En poco tiempo, los hogares automatizados tendrán como núcleo a los robots humanoides impulsados por IA y visión computacional. Durante años, los robots industriales vivieron separados de las personas, programados para repetir movimientos exactos y cumplir una única misión con la que fueron hechos.
Ahora desarrollos como el NEO de 1X Technologies; el Optimus de Tesla; o el Figure 03, de la empresa Figure AI, prometen capacidades sorprendentes para realizar tareas domésticas como doblar ropa, lavar platos, organizar espacios, abrir puertas y ejecutar rutinas programada. Esto
no es más que el inicio de una carrera por llevar los primeros robots “mayordomos” a los hogares a partir de este año, con planes de producción en masa hacia finales de 2027.
Un mundo entre robots y humanosSi bien los altos costos que rondan los $20.000 serán la gran barrera para que se cumpla la predicción de Musk, lo cierto del caso es que poco a poco los robots empiezan a compartir espacio con humanos en fábricas, hospitales y centros logísticos.
Esa cercanía obliga a replantear una pregunta incómoda: ¿Será este un paso seguro para la humanidad?
En Europa ya intentan responder a esa pregunta con proyectos como RoboSAPIENS, iniciativa financiada por la Unión Europea que busca validar robots autoadaptativos y confiables en entornos reales, fuera de las condiciones controladas en laboratorios.
El foco no está en hacer robots más rápidos o eficientes, sino en desarrollar máquinas capaces de convivir con humanos sin convertirse en un riesgo.
En una fábrica, nada es completamente estático. Se mueven estanterías, aparecen obstáculos temporales, cambian los flujos de personas. Para muchos robots actuales, esto sigue siendo un problema serio. Trabajan con mapas predefinidos y cualquier modificación inesperada puede provocar errores o colisiones.
“Los sistemas tradicionales son rígidos”, explicó a WIRED en Español Joel García, Project Manager de PAL Robotics, una de las empresas que participa en el consorcio de RoboSAPIENS. “Si ves el plano de una fábrica, es algo dinámico. Se mueven estanterías, aparecen un carrito donde no debería estar, y para muchos robots eso es un problema, porque trabajan con un mapa preestablecido y pueden impactar contra algo que ha cambiado”.
Los robots deben adaptarse al entorno, no al contrarioLa palabra “autoadaptativo” se ha vuelto común en robótica, pero no siempre se entiende en profundidad. Para RoboSAPIENS, adaptarse no significa simplemente corregir un error, sino responder de forma abierta a cambios estructurales, tanto del entorno como del propio robot.
García lo explica con claridad: “Si el robot detecta que se mueve más lento por desgaste de componentes, debería decidir por sí mismo ir a una estación de mantenimiento; si ocurre una evacuación, debe entender que su tarea deja de ser prioritaria y que no puede bloquear una salida de emergencia”.
La adaptación, insiste, nunca puede poner en peligro a las personas. Este enfoque se apoya en arquitecturas de aprendizaje continuo como el ciclo MAPE-K, que permite al robot monitorear, analizar, planificar, ejecutar y aprender de cada interacción, construyendo conocimiento a partir de la experiencia.
“La verdadera autoadaptación no es simplemente recuperarse de un error. Un robot realmente autoadaptativo debe ser capaz de realizar una adaptación abierta, lo que llamamos open-ended self-adaptation”, asegura el experto.
Máquinas diseñadas para convivir, no para imponer reglasLa convivencia humano-robot introduce un reto que la robótica industrial clásica evitaba: el contacto. A diferencia de los grandes brazos industriales, rápidos y, en muchos casos, encerrados, los robots colaborativos deben moverse cerca de personas, ser tocados y reaccionar de forma segura.
“Los humanos tienden a probar al robot, a empujarlo, a ver qué hace”, señala García. “Eso hay que anticiparlo desde el diseño”.
Por eso, la seguridad ya no depende solo del software, sino también de factores físicos y de comportamiento como limitar velocidades, crear distancias dinámicas de seguridad, evitar conductas peligrosas y garantizar que incluso un movimiento inesperado no cause daño.
Aquí el verdadero desafío no es solo técnico, sino cultural. Para que los robots se integren en espacios humanos, deben generar confianza. Esa confianza no se logra con promesas de eficiencia, sino con comportamientos predecibles y respetuosos del entorno humano.
García lo vincula con un cambio más amplio. La transición hacia la Industria 5.0, un modelo en el que la tecnología deja de exigir que el humano se adapte a ella. “No es la persona la que debe ajustarse al robot, sino el robot el que tiene que entender al humano”, afirma.
Ese enfoque explica por qué la inteligencia artificial, aunque central, no se concibe como una capa que sustituye al control humano, sino como una herramienta para interpretar el entorno, aprender del comportamiento real y facilitar interacciones más naturales.
Una nueva normalidadLa normalización es el último paso. En hospitales asiáticos, donde flotas de robots ya circulan por pasillos y ascensores, la reacción inicial de sorpresa da paso rápidamente a la indiferencia. El robot deja de ser novedad y se convierte en parte del paisaje, como ocurrió con las aspiradoras autónomas.
Ese futuro solo es viable si la convivencia es segura. RoboSAPIENS parte de una premisa clara: si los robots van a compartir nuestro espacio, deben entender nuestras reglas, no al revés.