Respecto a sus intereses personales y personalísimos, es un hecho incontestable que Pedro Sánchez ha acertado al asumir el papel de supuesta némesis europea de Donald Trump. Antes que nadie entendió que el trumpismo provoca en Occidente tanto rechazo -incluso entre la derecha liberal- como lo hace el sanchismo en una parte muy notable de la sociedad española, y que era una opción ganadora confrontar con La Casa Blanca, aunque el peso de España en el tablero geopolítico global sea el de una mosca.
Con todo, una prueba de su éxito propagandístico es que han proliferado los artículos en medios internacionales como The Economist, el Wall Street Journal o Time loando el supuesto contrapeso simbólico que ejerce España frente a EEUU. Al fin, el líder del PSOE ha logrado con su «no a la guerra» aquello por lo que ha estado maniobrando desde el inicio de su segundo mandato, y que no logró con el conflicto entre Israel y Hamas: que su agenda y perfil internacional borren del debate público español las miserias domésticas por la corrupción y la mala gestión del Gobierno, dejando al PP sin apenas argumentos.
Ábalos, Cerdán, Koldo... son ahora mismo fantasmas del pasado. Y el anti trumpismo ha opacado al anti sanchismo. El problema es que los réditos son suyos e inmediatos; la factura, de España y diferida.
Sin embargo, esta instrumentalización partidista de la crisis de Irán, que obliga a Sánchez mantener viva la confrontación con EEUU, y a endurecer sus gestos y desplantes -como el de cerrar el espacio aéreo a los aviones militares estadounidenses-, transformando su «no a la guerra» en Irán en su «sí a la guerra» a Trump, coloca a España en una situación delicada. Incluso de riesgo, ya que un probable fracaso norteamericano en Irán podría dar pie a que Trump, acorralado y herido en su orgullo de narciso, opte por vengarse utilizando a España -un actor menor- como chivo expiatorio en su campaña contra la pieza de caza que realmente codicia: la Unión Europea.
Mensajes como el del secretario de Estado, Marco Rubio, señalando a España como principal ejemplo de deslealtad de los antaño aliados europeos no son gratuitos. A EEUU le saldría muy barato castigar a España como advertencia a la UE. Junto a Groenlandia, España es uno de los países más citados negativamente por la Administración Trump.
Al querer Sánchez singularizarse de manera teatral de otros dirigentes europeos críticos con la intervención, como Starmer, Macron, Meloni o Merz, pero que han optado por ser más prudentes en sus declaraciones públicas, Sánchez expone a España a las iras de Trump y, además, vuelve a romper la unidad de acción de la UE en una materia tan sensible como su relación con Washington.
Esta voluntad de Sánchez cabalgar en solitario para gloria propia y réditos electorales se expresa también en la regularización masiva de inmigrantes. Una decisión que abre una brecha en la política de la UE, que trata de frenar los flujos migratorios. Otro ejemplo de como Sánchez está modificando de manera unilateral, y sin debate en el Congreso, la posición internacional de España hacia una suerte de país no alineado, más lejos de sus socios históricos, más cerca del Sur Global, y más vulnerable en el cambiante orden mundial.