Quince años después de su inauguración, el programa de la Cúpula del Centro Niemeyer de Avilés atesora un amplio historial de exposiciones fallidas, en gran medida, porque no fueron concebidas para este contenedor que suele devorar al contenido.
Su arquitectura, ideada en Brasil hace ... décadas para otros fines, se resiste a cualquier intervención que no dialogue con la maestría de Óscar Niemeyer, capaz de convertir cada una de sus construcciones en un elemento activo, dotado de sinergias ocultas que conmueven por su extrema pureza y nunca están exentas de complejidad.
Por ello, este espacio reclama propuestas no invasivas, que respeten sus proporciones, comprendan sus escalas y logren fundir luz, silencio y musicalidad en una experiencia perceptiva acorde con la intensidad de un recinto tan singular.
Ramón Isidoro lo consigue porque conoce como nadie los secretos del lugar; no en vano, ha sido el diseñador de numerosas escenografías que han potenciado los proyectos de otros creadores invitados a exponer en el centro. El artista asturleonés presenta su 'Intervención', una instalación 'site-specific' que atrapa y conmueve mientras rinde homenaje a los misterios del edificio.
La muestra, formada por grupos de pinturas de variados formatos en destacados negros, dorados y blancos, de ritmos muy dinámicos, resulta tan subyugante como elegante, dominando los recursos lumínicos con la colaboración de Juanjo Palacios, que ha instalado sensores en los vidrios y las estructuras de acero y hormigón para recoger crujidos, ecos y resonancias, ampliando la magia del espacio y generando una obra sonora que transforma por completo el tránsito del público. Los lienzos y el sonido mutan con la temperatura y el movimiento humano, como un metabolismo en constante cambio.
Así, la Cúpula se transmuta en una cueva permeable, sensible y casi táctil que, como señala el comisario, reconfigura por completo la vivencia del visitante porque «no solo cambia lo que vemos o escuchamos, sino también la forma en que esas experiencias se producen». En cada rincón surge una nueva vivencia inmersiva, pues «lo que se vuelve visible no es un objeto, sino una condición: la vibración del espacio, la densidad del silencio, la presencia del color como atmósfera».
Las obras pictóricas de Ramón Isidoro desocupan el soporte en vez de saturarlo de materia; rebasan los límites del cuadro, se desbordan en gamas cromáticas reducidas que vuelven a evidenciar su compromiso con la piel de la pintura, tanteando las sombras para estabilizar melancolías. Cada fragmento parece respirar una cadencia propia, como si se expandiera más allá de sus fronteras visibles y reclamara un territorio emocional que el espectador reconoce sin saber por qué.
En estas superficies late un temblor contenido, un pulso que invita a demorarse, a escuchar lo que no se pronuncia y a aceptar que la mirada también puede convertirse en un acto de entrega.
Entre dípticos apaisados, composiciones múltiples de tensiones líricas y la presencia de ese negro avasallador —con su nada inerte y su reverberar persistente—, esta nueva aventura de Isidoro es un lujo contemplativo que, a modo de capilla rothkiana, nos enreda en sus vacíos para llenarlos, implicarnos y para comprender, desde el momento en que atravesamos la puerta de entrada, que nosotros formamos parte de la obra.
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Ramón Isidoro, en capilla en el Centro Niemeyer
Ramón Isidoro, en capilla en el Centro Niemeyer