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El bloc del cartero

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Lorenzo Silva

02/10/2026 Actualizado a las 10:01h.

Desde las coplas de Jorge Manrique, nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir. Desde Heráclito de ... Éfeso, también es río el ser, que nunca permanece igual a sí mismo. A la imagen de un río recurren nuestros lectores para honrar la memoria del ser amado cuya existencia desembocó ya en la inmensidad quieta y azul que a todos nos aguarda. También para representar a una sociedad condenada a no ser la que fue y reacia a convertirse en otras cosas, o al menos en algunas de las que despuntan en el horizonte. Hay, en fin, quien más que río ve una riada, que viene para arrasar con lo que el accidentado fluir de nuestros ancestros nos dejó como legado. Ríos somos y formamos, gota en el mar seremos. Y cuánto nos cuesta compartir, sin dañarnos, esa condición que nos iguala a todos.

OTRAS CARTAS DE NUESTROS LECTORES

Y digo yo...

Y digo yo, ¿no sería mejor expulsar a los que entran de manera irregular en el territorio español en lugar de construirles barracones mientras se soluciona la situación? Todos sabemos que no serán devueltos a Marruecos: ni ellos ni el Gobierno quieren. Hablan de nuevas plazas de acogida como si fuera un éxito, cuando es un fracaso de manual. Las mujeres de Ceuta no pueden andar solas por la calle ni vestirse como suelen, a la europea, y tienen que taparse. ¿Es eso normal en un país europeo en el siglo XXI? Los que llegan a un país extranjero deben venir a trabajar, a aportar y sobre todo a no imponer ni sus reglas ni sus costumbres, y mucho menos su religión si esta implica que las mujeres pasen a ser de segunda categoría. | Ángela B. P. Madrid

Un río nunca es el mismo

Rata, ratón y ratoncito, mucho, poco y poquito. Cuando muchos entran, los que están hierven. Cuando pocos vienen, los de aquí envejecen, sin fruto ni futuro, su pensión ya no está, no hay nadie que les pague su seguridad social. Amigo español, chamba de mi corazón. Si un río nunca es el mismo y un país con más razón, no te obsesiones con una idea que solo está en tu sinrazón. Acepta el cambio, exige seguridad, el que venga que ponga sus manos y el de aquí su bondad. | Pedro Murillo Pinilla. Montijo (Badajoz)

Mandanga

Este 'viejoven' llegando a la mitad de una vida, cuando parece que hay que darle la vuelta al jamón. Uno se plantea cómo evoluciona la sociedad: ahora para ser moderno hay que llevar tatuajes y piercings. Ser vegano y no tomar leche. Que no te gusten los toros. Comprar todo por Internet. Llevar calcetines tobilleros en enero con –5 ºC. Comer humus y sushi. Merendar donuts o galletas con forma de dinosaurio. (Donde esté un buen bocadillo...). Cenar pizza, hamburguesa o kebab. Escuchar reggaetón, trap o indie. Usar el móvil hasta para ir al baño. Ligar por Tinder. Hacerse fotos de postureo para Instagram. Grabar vídeos de diez segundos para TikTok porque si duran más el público se aburre. Ir al gimnasio y tomar batidos de proteínas. Comer yogures bio para ir al baño a los cinco minutos. Conducir coche eléctrico. Hacer ciclismo en bici eléctrica para no cansarse. Ir a comprar el pan el patinete eléctrico para no cansarse. Tener una casa domótica: enciendo las luces con una palmada y subo las persianas con la voz, para no cansarse. Lavarse los dientes con cepillo eléctrico, no vaya ser que me disloque la muñeca. Pasar la aspiradora con un robot con 'forma de torta'. Ver TV con 500 canales temáticos: Netflix, HBO, Amazon… Jugar con cuatro videoconsolas. Queridos lectores, que paren el mundo que yo me bajo. Espero que, en estos difíciles tiempos pasados, aprendamos que no es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita. Nuestros abuelos vivieron más felices sin tanta 'mandanga'. | Manuel Canser. Santander

La edad que tengo

Ha llegado la hora de presumir de la edad que tengo. Es mi cumpleaños y todo el mundo (unos sinceramente y otros por halagarme) dice que no aparento la edad que tengo, que, en lugar de setenta y cinco, parece que hago sesenta y cinco años. Yo lo agradezco mucho, pero en este caso me gusta presumir de setenta y cinco años, porque mi trabajo me ha costado llegar hasta aquí y como para no presumir de ellos, después de los tres sustos que me ha dado la vida. Cuando has ido contando día a día los años transcurridos desde el primer percance y crees que ya lo tienes superado y olvidado, y que con una vez de esta experiencia bastará, pues no es así, a los veinte años reaparece una nueva situación, es algo tan grave que no te lo puedes creer y que te hace preguntar, ¿por qué otra vez a mí? Se te vuelven a paralizar tus ilusiones y tu vida, eso sí, con un camino aprendido, no de rosas precisamente. Esto te hace reflexionar y valorar todas las cosas que te rodean, no deja de ser un aprendizaje a través de una mala experiencia, y lo que más valoro realmente es haber aprendido a ser feliz con el día a día. | María Teresa Hoya Jiménez. Sevilla

Siempre se puede un poco más

El viento cortaba la cara y la lluvia torrencial de Guipúzcoa nos calaba hasta los huesos. Era 1983, yo apenas tenía 17 años y servía en el Regimiento de Cazadores de Montaña Sicilia 67, en San Sebastián. Toda la Unidad entera de Infantería de Montaña había caminado a oscuras por el barro, arrastrando las botas y el peso del equipo durante una noche eterna. Al amanecer, exhaustos y tiritando, divisamos por fin los camiones en el punto de extracción; el regreso al cuartel parecía un sueño hecho realidad. El Capitán, plantado frente a la fila de rostros demacrados, nos miró fijamente y rompió el silencio: «¿Estáis cansados?». El deseo unánime de subir a los vehículos y refugiarnos nos hizo responder a pleno pulmón, con la inocencia de la juventud: «¡Siií!». Una sonrisa amarga se dibujó en su rostro antes de lanzar el hachazo: «Pues bien, ahora volvemos otros 35 kilómetros andando a la base». El alma se nos cayó a los pies, pero los cazadores de montaña no se rinden; dimos media vuelta y arrastramos las piernas kilómetro a kilómetro, puro orgullo y dolor. Cuando por fin cruzamos el umbral del acuartelamiento, destrozados y al límite de nuestras fuerzas, el Capitán volvió a formarnos. Mirando detenidamente nuestros ojos exhaustos, repitió la pregunta con un eco desafiante: «¿Estáis cansados?». Esta vez, escarmentados y con las fuerzas justas para respirar, contestamos en un hilo de voz, en un tono muy bajo: «Sí...». Fue entonces cuando nos clavó la lección más grande del Tercio Viejo de Sicilia, una frase que se me grabó a fuego para el resto de mi vida: «Que sepáis que cuando no se puede más, siempre se puede un poco más». | Mikel Rodrigo. Burgos

Gracias a los gringos

Mi hija es una pesada. A los ocho añitos comenzó a darme la tabarra con que le comprara un móvil. No se contentó con el terminal sin datos que le regalamos a los 10. Tras semanas y semanas de ruegos, negociación y alguna que otra llorera, el Ejecutivo familiar cedió a las presiones y adquirió un flamante dispositivo inteligente. Mi hija va ahora al colegio encorvada hacia su preciada pantallita; sólo la guarda un rato cuando llega a la parada del bus su mejor amiga. Desconozco qué contenidos la acompañan en su cotidiana ida y vuelta a la escuela, pero sospecho que no todos son edificantes. Agradezco infinitamente al cole que le prohíban el dichoso aparato durante las horas lectivas (lástima que no lo hagan también durante el recreo y la pausa del mediodía). Por suerte mi hija y sus compañeras, que se deleitan retando a sus progenitores, acatan todavía la autoridad institucional. También quiero dar las gracias a los gringos y sus fiscales, que han doblegado a Meta para que acepte hacer nuestro trabajo, el de los padres, incapaces de paliar la adicción de nuestros vástagos al cacharrito que les hemos comprado. Para ahorrarse reprimendas millonarias, la empresa va a limitar el uso de sus redes sociales; los menores solo podrán conectarse dos horas por día, con bloqueo de acceso durante la noche y el horario escolar y ocultación de los «me gusta». Esperemos que las autoridades europeas demuestren tanto arrojo como sus homólogas de ultramar y que no les tiemble el pulso a la hora de exigir a las multinacionales de la adicción digital. | Jesús Manuel Suárez Liste. Santiago de Compostela.

Como un cohete

Mi nieto este año ha empezado a ir a la escuela. Aprenderá en el idioma oficial de su Comunidad, aparte de alguna asignatura en castellano. Cuando le pregunté qué ha hecho allí, me dirá que le están enseñando a contar hasta diez (uno, dos, tres...). Más adelante empezarán a hacer sumas, restas, etc. Algún día puede que venga a su aula algún chaval que no conozca el idioma, pero que se vea obligado a estudiar en él, ya que será la única posibilidad que tenga. Puede ser que ese día, cuando le pregunte qué están aprendiendo en clase, mi nieto me diga: estamos volviendo a contar (uno, dos, tres…). Y así con todas las asignaturas. Y mientras tanto, en el informe PISA seguiremos yendo como un cohete, pero hacia abajo. | Gonzalo Gomez Murguia. Barakaldo (Bizkaia)

La palabra y la materia

El reciente episodio en el Congreso de los Diputados, donde la parlamentaria Ana Vázquez esgrimió un bote de gas pimienta para interpelar al ministro del Interior, no debería recordarse como un simple choque político, sino como un drama para la semiótica. La diputada, que pretendía acorralar al ministro a cuenta de Ceuta, consideró que sus palabras no eran suficientes y blandió un bote de gas pimienta en mitad del hemiciclo. El juicio contra ella no debe ser político, sino estrictamente lingüístico: habría que exigir su destitución por el asesinato en primer grado de la elocuencia. Al exhibir ese aerosol, dinamitó la sagrada magia del lenguaje; ese pacto implícito por el cual nos comunicamos mediante signos abstractos (un significante y un significado) para evocar la realidad sin necesidad de cargar con ella. El lenguaje cautiva cuando despliega horas de aprendizaje, dominio psicológico, metáforas y puesta en escena. Sin embargo, la diputada actuó como una auténtica cracker del sistema lingüístico, hackeando el código: sustituyó la ideación del peligro por la exhibición chusca de un tubo de espray. El sistema tolera, y hasta agradece, la pirotecnia verbal de quienes vuelven volátiles los significados mediante la metáfora. Por eso, a Ana Vázquez no debería castigarla su indisciplina parlamentaria, sino la osadía de reventar la magia de la palabra con la vulgar y prosaica presencia de la materia. | Javier Fatás Cebollada. Zaragoza

Las croquetas de la burocracia

El otro día entré en una de esas tiendas de ultramarinos de toda la vida, de las que cada vez quedan menos. Vi unas croquetas anunciadas y pregunté a la joven dependienta: «¿Son caseras?» «No. No me permiten venderlas caseras». Me explicó que sí podría hacerlo, pero tendría que cumplir un montón de requisitos, realizar numerosos trámites y, por supuesto, pagar por ellos. Así que las que vende son congeladas. Y comprendí que el problema no eran las croquetas. El problema era la burocracia. Hemos conseguido algo extraordinario: convertir una croqueta casera en un expediente administrativo. Naturalmente que debe existir control sanitario. Nadie pretende que se venda comida sin garantías. Pero una cosa es controlar y otra muy distinta es poner al pequeño comerciante una carrera de obstáculos. El autónomo no tiene un departamento jurídico. Tiene que abrir el negocio, atender a los clientes, pagar proveedores, impuestos, alquiler, Seguridad Social y, además, aprenderse una interminable colección de normas y formularios. Después nos preguntamos por qué desaparecen las tiendas de barrio. Y cuando ya solo quedan persianas bajadas, inauguramos una campaña para recuperar el comercio tradicional. Quizá deberíamos empezar por algo mucho más sencillo: dejar de asfixiarlo. | Jorge Meana Álvarez. 

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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