Como decía el inolvidable John Eliot, "nunca sabremos cual era la canción que cantaban las sirenas" y no iba a ser la películade Christopher Nolan la que nos lo desvelara.
Y eso, a pesar de la intensidad cinematográfica con que su Odisea describe detalladamente la fatídica navegación del Argos por el estrecho corredor que separa el agujero negro de Caribdis de la monstruosa Scila. Con Ulises amarrado al mástil y la tripulación tapándose los oídos con cera.
Sólo por esa escena merece la pena pasar tres horas en el cine, durante las que cualquiera que haya leído a cualquier edad la obra de Homero se dará cuenta de las múltiples omisiones y giros de guion que se ha permitido el director londinense.
Pero, así como la Historia está obligada a ceñirse a los hechos, la ficción, no digamos la basada en leyendas de hace más de tres mil años, deja todos los caminos de la imaginación abiertos.
Me remito a Borges (y no porque siga pensando en Zapatero): "Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término".
Ver La Odisea tras haberla leído o releído —he aquí mi recomendación para lo que resta de verano— multiplica esas "interpretaciones". Tanto para disfrutar de lo que Nolan ha incluido, como para echar de menos lo que ha dejado fuera, empezando por el "yo soy Nadie" con que Ulises engaña al cíclope.
Pero, sobre todo para comprender la candente y profunda vigencia de un relato cargado de símbolos contemporáneos. Basta fijarse en la cabeza del caballo de madera que emerge de la playa de Troya como si hubiera sido transportada por el Mediterráneo.
Es la metáfora del mar de las migraciones porque en su interior hay una patera de atemorizados asaltantes. Pero también es el símbolo de la argucia que da paso al engaño y a la vulneración del umbral de la ciudad. A la "violación de la integridad territorial", que dijo Sánchez.
El "temo a los griegos aun cuando traen regalos" con que Lacoonte advierte al rey Príamo, debería estar en la mente de todo gobernante español a la hora de tratar con nuestro vecino del sur.
¿O no está claro ya que los acuerdos, declaraciones y parabienes de 2022, cuando a cambio de nuestro bandazo sobre el Sahara, Marruecos se comprometió a vigilar la frontera exterior de Ceuta e impedir que se repitiera el asalto a la valla del año anterior, fueron el "caballo de Troya" —la "máquina engañosa" dice Ulises— que dejaron a la ciudad inerme y desprotegida ante la avalancha humana del 30 de julio?
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La coz de Melantio. Javier Muñoz.
Tirando de ese hilo, no queda sino juntar todos los ingredientes ignominiosos que hacen de la situación actual en Ceuta algo insoportable para cualquier demócrata que tenga como referencia la Constitución del 78. Los reporteros de EL ESPAÑOL los aportan in situ día a día.
A la desidia que ignoró los avisos, a la desidia que permitió la invasión, a la desidia que aceptó que se quedaran los que les diera la gana, a la desidia que sólo interpuso unas boyas de plástico como nuevo obstáculo, ha sucedido la desidia con que se gestionan los expedientes de expulsión, la desidia con la que se da por hecho que habrá que acoger a miles de menores y la desidia de las propias medidas temporales para aliviar la opresión que viven los ceutíes.
¿Desidia o algo más? Por supuesto, incompetencia que siempre es la cara B de la corrupción. Pero la trascendencia y gravedad de esta conformidad con la humillación y la derrota que va a suponer quedarse con ya veremos cuántos miles de esos invasores es de tal calado que solo es posible reducirlo a que tenemos al Gobierno más inepto de la democracia.
La conformidad del Ejecutivo con la humillación que va a suponer quedarse con miles de esos invasores, solo es posible reducirlo a que tenemos al Gobierno más inepto de la democracia.
Insisto, ¿desidia e incompetencia o algo más?
No puedo evitar que la peor de las hipótesis esté en mi cabeza desde que Óscar Puente aprovechó un episodio completamente nimio para lanzar una tarascada sin precedentes contra el rey Felipe.
Es un episodio que no puede amortizarse bajo rótulos como "majaderías del ministro halcón" o "sobre payasos y jabalíes", aludiendo a Ortega.
Porque, al margen de que Óscar Puente, sea o no un majadero, un halcón, un payaso y/o un jabalí, adquirió la condición de ministro porque Felipe VI, cumpliendo sus obligaciones fruto de la soberanía popular, impulsó y sancionó la formación del Gobierno al que pertenece.
Y fue ante Felipe VI ante quien ese ministro prometió por su "conciencia y honor" el fiel cumplimiento de las "obligaciones del cargo con lealtad al Rey".
Por supuesto que la "lealtad" no excluye la crítica. Pero existe una descomunal desproporción entre la imperturbabilidad de un Rey —que lo es "de todos los españoles"— al permitir que un comunicador ultra alimente su ego con una foto inane y la actividad frenética de un ministro al reiterar por tres veces su "indignación", acusarle de "cruzar una línea roja" y exigirle que algo así "no se vuelva a repetir".
Esa desproporción sí excluye la "lealtad".
En la forma y en el fondo. ¿Desde cuándo corresponde a un ministro, y menos a uno habitualmente arrimado a tan malas compañías, determinar con quién puede y con quién no puede fotografiarse el Rey?
¿Desde cuándo corresponde a un ministro, y menos a uno habitualmente arrimado a tan malas compañías, determinar con quién puede y con quién no puede fotografiarse el Rey?
Máxime cuando la literalidad de su retórica hace inevitable interpretar el lance —y es obvio que así lo ha pretendido Puente— como una respuesta al tirón de orejas de Felipe VI a Sánchez sobre Ceuta: "Es necesario evitar que estos hechos vuelvan a repetirse".
Si el ministro utilizó las mismas palabras del monarca, acompañadas de una declaración de "republicanismo", rimada con "socialismo" y de una referencia a la "utilidad" pretérita de la Monarquía, parece claro que, como mínimo, estaba mostrando al Rey una tarjeta de advertencia del género 'donde las dan, las toman'.
Que sepas que no te vamos a dejar pasar ni una. Que por muy Rey que seas, hagamos lo que hagamos, tú 'al chitón de las tarabillas'.
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Lo ocurrido tiene su correlato épico en una escena del canto XVII de La Odisea, cuando el regreso de Ulises a Ítaca pone a prueba a cada miembro de la villa y corte para separar a los fieles de los traidores.
A este segundo grupo corresponde el cabrero Melantio, muy vinculado a los pretendientes que llevan años aprovechando la ausencia de Ulisespara intentar casarse con Penélope y apoderarse del trono.
Los especialistas difieren en si Melantio reconoce o no al rey bajo su disfraz de mendigo, cuando se acerca al palacio acompañado de su leal porquero ciego. Es con este con el que se encara Melantio: "¿Adonde conduces a ese glotón, a ese mendigo importuno, a esa peste de los banquetes…?"
Según la traducción canónica de Luis Segalá, el cabrero pasó de las palabras a los hechos con un gesto cuya afilada crudeza sobrevive treinta siglos: "Acercándose a Ulises, le dio locamente una coz en la cadera, pero no le pudo arrojar del camino, sino que el héroe permaneció muy firme".
Nolan no incluye en la película el momento "loco" de "la coz en la cadera", pero en cambio amplía el protagonismo de Melantio cuando proporciona a los pretendientes las armas escondidas en el palacio, en plena refriega con Ulises.
Ha pasado de cocear al Rey a intentar liquidarle.
Su destacado papel en la trama usurpadora indica que Melantio no ataca a Ulises por convicción republicana, sino porque sabe lo que está en marcha y ha decidido servir a quien reparte el poder efectivo, en el convencimiento de que pronto no habrá otra legitimidad sino la suya.
No es difícil identificar a Penélope en su tejer y destejer con la dignidad del orden constitucional que da oportunidades a todos, pero no se casa políticamente con nadie.
Aunque aspiran a desposarla, lo que en realidad buscan los pretendientes es apropiarse para siempre del oikos —es decir de las personas y los bienes— de ese palacio de Ítaca que empezaron ocupando como huéspedes temporales.
Como si hubieran ganado —o perdido— unas elecciones y ya no quisieran marcharse nunca.
Sánchez se ha acostumbrado a vivir entre palacios, gestionando el caos y el vacío que él mismo ha creado. Se ha apoderado de la despensa y ya no está dispuesto a renunciar al banquete.
La personalidad de Sánchez es la suma de la de los dos principales contendientes por la mano de Penélope. Le conocemos lo suficiente como para darnos cuenta de que compendia la ambición desmedida de Antínoo que sólo busca "poder reinar sobre el pueblo de la bien construida Ítaca" y la astucia en la manipulación del relato de Eurímaco que atribuye a los otros la corrupción de la que es responsable y partícipe.
Si sus vacaciones han sido tan largas —ni que se hubiera ido a la San Sebastián de hace 120 años— ha sido probablemente por el miedo a que sean las últimas que pueda pasar en La Mareta.
Sánchez se ha acostumbrado a vivir entre palacios, gestionando el caos y el vacío que él mismo ha creado. Se ha apoderado de la despensa y ya no está dispuesto a renunciar al banquete.
Pero por doquier le llegan noticias del regreso de Ulises y del riesgo de que el poder pase a Telémaco —la analogía sería con el jefe de la oposición— y ha llegado a la conclusión de que sólo podrá impedirlo mediante la catarsis de un festín tumultuoso y sanguinario.
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Aunque la coz del cabrero Óscar Puente haya ido dirigida contra la persona física del jefe del Estado, en una democracia "el regreso de Ulises" es siempre la recurrencia del ejercicio de la soberanía popular a través de las urnas. El momento en que quien ha ocupado el poder debe ser medido, pesado y tasado por el cuerpo de la Nación tejido de vivencias y recuerdos.
Sánchez sabe que en condiciones atmosféricas normales no dará la talla, ni alcanzará el peso, ni pasará el examen. Necesita desatar una infernal tormenta para enmascararlo.
Cuantos más días se prolongue el martirio de Ceuta, mayores serán las posibilidades de que la indignación de los invadidos y la desesperación de los invasores allí bloqueados desencadene episodios indeseables. Y de que esos movimientos sísmicos vayan teniendo réplicas en toda España.
La destrucción de la ejemplar convivencia en esa admirable ciudad multicultural, española y europea, capitaneada por Juan Vivas, es el negocio que, como detonante de explosiones en cadena, buscan los profesionales de la polarización y el tensionamiento al límite.
Sí, eso es lo que buscan los portadores de la hybris: convertir a Ceuta en el "paciente cero" de una masiva infección viral.
Que cunda la exasperación entre los ciudadanos razonables y pacíficos cuando escuchen a los cantamañaneros, y pronto a la Séptima de Caballería, entonar el coro de la denuncia de la "xenofobia" de ese PP incapaz de acoger en sus comunidades a todas las niñas violadas o violables, deliberadamente dejadas atrás en Ceuta.
Que prenda la mecha de la reacción a un extremismo con otro, que los dos arrieros de Goya exhiban de nuevo sus garrotes y que la sociedad vaya a votar entre rayos y truenos, bajo un inmenso aguacero, con los plomos fundidos y el censo manipulado.
Nada mejor para eso que agujerear el paraguas común que nos cobija, hacer saltar el fusible que nos protege y destruir el cajo que mantiene encuadernadas las páginas del mejor libro que jamás hemos escrito juntos. Óscar Puente le ha dado la primera patada y vendrán más.
Tras lo ocurrido con el rey Juan Carlos, la gran década de estabilidad del reinado de Felipe VI con la participación clave de la reina Letizia y la inyección de moderna vitalidad de la princesa Leonor han supuesto el "retorno de Ulises" de la monarquía constitucional. La garantía de la continuidad de los valores que engendraron el milagro histórico de la Transición.
Y el Rey, nuestro rey constitucional, "permanece muy firme en el camino".
Las pulsiones sociológicas —lo dicen todos los sondeos— están ahí para la restauración de la concordia interior y de una política exterior acorde a nuestro lugar en el mundo. Para que la película termine igual de bien que la de Nolan, con Penélope augurando que "la civilización se levantará otra vez".
Pero Sánchez no está dispuesto a morir políticamente y si para sobrevivir percibe que necesita trastocar el orden constitucional no vacilará en intentarlo. Su banderín de enganche para reagrupar a todos los Melantios ambiciosos y sin escrúpulos, a todos los caudillos del separatismo cantonal que pululan a su alrededor es avanzar hacia una Tercera República en una Ítaca multinacional.
Destruir lo que hay para edificar sobre las ruinas un nuevo palacio hecho a su medida. El proyecto sólo se hará explícito cuando su consumación parezca inexorable. Entre tanto cualquiera que lo denuncie será tildado de fantasioso, pero la mutación constitucional seguirá su curso —decreto a decreto, coz a coz, trampa a trampa— hasta que una mañana encontremos el telar de Penélope hecho trizas.
Que nadie pueda decir que no ha sido alertado, aunque Nolan haya omitido —para mi el mayor de sus pecados— la advertencia de Zeus en el Canto Primero de La Odisea, cuando refunfuña delante de su hija Atenea porque "los hombres culpan a los dioses -o al destino- de lo que no es sino el fruto de su locura".
Esa será nuestra línea editorial de aquí a las elecciones: que nadie nos vuelva locos, que no nos volvamos locos al meter la papeleta en la urna.
Porque, como le dice Odiseo a uno de sus compañeros de viaje, "los dioses ayudan a quienes se ayudan a sí mismos".