- JAVIER AYUSO
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Tras los fracasos electorales en Extremadura y Aragón y el previsible batacazo en Castilla y León, el secretario general del PSOE ha intensificado su radicalización en busca de movilizar a sus bases.
Además de seguir citando al miedo a la llegada de la ultraderecha, ha aumentado de forma notable sus ataques al mundo empresarial y a los Estados Unidos. Debe pensar que esa es la mejor forma para animar a los votantes de izquierdas a acudir a las urnas, porque ha reconocido que últimamente se quedan en sus casas ante las convocatorias electorales.
Pedro Sánchez vive en una continua contradicción entre lo que debería hacer un presidente de un gobierno de la Unión Europea en un país que constitucionalmente defiende la libertad de mercado, y sus agobios para mantenerse en el poder, e incluso renovar un puesto para el que no cuenta con los apoyos suficientes. Desde hace meses, la factoría de contenidos de La Moncloa le viene proponiendo acciones e intervenciones públicas radicales que buscan ocultar su debilidad política en el Parlamento y el avance de los casos de corrupción en su gobierno, su partido y su familia.
El problema es que su última deriva le está alejando de las líneas generales que aprueban nuestros socios comunitarios. Sería más razonable alinearse con la política de Francia, Alemania, Reino Unido y de la propia Comisión Europea, que encabezar una línea unilateral (una palabra que le gusta mucho últimamente), sobre los grandes asuntos geoestratégicos.
El pasado sábado, mientras los principales líderes políticos europeos reunían a sus comités de crisis para analizar las consecuencias del ataque de Estados Unidos e Israel sobre Irán, Sánchez se puso el esmoquin y viajó a Barcelona en el Falcon oficial para darse un baño de multitudes con sus palmeros de la subvencionada industria del cine y recibir los piropos de Susan Sarandon. Antes de entrar a la gala realizó unas duras declaraciones contra los presidentes de Estados Unidos e Israel en las que insistió en la violación del derecho internacional. Repitió, en definitiva, el papel que había jugado cuando Donald Trump secuestró al dictador de Venezuela, Nicolás Maduro.
El presidente tiene razón en criticar los bombardeos sobre Irán (unas 1.200 bombas y misiles que han matado a más de 700 personas, en su gran mayoría civiles), pero si perteneces a un club como la Unión Europea, es más razonable buscar una declaración conjunta en Bruselas, que volver a ir por libre como ya hizo en Gaza, Venezuela o en las cumbres de la OTAN o la UE. La consecuencia es que cada vez cuentan menos con él cuando hay que tomar decisiones globales en Europa. Tampoco tiene mucho sentido retirar el permiso a Estados Unidos para utilizar la base de Rota para su apoyo militar a la ofensiva sobre el país de los ayatolás.
Por cierto, Sánchez ha criticado que Trump actúe sin pasar por su Congreso, cuando él mismo ocultó al Parlamento español y al propio jefe del Estado su cambio de postura sobre la autonomía del Sáhara Occidental respecto a Marruecos. Envió la carta al rey Mohamed (o firmó la que le enviaron desde Rabat), sin contar ni con el Rey ni con Las Cortes. En todas partes cuecen habas.
En paralelo a ese desmarque respecto a la política general europea, el líder socialista ha iniciado una ofensiva contra el sector empresarial, tanto nacional como internacional. No es una sorpresa su espíritu intervencionista, incluso colectivista, contra el sector privado, que le ha llevado a colonizar importantes multinacionales españolas. Pero ahora ha dado un paso más en su enfrentamiento con la patronal, a los que ha reclamado públicamente que dejen de criticar las decisiones del Gobierno, en concreto la última subida del Salario Mínimo Interprofesional, y que paguen más a sus trabajadores.
Pero quizá lo más llamativo han sido los ataques a las grandes compañías tecnológicas mundiales, la mayoría de ellas estadounidenses. En sus mítines electorales e incluso en intervenciones institucionales, ha llegado a calificar a estos empresarios como "tecnoligarcas". Algunos de ellos, como Bill Gates o Tim Cook, han sido agasajados por el propio Sánchez, e incluso han recibido importantes apoyos financieros del gobierno español.
Como casi siempre, los socialistas han sustituido al todo por la parte, y en su cruzada contra lo que consideran bulos por parte de la red social X, propiedad de Elon Musk, han incluido a todo el colectivo de empresarios de alta tecnología, a los que luego pretende cortejar para que inviertan en España. El colmo del disparate se produjo este fin de semana en la inauguración del Mobile World Congress en Barcelona, en donde Sánchez volvió a señalar a los "tecnoligarcas", que habían venido de todo el mundo al que se ha convertido en uno de los eventos tecnológicos más importantes del mundo.
¿Qué gana el presidente del Gobierno con esa radicalización? De entrada, su desmarque respecto a los grandes líderes europeos y sus ataques a las grandes compañías tecnológicas producen más daños que beneficios. A España, por supuesto, pero también al propio Pedro Sánchez que está perdiendo credibilidad e influencia en el mundo. Sus asesores deben pensar que, por lo menos, esa radicalidad le servirá para recuperar parte de los votos perdidos cuando se produzcan las próximas elecciones generales. Algo muy dudoso, porque los apoyos que pueda ganar por su izquierda, los perderá por el centro. No parece que sea una buena estrategia.
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