El resultado catastrófico de la entrevista en la SER con la que Pedro Sánchez dio por inaugurado el curso político, tras un largo mes de asueto, con su tono frío e indiferente respecto a la grave situación de Ceuta, y en la que defendió el papel de Marruecos, eludió la autocrítica e insinuó ser incluso como una víctima política de la "crisis migratoria", obligó a La Moncloa a montarle, deprisa y corriendo para este miércoles, una nueva entrevista en TVE. Un territorio más amigable incluso que la cadena de PRISA en el que Sánchez ha podido presentarse como un presidente sin responsabilidades en los frentes que tiene abiertos el Gobierno -Ceuta, el amplio catálogo de corrupción, PISA-, entre espectador y damnificado, además de considerarse objeto de un brutal ataque de la "internacional ultraderechista", y de dejar claro que, a falta de concretar la fecha de las elecciones, ya ha entrado en campaña.
Una lógica electoral que explica que se muestre más preocupado por que el Tribunal Supremo avale con urgencia el derecho a voto a nietos y bisnietos argentinos de los exiliados españoles -cuando la mayoría de ellos nunca ha vivido en España-, alterando de manera significativa el censo electoral, que de la situación límite en la que está el pueblo ceutí, o que proclame que la "mejor de las Españas" fue la de la Segunda República.
Todo en el Gobierno ya es polarización y cálculo demoscópico. Cada una de sus palabras y acciones, agitando la división social y política entre la izquierda demócrata y el "bloque reaccionario" formado por el PP, Vox, los jueces y los medios de comunicación, sigue un guion electoral, en la que el enfrentamiento político y el cabreo ciudadano, por ejemplo con la actuación del Gobierno en Ceuta, Sánchez cree que le beneficia en las urnas.
Ahondar en la división de España en dos bloques irreconciliables -presentando las manifestaciones de apoyo a Ceuta como una campaña fascista- forma parte de una estrategia para movilizar el voto de izquierda, fidelizarlo a través de la crispación -una suerte de llamada a filas- y tenerlo cautivo en su candidatura, evitando el trasvase de votos de un bloque a otro. De esta manera, cualquier crítica o manifestación contra el Gobierno se convierte en una confirmación de ese clima de guerra civil híbrida con el que Sánchez quiere envolver las elecciones.
La mayoría de los sondeos, en los que el PSOE conserva su número de escaños y, por lo tanto, opciones de gobernar, le dan la razón al plan de Sánchez. También la configuración del escenario político internacional: en muchas de las democracias occidentales, la emergencia de los partidos populistas conseguirá que las elecciones vayan a dirimir exclusivamente el choque entre la nueva extrema izquierda -en la que el PSOE sanchista es un referente- y la nueva extrema derecha, borrando de la ecuación a los viejos partidos socialdemócratas, liberales y democratacristianos. Es el final de toda opción templada y basada en los viejos consensos.
Al equiparar al PP con Vox, y a la vez equiparar a estos dos partidos con Alternativa por Alemania, el lepenismo o con el trumpismo MAGA, el líder del PSOE está logrando, primero, que los populares se diluyan poco a poco en esa coalición de facto con los de Abascal, atrapando al PP en esta fórmula. Para, después, presentar las generales como un plebiscito entre esas "dos Españas" que desea la izquierda y en el que Sánchez, que ya ha despreciado públicamente la posibilidad de alternancia -una manera de decir que la democracia es él-, interpelará a los nacionalistas vascos, catalanes y gallegos bajo la dicotomía de avanzar de la mano hacia una España confederal -un nuevo Pacto de San Sebastián- o bien la involución centralista con un gobierno facha.
Desembarazarse de este tramposo corsé construido por Sánchez es el principal reto que tiene Alberto Núñez Feijóo para llegar a gobernar España.