«No se cómo estarán mis animales y estoy muy preocupado por ellos», dice Sebastián, un vecino de Bédar (Almería) desalojado a causa del incendio en el que han perdido la vida 12 personas mientras trataban de huir de las llamas. «De manera que, si no me llevan, estoy dispuesto a regresar a mi casa aunque sea a pie», avisa. Como cualquier otro día, Sebastián y su mujer estaban en su propiedad con sus animales -un gallo, tres gallinas, varios perros y otros tantos gatos- cuando comenzó el incendio. Podían verlo, olerlo y hasta sentir el crepitar de las llamas en la lejanía, aunque la realidad es que nunca pensaron que el fuego podría llegar hasta las mismas puertas de su vivienda.
Ellos, como muchos otros, tuvieron que ser evacuados cuando el fuego que comenzó en Los Gallardos el pasado jueves se aproximó demasiado a su casa. Salieron de casa a la carrera y con lo puesto, pero, a pesar de que intentaron protegerse del humo, no lo consiguieron. Estuvieron mucho tiempo respirando los gases tóxicos derivados de la combustión y tuvieron que ser trasladados hasta el hospital, donde pasaron la noche recuperándose de problemas respiratorios.
Precisamente para tratar de impedir el paso del monóxido de carbono en la vivienda, lo cerraron todo a cal y canto. «El humo es muy peligroso y puede ser muy dañino para los pulmones por eso cerré bien todo», precisa Sebastián.
Luego llegó el coche de los servicios de emergencias a evacuarlos y no tuvo tiempo de nada. Por eso algunos de sus animales se han quedado encerrados dentro de la casa. «Están atrapados, sin posibilidad de salir y sin apenas comida, pero, sobre todo, sin agua», relata a EL MUNDO. Esa es una de las cosas que más le preocupa.
Sebastián, ayer, con un voluntario, en el pabellón de la Garrucha (Almería), donde fue trasladado.Esther GómezHabla de ellos confiando en que se hayan salvado y convencido de que estarán bien, pero «casi no tienen agua», algo fundamental teniendo en cuenta el calor que provoca el fuego y las elevadas temperaturas. No ha dejado ni comida ni agua para sus gatos y sus perros, que «son como familia», no ha podido subir a ver como están, ni los de dentro ni los de fuera, y las gallinas tampoco disponen de alimento.
A media mañana de ayer, el puesto de mando desde el que se coordinan los trabajos de extinción del incendio autorizó el acceso a la zona afectada por el fuego a algunos vecinos de Bédar para que pudieran recoger algunas cosas, como medicinas y documentos de identificación, y atender a los animales. La entrada debía ser rápida y debían ir acompañados de voluntarios de Protección Civil o de miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, pero como el incendio seguía activo, hubo contraorden y lo prohibieron de nuevo, así que Sebastián no pudo regresar ayer. A última hora de anoche, la situación volvió a cambiar y se autorizó la vuelta de los primeros vecinos: unos 600 de 1.400 evacuados.
Durante las primeras horas, desde su parcela observaba en la distancia una gran columna de humo que oscurecía el cielo y veía cómo las llamas iban devorando cada palmo del monte, pero era como ver una noticia en el Telediario. En ese momento, recuerda, «no estaba preocupado. Alerta, sí, pero preocupado no».
El jueves el viento sopló con mucha fuerza en este municipio ubicado en las inmediaciones de la Sierra de Los Filabres, en el Levante almeriense. Lo hizo con rachas que superaban los 50 kilómetros por hora, llegando en algunos momentos a alcanzar picos de hasta 70 kilómetros por hora. Esto, unido a la falta de humedad y el calor intenso de los últimos días, permitieron al incendio avanzar con mucha rapidez y virulencia.
En un instante, el viento cambió de dirección drásticamente y Sebastián, que es de la zona y conoce bien su pueblo, se dio cuenta de que las llamas se dirigirán directamente hacia su propiedad. Llamó a emergencias, les explicó lo que estaba viendo y les facilitó su dirección. De pronto vio su casa rodeada por las llamas. Era como «una pequeña isla» en mitad de un enorme infierno de humo y fuego que arrasaba con todo a su paso.
Desde emergencias les indicaron que esperasen, que no se moviesen de la vivienda hasta que alguien se acercase hasta allí para recogerlos y que de ningún modo intentasen huir por su cuenta. Así que eso hicieron. Mientras esperaban, agarró una manguera y se dispuso a combatir el fuego con sus propios medios. Tenía que mantenerlo a raya hasta que alguien llegase a buscarlos y poder rescatarlos. «Traté de apagarlo con la manguera y, donde no llegaba, con cubos, pero el fuego avanzó rapidísimo», recuerda.
El vehículo de emergencias fue muy rápido y llegó hasta su ubicación en apenas cinco minutos. En ese tiempo el incendio siguió avanzando a toda velocidad y recorrió los 500 metros que lo separaban de la casa. Estos vecinos de Bédar se vieron en mitad del desastre rodeados por las llamas de un incendio 2.0 que es cualquier cosa menos sencillo de controlar.
Por su velocidad, intensidad e imprevisibilidad, el de Almería es uno de esos incendios que exceden la capacidad de control de los servicios de extinción. Constituyen un fenómeno que no es nuevo, pero su frecuencia está aumentando considerablemente a causa del abandono rural y la mala o a veces nula gestión de los montes. Y, al final, más allá del fuego, queda la incertidumbre de quienes lo han perdido todo o de quienes temen hacerlo.