Algunos compositores parecen inseparables de la época que los vio nacer, mientras que otros trascienden las coordenadas de su tiempo. Jean-Philippe Rameau (1683-1764) pertenece, sin duda, a los segundos. En él confluyen algunas de las grandes aspiraciones del siglo XVIII: la confianza ... ilustrada en la razón, el afán de encorsetar la experiencia a principios inteligibles y, al mismo tiempo, la convicción de que el arte conserva un territorio irreductible a cualquier sistema.
Rameau fue compositor, organista, clavecinista y teórico; pero, por encima de todo, fue uno de esos espíritus para los que hacer música y preguntarse qué es la música constituían una misma actividad.
A esa doble naturaleza —artística y especulativa— se aproxima Andrés Alberto Gómez en 'Elogio de Rameau', la primera monografía publicada en castellano sobre el compositor francés. El libro, escrito desde la perspectiva de un intérprete y clavecinista, no se limita a reconstruir una trayectoria biográfica: trata de restituir la unidad entre el músico que compone y el pensador que busca en la naturaleza el fundamento de la armonía.
En 1722 Rameau publicó su 'Traité de l'harmonie réduite à ses principes naturels', una obra decisiva en la historia de la teoría musical. Su ambición era encontrar un fundamento racional para la armonía y explicar por qué determinados sonidos forman entre sí relaciones estables. Para ello desarrolló la idea del «bajo fundamental»: una nota que actúa como raíz del acorde incluso cuando no ocupa físicamente la posición más grave.
De este modo, Rameau podía entender las distintas disposiciones de un mismo acorde como transformaciones de una misma entidad armónica. La música dejaba así de ser únicamente una sucesión de sonidos para convertirse en un sistema de relaciones que el entendimiento podía desentrañar. Ahí se encuentra quizá el Rameau más fascinante, el que quiso escuchar en la naturaleza la gramática secreta de la música.
XLIII FESTIVAL DE MÚSICA ANTIGUA DE SEVILLA
En escritos posteriores —el 'Nouveau système de musique théorique' (1726), la 'Génération harmonique' (1737) y la 'Démonstration du principe de l'harmonie' (1750)— insistiría en esa tentativa de constituir la armonía en los fenómenos físicos de la resonancia y en las proporciones sonoras. En esta concepción se encuentra uno de los fundamentos intelectuales de la tonalidad moderna.
Pero sería injusto reducirlo al teórico. Cuando, ya cumplidos los cincuenta años, llegó a la escena parisina con 'Hippolyte et Aricie' (1733), Rameau provocó una conmoción comparable a la de quien introduce un nuevo idioma en una tradición perfectamente codificada. Después vendrían 'Les Indes galantes', 'Castor et Pollux', 'Les fêtes d'Hébé', 'Dardanus y Platée': un teatro musical de extraordinaria riqueza armónica, donde la ciencia que perseguía en sus tratados encontraba su comprobación sensible.
Gómez devuelve precisamente esa dimensión inseparable de teoría y materia sonora. El clavecín adquiere aquí una importancia que excede la del instrumento histórico: es el espacio físico donde el pensamiento se vuelve gesto, resonancia, articulación. Rameau no es contemplado desde la distancia del monumento cultural, sino desde la intimidad de quien conoce las posibilidades y resistencias del teclado y sabe que una teoría musical sólo adquiere verdadera existencia cuando puede ser escuchada.
Rameau no es contemplado desde la distancia sino desde la intimidad de quien conoce las posibilidades del teclado
El volumen se completa con el 'Elogio histórico de Mr. Rameau', de Hugues Maret, leído en la Academia de Dijon en 1765 y publicado en 1766. Maret, secretario perpetuo de aquella institución, recogió testimonios de personas que habían conocido al compositor y construyó una de las fuentes fundamentales para la memoria biográfica de Rameau. Su texto resulta especialmente valioso porque pertenece al momento inmediatamente posterior a su muerte, cuando su figura aún no había sido enteramente cristalizada por la posteridad.
A esta conversación entre historia, teoría y experiencia musical se suma el prólogo de Ramón Andrés que es siempre un sello de calidad y cuya presencia sitúa el libro en una tradición de pensamiento en la que la música no constituye una disciplina aislada, sino una forma privilegiada de interrogar el mundo.
Tal vez ahí resida la verdadera ambición de 'Elogio de Rameau': no añadir simplemente un nombre a nuestra cartografía del Barroco tardío, sino devolver a Rameau toda la densidad de su pensamiento musical. El compositor quiso descubrir en el sonido una ley; el artista quiso convertir esa ley en emoción; el hombre de la Ilustración quiso hallar en la naturaleza una razón para aquello que, al ser escuchado, seguía escapando a toda explicación. La grandeza de Rameau acaso consista en haber habitado esa contradicción sin resolverla. Y la de Gómez, en recordarnos que allí donde la teoría alcanza su límite comienza, nuevamente, la escucha.
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Rameau, el hombre que quiso explicar el misterio del sonido
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