LA TRIBUNA
Regularización: dignidad y derechosEn apenas un siglo los valores que representan han sido forzados
Regala esta noticia Añádenos en GoogleLUIS UTRILLA NAVARRO. PRESIDENTE PROVINCIAL DE CRUZ ROJA
23/05/2026 a las 02:00h.Cuando hacemos una primera reflexión sobre la naturaleza de las grandes obras clásicas de la literatura, es frecuente asociar su valía con los principios académicos ... o simplemente por servir de referente a lo largo del tiempo. Si seguimos indagando en las razones del clasicismo de las obras de siglos pretéritos, solemos deducir que su importancia deriva principalmente de los valores que encierran y representan. Pero, sin ánimo de erigirme en juez y parte, ninguna de las dos acepciones es completamente cierta.
Hoy, en está tercera década del siglo XXI la obra sigue siendo uno de los clásicos de la literatura española por antonomasia, siendo el segundo libro con un mayor número de ejemplares editados en el mundo tras la Biblia, más de 500 millones. Su omnipresencia en la sociedad sigue tan viva como en el momento en el que salió a la luz, y son miles las personas que lo citan, que utilizan la simbología de las hazañas del caballero manchego, o se hacen eco de su filosofía, en términos que nada tienen que ver con los millones de lectores que lo han ensalzado con anterioridad, pero con los mismos valores.
Viene todo este símil a servir de marco en el que encuadrar los principios universales que conforman las reglas en las que los derechos humanos se desarrollan.
Apagados los principios morales que sirvieron de modelo a las culturas griega y latina, y una vez superado el oscurantismo que rodeó a la Edad Media, no fue hasta la revolución francesa de finales del XVIII cuando las personas adquirimos la condición de ciudadanos, dejando atrás los viejos estadios de esclavos y vasallos. Dos siglos más tarde, fue la declaración de derechos humanos de 1948 la que estableció un nuevo orden de dignificación de las personas. En el momento de su publicación al término de la II Guerra Mundial, los derechos humanos se erigieron como un conjunto de normas universales, indivisibles e inherentes a las personas. Sus redactores tenían en aquel momento en su retina las atrocidades que el conflicto bélico había originado y que había concluido con el salvaje lanzamiento de dos bombas atómicas. En su ánimo estaba evitar el sufrimiento de la guerra a las generaciones venideras.
Bajo la encomiable presidencia de Eleanor Roosevelt, y gracias a la pensadora, docente y escritora india Hansa Mehta, se consiguió elaborar uno de los documentos más importantes del siglo XX, la Declaración de Derechos Humanos, que en su artículo primero reza así: «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros». Desde aquel diciembre de 1948 hemos asistido a un tránsito interpretativo de los conceptos dignidad y derechos, que han deambulado y evolucionando por distintos derroteros, pero manteniendo los principios y valores humanitarios con los que nacieron heredados de las culturas grecorromanas. Desafortunadamente estos principios y valores son hoy en día objetivo de una crítica despiadada por parte de algunos grupos radicales, e incluso puestos en duda por los responsables políticos e institucionales de numerosos países. A más a más, no deja de sorprender que la acción humanitaria que emana de la aplicación de dichos derechos humanos se vea cuestionada y degradada por intereses espurios.
En apenas un siglo los valores que representan han sido forzados hasta límites inimaginables por diferentes sectores y en respuesta a diferentes intereses, por supuesto ajenos a las personas. No solo hay grupos de poder que intentan minimizar la aplicación de los derechos humanos, sino que incluso cuestionan que los mismos tengan un valor universal. Una degradación de la dignidad de las personas que va más allá de las cuestiones coyunturales y que intentan justificar la discriminación, la violencia y en ocasiones el exterminio, en base a cuestiones de raza, sexo o religión. Y desgraciadamente esto no es algo que ocurra en territorios lejanos, sino que está en nuestro quehacer cotidiano y que se ha puesto de manifiesto en el proceso de regularización de la situación de las personas migrantes que viven en España. Un proceso que debemos defender con firmeza, sea cual sea su procedencia y el modo en el que han llegado hasta nosotros, ya que no es una cuestión administrativa, ni política, ni económica, aunque tenga mucho que ver con estos ámbitos. Es una cuestión de dignidad de las personas y de los derechos inherentes a ellas. Y es precisamente en este entorno intoxicado en el que debemos recuperar los valores humanos que nos permiten llamarnos como tales, y al igual que nuestro universal don Quijote, no dejar de cabalgar para mantener la dignidad humana por encima de cualquier otra consideración.
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