La cumbre de Barcelona de este sábado.
Editorial EL RUGIDO DEL LEÓN Sánchez hace lo que le conviene a él y lo contrario de lo que le conviene a España Publicada 20 abril 2026 01:28hLa política exterior de un Estado es (o debería ser) la expresión del interés nacional por antonomasia.
Sin embargo, Pedro Sánchez ha iniciado una mutación diplomática que responde exclusivamente a una lógica de supervivencia personal.
Y aunque sus movimientos sitúan a España en una posición de riesgo geopolítico inédito, el rédito electoral inmediato parece estar avalándole en su estrategia de resistencia.
Según el último sondeo de SocioMétrica para EL ESPAÑOL, Sánchez ha logrado frenar su caída. Por primera vez desde que estallaron los casos de corrupción que cercan a su entorno, el presidente ha vuelto al umbral de los 110 escaños, recortando distancias con el PP.
El motor de este rebote no es una mejora en la situación interna, sino únicamente el cultivo empecinado del frentismo internacional.
Sánchez ha encontrado en Donald Trump y en Benjamin Netanyahu los antagonistas perfectos para revivir su perfil de líder de la resistencia izquierdista. Y lo cierto es que ambos líderes están ejerciendo, al entrar al trapo de Sánchez con respuestas airadas, de tontos útiles de la coreografía de Moncloa.
La escalada en el enfrentamiento con la Administración Trump y la intensificación de su agresividad contra Israel no han sino acelerado un peligroso acercamiento a la órbita de China. Y este alineamiento con Pekín, que supone una alianza indirecta con la Rusia de Putin, genera una honda preocupación en Bruselas.
Las consecuencias para España prometen ser muy perjudiciales.
Washington ya parece haber empezado a tomar represalias: ha firmado un histórico acuerdo de defensa con Marruecos para la próxima década, convirtiendo a Rabat en su socio preferente en el Mediterráneo.
El rearme marroquí, bendecido por Trump, debilita nuestra posición estratégica en Ceuta y Melilla, y amenaza con dejarnos fuera del paraguas de seguridad estadounidense.
El alejamiento de la política exterior de nuestro país de la centralidad europea nos retrotrae a los tiempos preconstitucionales en los que España era una nación aislada que no podía codearse en pie de igualdad con las grandes democracias liberales, buscando refugio en bloques alternativos.
Por eso, resulta irónico que la cumbre hospedada por Sánchez este fin de semana en Barcelona llevara por lema "En Defensa de la Democracia", donde el protagonismo no lo han tenido precisamente los líderes de democracias consolidadas, sino figuras de la izquierda populista latinoamericana como Lula da Silva, Gustavo Petro o Claudia Sheinbaum.
No es de extrañar que María Corina Machado, entrevistada hoy por EL ESPAÑOL, se haya pronunciado sobre este viraje de Sánchez hacia el bloque iliberal, que vincula a España con el eje de los parias de Occidente.
La líder opositora venezolana ya se negó a reunirse con el presidente aduciendo un motivo cabal: "No se puede defender la democracia rodeado de quienes buscan excusas para impedirla en Venezuela".
En el marco de esta deriva diplomática, Sánchez se ha postulado de nuevo para liderar en la UE la iniciativa de tomar represalias contra Netanyahu.
Esta vez ha subido la apuesta, anunciando este domingo que promoverá que la UE rompa el Acuerdo de Asociación con Israel.
El hecho de que Sánchez haya pronunciado este anuncio desde un mitin para la precampaña andaluza, y que lo haga aun siendo consciente de que la iniciativa no prosperará ante la falta de consenso en Bruselas, bastan por sí solos para revelar el carácter puramente propagandístico de estos gestos internacionales.
El problema es que esos gestos, orientados a levantar un nuevo orden personal a costa de desmantelar el orden exterior de España, pueden resultarle rentables a Sánchez en las encuestas, y servirle para movilizar a su electorado frente al "enemigo exterior". Pero el precio que pagará el país en términos de seguridad, alianzas y prestigio puede ser inasumible a largo plazo.
Como viene siendo costumbre en esta trayectoria de intereses divergentes, una vez más, cuando Sánchez gana, España pierde.