Esta semana se han visto en Ceuta imágenes que recuerdan a los episodios más sádicos de la historia humana
Regala esta noticia Añádenos en Google Una sentada impide la entrada de ayuda de Cruz Roja para los inmigrantes asentados en la playa del Trampolín, en Ceuta. (EFE / Isabel Laguna) 30/08/2026 a las 09:13h.Una pieza en un telediario puede cambiarlo todo. Un reportaje en prensa tiene la capacidad de transformar la percepción de una realidad, la imagen de ... las personas, de las que han atravesado la frontera de Ceuta y llevan un mes a la intemperie. Piezas periodísticas han mostrado que los muchachos marroquíes y subsaharianos que ahora viven en las calles de Ceuta son en definitiva eso: unos chicos como tantos de cualquier lugar del mundo, sólo que pobres y con una dosis doble de lucha y esperanza porque la vida les ha dado una ración mermada de lo que por derecho les corresponde. Eso que a otros les ha venido por nacimiento y de serie, prosperidad, comodidad, futuro, ellos se lo tienen que pelear cruzando fronteras y arriesgando la vida en el mar.
Muchos periodistas, lejos de buscar un relato de conflicto, de sospecha respecto al diferente, al extranjero, lejos de abundar en conceptos como avalancha e invasión, han indagado en sus historias, los han humanizado. Han incurrido casi en un acto de rebeldía ahora que la tónica es difuminar, obviar, las vidas particulares para evitar empatizar, para no caer en la compasión que tire por tierra clichés prefabricados que sólo buscan que germine el odio.
Human Rights Watch ha sacado los colores al Gobierno por no atender correctamente a las víctimas de la crisis de Ceuta. No haberlas tratado como se debe de inmediato ha abonado el terreno para que germine el descontento, primero, y el odio a continuación, para que algunos vecinos hayan prendido fuego a las casuchas improvisadas y las pertenencias de quien nada tiene; para impedir el paso a los camiones de Cruz Roja cargados con un poco de comida. Son imágenes que nos retrotraen a los episodios más sádicos de la historia humana.Que haya alguien capaz de quemar un campamento en el que vive gente o dispuesto a quitarle el pan a un pobre nos hace perder la esperanza en que contar las duras realidades de las que proceden esos seres humanos sirva para no tenerles miedo, considerarlos nuestros semejantes y compadecerlos. O para convencer de que cualquier día podemos ser nosotros mismos a quienes no nos consideren personas, gente, y nos puedan quemar la nada que nos quede.
Pero hay que seguir. Porque quienes siembran odio no paran.
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