Sebastián Gámez Millán
Profesor y escritor
Lunes, 19 de enero 2026, 01:00
... la idea sin saber a ciencia cierta qué significa, cuando es sabido que en nombre del 'progreso' se han cometido grandes atrocidades. Quizá lo más valioso que pueda hacer un ser humano por otro es dar su vida, y lo más bárbaro, matarlo. Esto ha sucedido durante nuestros antepasados desde Atapuerca hasta nuestros días y todo apunta a que seguirá sucediendo.Por si acaso esto no queda suficientemente claro procedamos por la vía negativa. A pesar de que el presidente del Gobierno repita sin cesar que «la economía española va como un cohete» y que el PIB ha crecido 0,7% en los últimos meses, progreso no es que el 60% de la población tenga dificultades para llegar a fin de mes; progreso no es que perdamos poder adquisitivo; progreso no es que cada vez sea más difícil el acceso a la vivienda o que el alquiler, de peor calidad, se lleve más de un 50% de la remuneración laboral. Progreso no es que falten médicos y enfermeros y que éstos, al igual que otros científicos que se forman en España, tengan que buscarse la vida en otros países.
Las decisiones políticas giran irreversiblemente en torno al progreso de las personas
Supuestamente este Gobierno hizo una moción de censura para evitar la corrupción del anterior y regenerar la política, pero de 2018 a 2024 en el Índice de Percepción de la Corrupción (Transparencia Internacional) España ha bajado del 41 al 46, por detrás de Costa Rica, Botsuana y Ruanda. La población en riesgo de pobreza o exclusión social ha disminuido (27,3% al 25,8%), pero España sólo tiene por detrás en Europa a Rumanía (27,9%) y Bulgaria (30,3%). El riesgo de pobreza infantil ha empeorado: del 29,5% al 35%. La tasa de paro ha mejorado, del 14,45% al 11,36%, sin embargo es el doble de la EU-27 (5,7%). Y con los ERTE y los fijos discontinuos tampoco sabemos con certeza los realmente ocupados. El analista político y asesor del PSOE durante muchos años, Ignacio Varela, ha declarado que «la tan comentada superioridad moral de la izquierda está ligada al secuestro fraudulento del concepto 'progresista', como si fueran indisociables».
A pesar de que vivimos en una época extremadamente convulsa con la arbitrariedad de las decisiones del nacional-populista Trump al frente de la todavía mayor potencia económica y militar, de la desafiante hegemonía de China, la invasión de Ucrania por parte de Putin, la masacre de Netanyahu sobre Palestina, de los momentos de mayor infrahumanidad que estamos viendo, a pesar de todo, incluso de que «es imposible tener la certeza de que la civilización se está moviendo en la dirección adecuada para llegar a esa meta» (J. B. Bury), a quienes duden del progreso material, nunca definitivo, les recomiendo que lean 'En defensa de la Ilustración. Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso', de Steven Pinker, con abundantes gráficos de cifras en perspectivas históricas de esperanza de vida, distribución mundial de la renta, pobreza, desigualdades, educación, bienestar...
No perdamos de vista qué significa 'progresar', pues las decisiones políticas giran irreversiblemente en torno al progreso de las personas. Ironías del destino, conservar lo más valioso de la tradición puede ser más 'progresista' que pretender innovar sin saber qué somos, qué nos conviene y adónde queremos ir. En sentido riguroso no hay nada apolítico, como nos mostró Szymborska en 'Hijos de la época', aunque siempre haya asuntos que se politicen, claro.
Lo que sí hay son personas apartidistas, aquellas que descreen o desconfían de la gestión de los partidos políticos. Y si bien reconozco que el sistema en España y en otros lugares del mundo a veces degenera en una especie de partidocracia, si los ciudadanos renunciamos a nuestros deberes y derechos se pierde el sentido de la democracia -gobierno del pueblo-, y, en consecuencia, perdemos poder en la gestión de los recursos comunes y públicos en beneficio de politicastros que no quieren servir, sino atender a sus intereses privados. Por tanto, lo queramos o no, somos irrenunciablemente políticos, como nos definió Aristóteles: porque somos sociales, capaces de valernos de la razón y no nos conformamos con sobrevivir, sino que aspiramos a vivir mejor, a progresar.
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