Unicaja
Reconstrucción: el gran reto del UnicajaCuando un equipo deja de creer cambia la naturaleza de su juego, donde antes surgían respuestas colectivas, ahora el equipo comienza a refugiarse en soluciones individuales
Regala esta noticia Añádenos en Google Foto de la plantilla de esta temporada, realizada antes de la Final Four de la BCL. (UNICAJA CB PHOTOPRESS) 21/05/2026 a las 11:59h.Tengo la sensación de que llevamos demasiado tiempo analizando el síntoma y poco la enfermedad. Hablamos del rebote, de los porcentajes, de las rotaciones, de ... los ajustes defensivos o de determinadas carencias técnicas y físicas. Y claro que todo eso influye y actúa como un elemento desencadenante, porque el baloncesto termina expresándose siempre a través de detalles concretos.
Pero, aunque nada de ello puede pasarse por alto, el problema actual del Unicaja ya no vive únicamente ahí. Ha entrado en otro estadio. Porque esto no empezó ahora. Durante muchos meses el equipo ya había perdido continuidad, aunque siguió ganando muchos partidos. Y cuando se gana, el resultado tiene una enorme capacidad para ocultar grietas. Aparecían desconexiones, pérdidas del control del ritmo, dificultades para sostener el nivel competitivo durante demasiados minutos o fases del partido en las que el equipo dejaba de reconocerse o jugar a lo que quería su entrenador. Sin embargo, el talento, la profundidad de plantilla y el carácter competitivo seguían compensando muchas de esas situaciones.
El problema es que las grietas crecieron. Y hoy el equipo ha entrado en un territorio mucho más delicado: la duda. Porque cuando un equipo deja de creer cambia la naturaleza de su juego. Donde antes surgían respuestas colectivas, ahora el equipo comienza a refugiarse en soluciones individuales. El pase deja de encontrar al compañero mejor situado, la circulación pierde continuidad, las ventajas dejan de enlazarse con naturalidad y el jugador intenta resolver desde sí mismo lo que antes resolvía el grupo.
Falta química
Y hay algo todavía más difícil de medir, pero muy fácil de percibir. Aquella conexión natural que durante mucho tiempo transmitió este equipo tampoco aparece con la misma claridad. Los grandes equipos desarrollan una especie de lenguaje propio, una «química» competitiva que convierte determinados comportamientos en automatismos colectivos. Una ayuda llega siempre, pero solo cuando es necesaria, un jugador ocupa un espacio que otro ya intuía, aparece el pase extra sin necesidad de pensarlo y la energía del grupo se contagia y se mueve en una misma dirección. Y esa forma casi orquestada de entender el juego hace tiempo que no atraviesa su mejor momento.
El Unicaja durante mucho tiempo no solo ganaba partidos; imponía una manera de jugar. Corría, presionaba, disfrutaba e intimidaba. Los rivales entraban al partido sabiendo lo que les esperaba. Hoy tengo la sensación de que ocurre algo diferente: el rival espera a ver si el Unicaja es capaz de sostenerse. Porque los equipos no se rompen cuando dejan de ganar; muchas veces empiezan a hacerlo cuando dejan de reconocerse.
Y a momentos así se suman preocupaciones añadidas, difíciles de medir desde fuera: la incertidumbre sobre el futuro o la lógica preocupación de cada integrante de la plantilla por saber qué ocurrirá con él mañana. Y cuando un equipo atraviesa un momento de fragilidad competitiva, cualquier ruido externo termina amplificando las dudas internas.
Sería un error que unos meses complicados hicieran olvidar el enorme trabajo realizado durante estos años por Ibon Navarro y por este proyecto. Lo construido nunca fue una simple suma de individualidades. Fue una identidad reconocible.
Y quizá ahora el gran reto del Unicaja ya no sea únicamente reencontrarse; quizá sea algo mucho más complejo: reconstruirse. Porque el dinero puede fichar jugadores, pero no basta; no compra ni la felicidad ni la identidad de un club. Aprender de los muchos aciertos del pasado y también de los errores del presente. Porque se acerca el momento de tomar de nuevo importantes decisiones. Porque pocas cosas definen más a un club -o a una persona- que cómo decide levantarse cuando se cae.
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