El rostro de Gabriel Rufián, captado en un pasillo del Congreso de los Diputados, condensa la tensión de la política hecha a pie de micrófono: cejas en guardia, mirada fija, silencio previo a la réplica. Carlos Luján / EP.
Reportajes EL PORTAVOZ QUE APRENDIÓ A MORDER Rufián, el "matón verbal" que cambió el paro y un desahucio en Barcelona por el Congreso: tejió su fama en bares y TikTokEl diputado aprendió a dominar la cámara —y el ecosistema mediático— entre el Casa Manolo, las redes y un instinto de supervivencia política que hoy lo coloca como agitador de la nueva "alianza plurinacional" de las izquierdas.
Más información: Sumar, IU, Más Madrid y los Comunes lanzarán una alianza de izquierdas para las próximas generales.
Julio César Ruiz Aguilar Publicada 14 febrero 2026 01:40h Actualizada 14 febrero 2026 01:56hHay muertes que parecen escritas por un guionista con demasiado sentido del símbolo. Gabriel Rufián contó una vez que su abuelo —ese hombre al que dice que se parece "en el aspecto y en el carácter", ese hombre del que aprendió que se puede hablar poco y aun así conseguir que te escuchen— cayó fulminado bailando un día como hoy.
"Murió bailando con mi abuela, a los 68 años, en su primer y último baile de San Valentín. Un infarto", recuerda. La escena, íntima y de película, tiene algo que persigue a Rufián desde entonces: la idea de que el gesto, si está bien colocado, vale mucho más que el discurso.
"En su casa siempre se dijo que el abuelo hablaba poco, pero cuando hablaba, mandaba. A Gabriel le pasa algo parecido", apunta un periodista cercano al entorno de ERC.
Este miércoles, a pocas horas de que España se reparta flores y gestos románticos como quien se concede una tregua, Rufián —embutido en un traje azul grisáceo de Mango— cruza la puerta del Congreso con su manera habitual de ocupar el espacio: mitad estrella de barrio, mitad alumno aplicado del oficio.
En la sesión de control del miércoles, Rufián convierte el atril en escenario: dirige el aire con los dedos, señala a un adversario invisible y marca el ritmo de una política que se juega tanto en el gesto como en el argumento. Eduardo Parra / EP.
Se mueve como si el hemiciclo fuera una pista de baile con focos fríos. Dos ujieres se apartan para dejarle paso. Un diputado del PP le roza el hombro y no se miran. Rufián saluda con la barbilla a una asesora, se detiene un segundo para tomarse una foto con dos jóvenes y retoma la marcha sin perder el ritmo.
La escena dura menos de diez segundos y, sin embargo, deja una estela: la de alguien que sabe transitar el pasillo como si fuera un escenario. No se trata de elegancia —no la busca— sino de presencia.
Rufián sabe lo que hace cuando se deja ver. Sabe cómo debe colocarse para que lo miren. Y, sobre todo, sabe que en política el ritmo no lo marcan las leyes: lo hacen los relatos.
"No improvisa tanto como parece. Puede parecer espontáneo, pero cada gesto lo tiene pensado. Sabe dónde ponerse para salir en la foto y cuándo callarse para que el silencio haga ruido", dice un asesor de comunicación en el Congreso que lo trata desde hace años.
'Un paso al frente', el lema del acto de Sumar, IU, Más Madrid y Comunes en el que presentarán su alianza de izquierdas el 21-FEl hijo único
En la semana en que Izquierda Unida, Sumar, Más Madrid y los Comunes anuncian un intento de recomposición "a la izquierda del PSOE", el apellido de Gabriel aparece de nuevo en el aire, como una posibilidad que nadie nombra del todo y todos miden.
Desde hace tiempo, el portavoz de ERC en el Congreso desliza la misma idea con palabras distintas: una alianza plurinacional que vuelva a juntar "lo que hoy está roto".
Rufián se mueve bien en ese centro que no parece centro: llega sin presentarse, lanza la frase y se aparta un paso para ver qué hace el resto. Aunque parezca, no es un producto de laboratorio político.
No viene de un despacho ni de una cantera de partido con padrinos de pasillo. Aprendió a hablar de política en lugares donde nadie habla de política si no es para quejarse.
Su biografía, escrita en seco, cabe en un párrafo: 1982, Santa Coloma de Gramenet, barrio del Fondo. Hijo único. Familia humilde. Raíces andaluzas en el relato doméstico. Padres politizados. Adolescencia en Badalona. Estudios, trabajos varios. Una vida que podría ser la de cualquiera en el cinturón rojo barcelonés.
En plena intervención, Rufián abre las manos y sostiene el gesto en el aire. La luz lo corta en dos: el orador y el personaje, el foco y el ruido. Diego Radamés / EP.
Lo que hoy se sienta en el escaño —el dardo, la mirada a cámara, la sonrisa que se guarda para después— no lo fabricó esa biografía. Lo fue puliendo, a golpes pequeños, el roce entre la calle y el sistema. Y lo terminó de moldear un lugar que en Madrid es más escuela que descanso: el bar.
La escuela de "el Manolo"
En el ecosistema del Congreso hay restaurantes de mantelería cara donde se cuecen pactos y cafeterías con el humo moral de las conversaciones rápidas.
Pero la leyenda de Rufián —esa parte de la leyenda que no está en los diarios de sesiones— se entiende mejor en el bar de la esquina, "el Manolo", donde ha cultivado una forma de carisma que no se enseña en los másteres: la cercanía controlada.
La barra está pegajosa de cerveza derramada, el camarero no pregunta la marca y los vasos llegan con espuma de más. Rufián apoya el codo, inclina la cabeza para oír mejor el ruido de la televisión y deja caer una frase corta. Nadie saca la grabadora.
No todos lo dicen. Algunos lo cuentan como quien confiesa una debilidad. Rufián está en las cañas como si fueran una extensión del hemiciclo: escucha, pregunta, mide, suelta una frase que parece espontánea pero que suele estar trabajada.
"Rufián hace, en parte, política de barra. No te vende una exclusiva, te vende clima. Te deja caer una frase y mide si la recoges. Es muy consciente del valor de la cercanía", explica un cronista parlamentario catalán, asiduo a estas reuniones informales.
Fuera del hemiciclo, la coreografía se vuelve íntima: Rufián e Irene Montero conversan en Casa Manolo, donde la política baja la voz y sube el ruido de platos y vasos; en una imagen datada en diciembre de 2023. Redes.
El bar para él no es tanto un descanso como un escenario. Actúa con naturalidad aprendida, esa que sólo da haber pasado años en ambientes donde la gente te mide, de arriba a abajo, en cinco segundos.
En las Cortes —tan dadas al discurso solemne y a la impostura— la normalidad puede ser una herramienta de poder. Rufián la usa. La normalidad, en su caso, no significa inocencia. Significa utilidad.
Es el tipo que te habla de tú, que se ríe de sí mismo cuando le conviene —este jueves carcajeaba sobre una parodia que le hizo el programa de humor Polònia, de TV3—, ironiza para bajar la temperatura y, cuando toca, sube el volumen como si golpeara la mesa con la palma. A veces parece que improvisa. Pero casi nunca improvisa.
Putos cracks 😂😂😂 https://t.co/1gb09BNbNh
— Gabriel Rufián (@gabrielrufian) February 12, 2026
Ese Rufián "de barra" convive con otro: el Rufián que, en el Congreso, se ha convertido en uno de los diputados más comentados, más odiados y más citados. Pero también uno de los más queridos y buscados. Tanto por la prensa como por el resto de personas que orbitan en las instalaciones.
En parte porque su estilo tiene algo de provocación adolescente —el golpe, la réplica, la frase para la viralidad— y en parte porque entiende la política como un deporte de contacto. No necesariamente físico, también verbal.
"Hay un tipo inútil, mentiroso y miserable que se pasea dando lecciones con doscientos y pico muertos sobre la mesa: se llama Mazón"
Gabriel Rufián, durante un pleno del Congreso, el 26 de marzo de 2025.
Un antiguo dirigente de ERC, que colaboró con él en la etapa de Súmate —movimiento ciudadano proindependencia—, lo definió en privado como "muy violento verbalmente". En su registro, el insulto está cerca. Rufián trabaja con una materia prima peligrosa: la indignación, el sarcasmo, el desprecio elegante.
"Cuando te ataca, va a hacer daño. No busca convencerte: busca que el golpe se oiga", concede un diputado de la oposición. Lo ha llevado al límite y lo ha pagado en forma de enemistades, caricaturas y esa etiqueta que lo persigue como apodo de patio de colegio: "Catalan psycho".
Rufián llega a la Junta de Portavoces del Congreso. El gesto se recoge, la escena se enfría: fuera del atril, el personaje camina sin público. Jesús Hellín / EP.
Así le denominaron tras una disputa en el seno de una reunión política hace 11 años, en la que casi llega a los puños con José Rodríguez Fernández, exdiputado de ERC en el Parlament. Él no recordaba el mote. Pero lo ha gestionado como quien se pone una chaqueta fea para que hablen de ella.
"En Cataluña me han matado muchas veces. No creo que haya un periodista importante que no haya escrito que estoy muerto allí. Ganar a Junts y ganar a Convèrgencia tiene un coste muy alto", dijo el pasado agosto en una entrevista a ElMundo.
A la salida del Manolo, ya sin la corbata de la mañana, Rufián se detiene unos segundos ante Vito Quiles, que lo espera con el micrófono en alto. El intercambio es brusco y juguetón a la vez: "¿He salido para que hagas esta mierda?", le suelta Rufián, antes de animarle a "hacerlo mejor" y darle "30 segundos".
Quiles aprieta con la batería de preguntas de siempre —la contradicción de un independentista pidiendo el voto "en Toledo", las "calabazas" de la izquierda, Ester Expósito— y Rufián entra al trapo con ironía.
"Soy de izquierdas, pero como gambas, tío", se ríe. "Como los de UGT", responde Quiles. "Qué cuñado eres", sigue Rufián; y convierte la escena en un pulso performativo.
En la izquierda hay quien le reprocha "darle bola" a un agitador que vive del choque; para Rufián, en cambio, el choque forma parte del juego: no evita la cámara hostil, la incorpora al baile y la usa como escenario.
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Rufián nace con fuerza en un ecosistema particular: el de Súmate, la entidad de independentistas castellanohablantes que traducía el discurso soberanista para quienes no se reconocían en la Cataluña de los apellidos de siempre.
En ese papel, Rufián fue, sobre todo, un intérprete. No tanto un ideólogo como un traductor con instinto teatral. Hay una escena de 2014 que funciona como origen mítico. Un acto en TrinitatVella, barrio duro, con cifras de paro altísimas, donde Rufián suelta una idea que, en realidad, es una declaración de estilo.
"El local era pequeño, las sillas de plástico crujían, alguien tosía constantemente al fondo", relata un asistente. Rufián hablaba sin micrófono durante los primeros minutos porque el técnico llegaba tarde. La frase salió casi en susurro y luego subió el tono. El aplauso fue irregular, más de reconocimiento que de entusiasmo.
"No se puede venir a hablar de independencia en un barrio con un 40% de paro… hay que hablar del país que queremos". Y remató con un catálogo de posiciones que suenan a izquierda pura: banca nacionalizada, rechazo a un país "patrocinado por La Caixa", ironía contra Artur Mas como rey.
Rufián habla en un mitin de Súmate, cuando aún no era un personaje nacional. Todavía no había foco frío: sólo la voz, el barrio y la promesa de que la política podía tocar la nevera. E. E.
Aquella intervención circuló. Se aplaudió y se discutió. Y quedó como prueba de que, al menos entonces, Rufián había entendido algo esencial: que el independentismo, si quiere ser transversal, necesita tocar la nevera, no la bandera.
"Conectaba porque hablaba de neveras. No hablaba de símbolos abstractos. Hablaba de llegar a fin de mes", recuerda un antiguo compañero de aquella etapa y exdiputado de Junts pel Sí.
También es el momento en que Rufián empieza a convertirse en un personaje mediático. Su "estreno público", en el sentido moderno, está en YouTube. La política entra en su vida como entra en la de muchos: a través del vídeo, del recorte, del comentario. No es casualidad que hoy sea un diputado viral en TikTok.
Rufián, en esa etapa, se gana apoyos dentro del independentismo. Se acerca a figuras con poder real. Se mueve. Aprende. Y, como tantos ascensos políticos, su carrera puede leerse también como una sucesión de alianzas, lealtades y traiciones percibidas.
La política es un lugar donde siempre alguien te acusa de haber "traicionado" algo: un mentor, un principio, un origen. Él ha jugado esa partida con frialdad. A veces con cinismo. Y casi siempre con la disciplina competitiva de quien no quiere volver al lugar del que salió.
Hay una némesis que atraviesa toda la biografía política de Rufián: la derecha nacionalista catalana de CiU primero y de Junts después. No sólo como adversario ideológico, sino como espejo incómodo.
Frente a la Cataluña de los apellidos ilustres, del despacho heredado y la sociabilidad cerrada, Rufián ha construido su personaje desde el margen: el "charnego" que entra en una tradición que no lo esperaba.
En privado, personas de su entorno reconocen que ese lugar pesa: que los apellidos españoles, el origen fuera del canon, la sensación de no pertenecer del todo, funcionan a la vez como motor y como herida.
En ese choque —el de la Cataluña de siempre frente a la Cataluña que llegó— se explica parte de su tono más agresivo contra Junts: no es sólo política, es ajuste de cuentas simbólico con una genealogía que no lo incluye.
Rufián escucha desde su escaño, medio oculto por la madera del hemiciclo. En el Congreso también se baila quieto: saber cuándo no moverse. Fernando Sánchez / EP.
El personaje
Hoy, en el Congreso, Rufián se construye como un personaje que mezcla barrio y cámara. Tiene algo de showman y algo de alumno que ha hecho los deberes. Puede soltar una frase filosófica barata y, dos segundos después, clavar un golpe político quirúrgico.
Puede sonar sentimental hablando del abuelo y, al día siguiente, ser despiadado con un adversario. Esa elasticidad —esa capacidad de pasar del relato íntimo al combate— es una de las razones por las que resulta útil para su partido.
También es una de las razones por las que irrita tanto. En un país donde el debate público se ha llenado de impostura emocional, Rufián es un personaje incómodo porque a veces parece genuino y a veces parece un actor perfecto. Nadie termina de saber dónde empieza uno y acaba el otro.
Quizá ni él mismo. En una entrevista en LaVanguardia se definió con una frase que funciona como lema: "Mi ideología es la decencia. Creo en la buena gente".
Lo dijo con 33 años, presentándose como candidato, hablando de su vida: pareja, hijo, estudios en Relaciones Laborales, cercanía a la teología de la liberación "aunque" sin Dios. Ese retrato mezcla moral y fragilidad, un cóctel muy eficaz para un político que necesita parecer humano sin parecer débil.
La paradoja de Rufián es que ha construido su fuerza sobre una mezcla de ternura y agresividad. La ternura está en el abuelo, en el hijo, en el barrio. La agresividad está en la forma de hablar, en la provocación, en el desprecio por lo que considera hipocresía. El resultado es un político que puede conmover y, acto seguido, humillar.
En una sesión plenaria de abril de 2023, Rufián interviene ante un hemiciclo casi vacío. El gesto se sostiene aunque falten ojos: el escenario no se apaga. Gabriel Luengas / EP.
En su mejor versión, esa mezcla produce una especie de orador moderno: alguien que sabe que la política ya no se hace solo con leyes sino con emociones, gestos y frases.
En su peor versión, produce un "matón verbal", como le definió un día Antonio Baños —de la CUP—, que disfruta demasiado del aplauso del propio bando. Y el problema de los políticos que aprenden a vivir del aplauso es que, tarde o temprano, necesitan subir el volumen para seguir sintiendo el mismo efecto.
En el otoño de 2017, en las horas más densas del procés, Rufián mostró su versión más áspera incluso hacia el propio bloque independentista. Cuando el Govern barajó la convocatoria de elecciones y la CUP estalló por haber quedado fuera de las reuniones clave en el Palau, el diputado de ERC lanzó desde Twitter uno de sus dardos más recordados.
Llamó a Carles Puigdemont "Judas" y escribió que estaba vendiendo la república por "155 monedas de plata". No fue solo un ataque al expresidente; fue un gesto de alineamiento con la calle más impaciente y, a la vez, una forma de señalar a los socios institucionales por dejar fuera a los 'cuperos' de la mesa donde se decidía el rumbo.
Aquel tuit fijó una imagen que le ha perseguido desde entonces: la del Rufián que no duda en romper el marco del respeto interno cuando cree que el relato se está desmoronando.
Gabriel Rufián: "Sin futbolistas catalanes ni vascos, quizás la selección española no ganaba ni a Senegal"Candidato en el paro
Hay una imagen que se repite cuando uno intenta explicar a Rufián a quien no lo sigue: la de un candidato que, en 2015, dijo sin anestesia: "En estos momentos estoy cobrando el paro".
Lo repitió con un tono casi de orgullo triste: "tuve que dejar mi trabajo para dedicarme a esto y he sido un mileurista precario, como la mayoría de jóvenes de mi generación".
La frase funcionó como gasolina: era demasiado perfecta para el fuego moral español. Porque en España se tolera casi todo menos que alguien te recuerde, con una sola línea, el agujero generacional de la precariedad.
"Creo que es importante, antes de entrar en política, haber estado puteado, porque entonces hablas desde el sufrimiento, el dolor y la memoria de la gente que representas"
Gabriel Rufián, entrevista en la Cadena SER el 14 de febrero de 2025.
Rufián, que sabe de símbolos, se metió en un lío: tuvo que rectificar, matizar, explicar que no "dejó" el trabajo como quien se va por voluntad poética, sino que lo echaron o que hubo incompatibilidades con su activismo.
El debate real era otro: la política, por primera vez, le mostraba su cara más áspera. Hasta entonces podía ser un agitador. A partir de ahí sería un personaje público sometido al interrogatorio constante.
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En su casa, el relato del origen siempre volvió a Jaén. Los abuelos llegaron a Cataluña como llegaron tantos otros: con una maleta corta y una idea larga de futuro. Del abuelo se recuerda una profesión que descoloca en la biografía de un independentista: guardia civil.
No hay épica ahí, solo oficio y supervivencia. En la memoria doméstica, la Guardia Civil no era una consigna sino un sueldo, una manera de sostener la mesa. Rufián creció con esa contradicción a la vista: el Estado no como abstracción, sino como uniforme colgado detrás de una puerta.
Esa mezcla —raíces andaluzas, oficio de guardia civil, barrio obrero catalán— le dio un acento propio al personaje. No encaja del todo en el canon del independentismo de linaje ni en la épica de despacho.
En su entorno dicen que ahí se explica parte de su incomodidad permanente: no pertenecer del todo a ningún relato cerrado, tener que inventarse un lugar en cada sala. El abuelo bailaba poco, hablaba poco. Rufián aprendió a hablar por los dos.
Rumor como poder
Hay otra dimensión, más difícil de contar y por eso más poderosa: la de la noche. Una fuente del círculo nacionalista catalán en Madrid, consultada para este perfil, lo menciona explícitamente: "Hay fiestas nocturnas de las que poca gente se atreve a hablar".
Esa frase —más insinuación que dato— dice mucho del ecosistema político madrileño, donde la frontera entre trabajo y vida privada se disuelve en bares, copas tardías y conversaciones a media voz.
La noche sirve para construir redes. Sirve para limar hostilidades. Sirve para intercambiar información sin dejar rastro. Y sirve, sobre todo, para que los personajes públicos fabriquen una reputación paralela: la del "tío que está", la del "tío que aguanta", la del "tío que cae bien".
Rufián, que entiende la política como un juego de relaciones, ha sabido moverse ahí. No se trata de moralizar. Se trata de describir un mecanismo: en Madrid, el poder no se ejerce solo en el pleno; se ejerce también en la barra y en los pasillos, en los chats, en los brindis que parecen inocentes.
"A Gabriel le encanta Madrid. Camina la ciudad, conoce sitios, se lleva bien con muchísima gente, no solo de izquierdas. Sabe qué quiere oír cada uno y qué puede ofrecer a cambio", relata la misma fuente.
Fuera del hemiciclo, con gafas de sol, Rufián ensaya la retirada del foco. En política, también se actúa al salir de escena. Eduardo Parra / EP.
En la capital, la noche funciona como un pasillo más del Congreso. Las relaciones se cuecen en bares que cierran tarde, en sobremesas que se alargan, en esa costumbre de la ciudad de mezclar trabajo, política y vida personal en el mismo vaso.
Rufián ha sabido leer esa idiosincrasia mejor que muchos diputados llegados de fuera: aquí la política se hace con presencia, con disponibilidad, con el cuerpo puesto en el sitio adecuado a la hora adecuada.
En Barcelona —dicen quienes lo conocen de antes— el circuito es más cerrado: la fiesta es en casas, los grupos son estancos, cuesta más entrar en las cocinas donde se decide el clima. En Madrid, en cambio, el clima se fabrica en la barra. Rufián entendió pronto que, en esta ciudad, el bar no es ocio: es infraestructura política.
De 'Santaco' a lo plurinacional
Mientras la izquierda alternativa al PSOE intenta rearmarse de cara a las generales, con un acto anunciado para el 21 de febrero en Madrid y un proceso de meses para definir marca, liderazgo y método, aparece la propuesta de Rufián: una "alianza plurinacional" capaz de frenar "el avance de la derecha y la ultraderecha".
La palabra "plurinacional" en España es como una cerilla cerca de gasolina. A unos les suena a modernidad. A otros, a amenaza. Rufián lo sabe. También sabe que, en la izquierda, las palabras son identidades. Y que, si consigues imponer el vocabulario, ya has ganado medio debate.
"Es inevitable que PP y VOX acaben gobernando este país si la izquierda no se define y no actúa con decisión. El PSOE tiene que dejar de abrazar a Junts o terminarán haciendo a Feijóo presidente"
Gabriel Rufián, debate en Televisión Española el 26 de enero de 2025.
Hay un momento especialmente revelador en sus declaraciones: "Hay dos maneras de detectar a un idiota: que hable de sí mismo en tercera persona y que se postule a sí mismo para algo". Es una frase con trampa, porque mientras dice que no se postula, se coloca en el centro del foco.
Es el arte de parecer modestia mientras dominas el escenario. El truco funciona porque la gente quiere creer que aún existen políticos que no desean el poder por el poder. Rufián juega con esa ilusión. Pero nadie aguanta diez años en el Congreso sin hambre. La ambición es parte del oficio. La cuestión es cómo se administra.
"Rufián es brillante para abrir conversaciones, no siempre para cerrarlas", apunta un dirigente de la izquierda estatal. "A veces tiene más intuición de escenario que proyecto político. Eso lo hace eficaz a corto plazo y frágil a largo".
Rufián espera a que empiece una reunión en el Congreso y mira de reojo el pasillo. Habla poco cuando no hay cámaras: prefiere escuchar, medir el clima, guardar munición para el momento del foco. Eduardo Parra / EP.
Rufián ha pasado de ser un recién llegado a convertirse en un diputado veterano. Eso implica algo que suele olvidarse: ha aprendido el oficio. El oficio de saber cuándo hablar, a quién atacar, cómo colocar una frase para que no te explote en la cara. Y también el oficio de convivir con tu propio personaje, que es quizá lo más difícil.
"En su etapa inicial era un discurso de izquierdas de barrio, casi anti-élite. Luego entra en la lógica del partido y aprende a medir el tono", explica un diputado actual cercano al catalán. "En este oficio no sobrevives siendo puro. Sobrevives siendo útil".
¿Quién ha ganado las elecciones catalanas en el pueblo de Gabriel Rufián? El dato que no esperabaBailar en el Congreso
Rufián ha convertido su entrada al Congreso en una coreografía propia: el paso seguro, la sonrisa medida, la frase afilada, la cámara. Es su baile.
Ha sobrevivido hasta aquí porque entiende el ritmo de la política contemporánea: rápido, emocional, contradictorio. Ha sobrevivido porque hizo del bar una extensión del poder y del Congreso una extensión del bar. Ha sobrevivido porque aprendió que el carisma se fabrica con cercanía y con amenaza, con ternura y con miedo.
"Es el mejor trabajo que he tenido nunca. Poder decir lo que quiero y plantar cara a quien quiero sin tener un jefe cabrón que me putee me parece espectacular. Además, todavía a día de hoy me levanto algún sábado pensando "hoy no curras" y eso es la hostia".
Gabriel Rufián, entrevista en El Mundo en agosto de 2025.
EL ESPAÑOL solicitó formalmente al equipo de comunicación de Gabriel Rufián una entrevista para la elaboración de esta semblanza. La primera petición, a comienzos de enero de este año, fue declinada. La segunda, remitida esta semana, no obtuvo respuesta.
La puerta de madera del Congreso se cierra detrás de él con un golpe seco. El pasillo recupera su ruido neutro. Rufián ya no está en escena. El personaje, en cambio, sigue bailando. Un San Valentín más.
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