La temporada de incendios en Australia fue especialmente cruel en el verano de 2019-2020. El conocido como «Verano negro» fue una catástrofe. En diciembre los incendios llevaban semanas arrasando el país: muertes, evacuaciones, pánico. Miles de bomberos y voluntarios combatían día y noche unas llamas que acabarían arrasando 24 millones de hectáreas. En mitad de aquello, el primer ministro, Scott Morrison, se fue de vacaciones. Cuando la presión para que regresara era ya insoportable, concedió desde Hawai una entrevista en la que trató de explicar por qué su ausencia no debía ser motivo de reproche, ni mucho menos de escándalo: «I don't hold a hose, mate». Algo así como «yo no llevo la manguera». En algo tenía razón. Nadie esperaba que el primer ministro apareciera en el bosque como un bombero más. Lo que se resistía a entender es que nadie le reprochaba que no estuviera apagando llamas en primera línea, sino que estuviera de vacaciones mientras su país ardía. La frase provocó escándalo, no porque faltara a la verdad, sino porque reflejaba una actitud: una negligencia se puede perdonar, pero la indiferencia es un problema de carácter.
En estos años, Pedro Sánchez nos ha regalado frases que también revelan su desorientación emocional ante la responsabilidad: «si necesitan más recursos, que los pidan», «son las cinco y no he comido» o su reciente reivindicación del derecho a descansar durante sus vacaciones. Anteayer, cuando una periodista le preguntó por los mil menores que seguían deambulando por las calles de Ceuta, respondió: «Eso, a Vivas, pregúntele». De nuevo un signo de desconexión. Sánchez se escuda en que la competencia sobre los menores no es del gobierno. No importa. La cuestión no es qué administración es competente, sino qué revela la respuesta del presidente.
Sánchez y su entorno están molestos con Juan Jesús Vivas, presidente de Ceuta. Basta escuchar a sus ministros o leer a sus periodistas de cámara para percatarse de que la estrategia es señalar a Vivas. El plan es torpe, pero no hay otro. En Moncloa están desconcertados viendo que un hombre como Vivas -73 años, carisma discreto y unos recursos comunicativos limitados- esté ganando el famoso relato a Mr. Handsome. Pero la razón es extraordinariamente sencilla: Vivas tiene algo que Sánchez no. A Vivas le importa Ceuta.
Esto no significa que tenga razón en todo -cuidar no significa acertar-, pero es evidente que Ceuta es su problema. Lo ocupa, lo inquieta, insiste. Su identificación con la ciudad precede a esta crisis y sobrevivirá a ella. Y esto es imposible combatir. El problema de Sánchez con los problemas de los españoles no es que no sepa gestionarlos, es que no parecen importarle. Y no siempre es capaz de disimular su indiferencia.
Cuando al ser preguntado por los menores responde con desprecio, «Eso, a Vivas», está mostrando algo difícil de fingir: una disposición. La frase es otra forma de decir «el dolor de esas personas no es cosa mía».
Sánchez pretendía señalar a Vivas, pero terminó concediéndole su principal ventaja. La frase casi se completaba sola: «Eso, a Vivas. Pregúntele». Sí, pregúntele a Vivas. Porque a Vivas le importa.