, pero perfectamente podría salir de los labios de un coach empeñado en motivar a sus seguidores: "El que todo lo aplaza, no dejará nada concluido ni perfecto".
Dicho de otro modo, ten cuidado con procrastinar porque, aunque en un primer momento quizás suponga un alivio, al final hará que te sientas frustrado.
El planteamiento encaja bien con la forma de pensar de Demócrito, quien animaba a buscar la eutimia, un término que procede del griego 'eu' (bueno) y 'thynos' (ánimo) y que básicamente aboga por un estado de ánimo equilibrado. Difícil experimentar armonía, estabilidad y calma si se van arrastrando tareas que nunca llegan a completarse. Es más, para Demócrito lo inteligente no es aspirar a un placer voluble e irreflexivo, sino a un espíritu sosegado.
Actual sí, novedoso no. En realidad Demócrito no fue el único (ni primer) filósofo de la antigüedad clásica que reflexionó sobre lo que hoy conocemos como "procrastinar". Mucho antes que él se dice que ya lo hizo el poeta Hesíodo y sobre el tema se pronunció también en cierto modo uno de los intelectuales más influyentes del Imperio romano, el estatista y filósofo Marco Aurelio.
"Ni seas negligente en tus acciones, ni embrolles en tus conversaciones, ni en tus imaginaciones andes sin rumbo, ni, en suma, constriñas tu alma o te disperses, ni en el transcurso de la vida estés ocupado en exceso", se lee en Meditaciones. Sus palabras (como las de Séneca) son interesantes porque revelan que la tentación de 'perder el tiempo' y posponer tareas lleva milenios atribulando al hombre.
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¿Por qué es importante? Que un filósofo nacido hace casi 2.500 años se preocupase por la procrastinación (aunque con otras palabras) resulta curioso, pero si las palabras de Demócrito resuenan con fuerza tantos siglos después es por algo más: su claridad pasmosa. Primero porque se centran en un problema que (ahora lo sabemos) es casi inherente a los humanos. Segundo, porque como ya intuía el sabio de Abdera posponer tareas puede ser un hábito destructivo que acabe lastrando nuestro ánimo y nos complique alcanzar la valiosa eutimia.
Un porcentaje: 20%. Joseph Ferrari, profesor de psicología, advertía hace ya unos años en una entrevista publicada por la American Psychological Association de hasta qué punto somos dados a aplazar deberes que (por una razón u otra) no queremos afrontar. "Uno de mis dichos favoritos es 'Todos procrastinamos, pero no todos son procrastinadores'. Todos posponemos tareas, pero mi investigación ha descubierto que el 20% de las personas de EEUU son procrastinadores crónicos. Retrasan tareas, hacen de la procrastinación su forma de vida".
Para entender su alcance, Ferrari recuerda que ese 20% es "un número mayor que el de la personas diagnosticadas con depresión clínica o fobias" y advierte de sus implicaciones. Una cosa es aplazar tareas puntualmente y otra "procrastinar crónicamente". Quien está en esa última categoría, advierte, ya no lidia con un problema de gestión de tiempo, sino con "un estilo de vida desadaptativo".
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"Círculo irracional". El tema no tendría relevancia si solo se tratara de una cuestión de holgazanería, algo que nos impide ser más productivos. El problema, recuerda Charlotte Lieberman en The New York Times, es que también "nos hace sentir mal" e implica tomar a sabiendas una decisión incorrecta. "Las personas se enganchan en este círculo irracional de procrastinación por una incapacidad para mejorar estados de ánimo negativos en torno a una tarea", coincide Fuschia Sirois, profesora de psicología de la Universidad de Sheffield, Reino Unido.
Hay incluso quien, como el investigador Tim Pychyl, opinan que la procrastinación en realidad no es un problema de gestión del tiempo, sino de "regulación de emociones". En torno a sus motivos y efectos se han formulado diferentes teorías. Por ejemplo, hay quien la relaciona con "la urgencia inmediata de administrar estados de ánimo negativos" y quien cree que la procrastinación "exacerba" la angustia y el estrés. "El alivio temporal que sentimos es lo que realmente hace muy vicioso el círculo", nos advierte Lieberman.
La ciencia al rescate. Lo que Demócrito quizás no podía imaginar en el siglo IV a.C. es hasta qué punto es nuestro propio organismo nos pone trampas. En los últimos años la ciencia se ha preguntado en varias ocasiones por qué nos tienta tanto aplazar tareas molestas y ha obtenido respuestas fascinantes.
Por ejemplo, en 2018 un grupo de investigadores publicó un estudio en Psychological Science en el que aseguran que hay dos áreas del cerebro que determinan la probabilidad de que una persona posponga tareas. La clave: las conexiones cerebrales. La misma investigación reveló que la procrastinación en realidad tiene más que ver con el manejo de emociones que con la eficiencia a la hora de gestionar el tiempo. De hecho hay autores que van más allá y creen que, en el fondo, se trata de un tema que afecta a la autorregulación emocional.
¿Cuestión de motivación? Uno de los últimos estudios sobre el tema se publicó hace unas semanas en la revista Current Biology y en él un equipo de científicos liderados por Ken-Ichi Amemori, de la Universidad de Kioto, explican cómo nuestra tendencia a procrastinar se explica básicamente por un fenómeno localizado en circuito entre el estriado ventral (EV) y el pálido ventral (PV), una región del cerebro clave para cuestiones como el placer o la motivación.
Lo que descubrieron los científicos es (grosso modo) que lo que nos lleva a posponer tareas no es el hecho de que las promesas de recompensa sean más o menos apetecibles, sino el rechazo a una acción inicial, lo que puede actuar como 'freno motivacional'. Quizás suene raro, pero Amemori explica que ese sistema "probablemente cumple una función adaptativa y evolutivamente conservada".
El desafío es no caer en el escenario sobre el que nos prevenía hace más de 2.000 años Demócrito: que el aplazamiento nos acabe pasando factura.
Imágenes | Wikipedia, Luis Villasmil (Unsplash) y Brett Jordan (Unsplash)
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Qué quería decir el filósofo Demócrito al afirmar: "El que todo lo aplaza no dejará nada concluido ni perfecto"
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Xataka
por
Carlos Prego
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Qué quería decir el filósofo Demócrito al afirmar: "El que todo lo aplaza no dejará nada concluido ni perfecto"
Hace más de 2.300 años Demócrito ya dio con la clave de uno de los problemas de 2026: la procrastinación
Si Hugo Gernsback no hubiera nacido es probable que lo que hoy conocemos como "literatura de ciencia ficción" fuese algo diferente, menos emocionante y desde luego menos popular. Al fin y al cabo forma, junto con H. G. Wells y Julio Verne, la terna de los "padres" del género. A pesar de ese papel, de su relevancia como editor, empresario e incluso inventor, Hugo es recordado a menudo por una de sus creaciones más delirantes: 'The Isolator', un futurista casco anti procrastinación con forma de pepino. Su objetivo, repeler distracciones.
Si Gernsback hubiese leído a Demócrito se lo podría haber ahorrado.
En un lugar de Abdera… La antigüedad clásica fue una época rica en pensadores talentosos, pero pocos han resultado tan preclaros como Demócrito, un polímata nacido (se cree) en Abdera hacia el 460 a.C. A lo largo de su longeva vida Demócrito viajó, estudio varias disciplinas y sobre todo desarrolló una de las teorías de su maestro Leucipo que más nos fascina hoy: el atomismo. 1.400 años antes de que John Dalton naciera, sus defensores sostenían que el cosmos estaba formado por partículas indestructibles que se combinan en el vacío, los átomos.
A lo largo de su vida Demócrito reflexionó sobre ética, matemáticas o arte. Su erudición enciclopédica lo han convertido en uno de esos pensadores a los que se atribuyen (con mayor o menor fiabilidad) infinidad de citas proverbiales. Algunas ambiguas y que se prestan a varias interpretaciones. Otras, como la que dedicó supuestamente a la procrastinación, son contundentes… y casi proféticas.
Tirón de orejas. La frase en cuestión suena casi a tirón de orejas, pero en realidad no sorprende por eso. Lo hace por su vigencia en pleno 2026. Quizás la pronunciara Demócrito hace más de 2.300 años en el foro de alguna polis griega, pero perfectamente podría salir de los labios de un coach empeñado en motivar a sus seguidores: "El que todo lo aplaza, no dejará nada concluido ni perfecto".
Dicho de otro modo, ten cuidado con procrastinar porque, aunque en un primer momento quizás suponga un alivio, al final hará que te sientas frustrado.
El planteamiento encaja bien con la forma de pensar de Demócrito, quien animaba a buscar la eutimia, un término que procede del griego 'eu' (bueno) y 'thynos' (ánimo) y que básicamente aboga por un estado de ánimo equilibrado. Difícil experimentar armonía, estabilidad y calma si se van arrastrando tareas que nunca llegan a completarse. Es más, para Demócrito lo inteligente no es aspirar a un placer voluble e irreflexivo, sino a un espíritu sosegado.
Actual sí, novedoso no. En realidad Demócrito no fue el único (ni primer) filósofo de la antigüedad clásica que reflexionó sobre lo que hoy conocemos como "procrastinar". Mucho antes que él se dice que ya lo hizo el poeta Hesíodo y sobre el tema se pronunció también en cierto modo uno de los intelectuales más influyentes del Imperio romano, el estatista y filósofo Marco Aurelio.
"Ni seas negligente en tus acciones, ni embrolles en tus conversaciones, ni en tus imaginaciones andes sin rumbo, ni, en suma, constriñas tu alma o te disperses, ni en el transcurso de la vida estés ocupado en exceso", se lee en Meditaciones. Sus palabras (como las de Séneca) son interesantes porque revelan que la tentación de 'perder el tiempo' y posponer tareas lleva milenios atribulando al hombre.
¿Por qué es importante? Que un filósofo nacido hace casi 2.500 años se preocupase por la procrastinación (aunque con otras palabras) resulta curioso, pero si las palabras de Demócrito resuenan con fuerza tantos siglos después es por algo más: su claridad pasmosa. Primero porque se centran en un problema que (ahora lo sabemos) es casi inherente a los humanos. Segundo, porque como ya intuía el sabio de Abdera posponer tareas puede ser un hábito destructivo que acabe lastrando nuestro ánimo y nos complique alcanzar la valiosa eutimia.
Un porcentaje: 20%. Joseph Ferrari, profesor de psicología, advertía hace ya unos años en una entrevista publicada por la American Psychological Association de hasta qué punto somos dados a aplazar deberes que (por una razón u otra) no queremos afrontar. "Uno de mis dichos favoritos es 'Todos procrastinamos, pero no todos son procrastinadores'. Todos posponemos tareas, pero mi investigación ha descubierto que el 20% de las personas de EEUU son procrastinadores crónicos. Retrasan tareas, hacen de la procrastinación su forma de vida".
Para entender su alcance, Ferrari recuerda que ese 20% es "un número mayor que el de la personas diagnosticadas con depresión clínica o fobias" y advierte de sus implicaciones. Una cosa es aplazar tareas puntualmente y otra "procrastinar crónicamente". Quien está en esa última categoría, advierte, ya no lidia con un problema de gestión de tiempo, sino con "un estilo de vida desadaptativo".
"Círculo irracional". El tema no tendría relevancia si solo se tratara de una cuestión de holgazanería, algo que nos impide ser más productivos. El problema, recuerda Charlotte Lieberman en The New York Times, es que también "nos hace sentir mal" e implica tomar a sabiendas una decisión incorrecta. "Las personas se enganchan en este círculo irracional de procrastinación por una incapacidad para mejorar estados de ánimo negativos en torno a una tarea", coincide Fuschia Sirois, profesora de psicología de la Universidad de Sheffield, Reino Unido.
Hay incluso quien, como el investigador Tim Pychyl, opinan que la procrastinación en realidad no es un problema de gestión del tiempo, sino de "regulación de emociones". En torno a sus motivos y efectos se han formulado diferentes teorías. Por ejemplo, hay quien la relaciona con "la urgencia inmediata de administrar estados de ánimo negativos" y quien cree que la procrastinación "exacerba" la angustia y el estrés. "El alivio temporal que sentimos es lo que realmente hace muy vicioso el círculo", nos advierte Lieberman.
La ciencia al rescate. Lo que Demócrito quizás no podía imaginar en el siglo IV a.C. es hasta qué punto es nuestro propio organismo nos pone trampas. En los últimos años la ciencia se ha preguntado en varias ocasiones por qué nos tienta tanto aplazar tareas molestas y ha obtenido respuestas fascinantes.
Por ejemplo, en 2018 un grupo de investigadores publicó un estudio en Psychological Science en el que aseguran que hay dos áreas del cerebro que determinan la probabilidad de que una persona posponga tareas. La clave: las conexiones cerebrales. La misma investigación reveló que la procrastinación en realidad tiene más que ver con el manejo de emociones que con la eficiencia a la hora de gestionar el tiempo. De hecho hay autores que van más allá y creen que, en el fondo, se trata de un tema que afecta a la autorregulación emocional.
¿Cuestión de motivación? Uno de los últimos estudios sobre el tema se publicó hace unas semanas en la revista Current Biology y en él un equipo de científicos liderados por Ken-Ichi Amemori, de la Universidad de Kioto, explican cómo nuestra tendencia a procrastinar se explica básicamente por un fenómeno localizado en circuito entre el estriado ventral (EV) y el pálido ventral (PV), una región del cerebro clave para cuestiones como el placer o la motivación.
Lo que descubrieron los científicos es (grosso modo) que lo que nos lleva a posponer tareas no es el hecho de que las promesas de recompensa sean más o menos apetecibles, sino el rechazo a una acción inicial, lo que puede actuar como 'freno motivacional'. Quizás suene raro, pero Amemori explica que ese sistema "probablemente cumple una función adaptativa y evolutivamente conservada".
El desafío es no caer en el escenario sobre el que nos prevenía hace más de 2.000 años Demócrito: que el aplazamiento nos acabe pasando factura.