Más tiempo juntos, conflictos con la familia política, problemas de intimidad o infidelidades pueden hacer aflorar durante las vacaciones problemas que permanecían ocultos el resto del año
Septiembre es el mes del año en el que se registra un mayor número de demandas de divorcio en España.GLOBE COMUNICACIÓN- J. F. BORRELL Madrid
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Septiembre no solo es el mes de la vuelta al colegio, al trabajo y a la rutina. Para muchas parejas también marca un punto de inflexión. Según los datos del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) citados por Psicomaster, es el mes del año en el que se registra un mayor número de demandas de divorcio en España. Después de semanas de vacaciones y convivencia intensiva, algunas relaciones regresan a la rutina con una decisión ya tomada: poner punto final a la vida en común.
Pero ¿qué sucede durante el verano para que una pareja que parecía estable termine planteándose la separación? Una de las claves está precisamente en aquello que, en principio, debería ser beneficioso para la relación: pasar más tiempo juntos. Durante el resto del año, el trabajo, los horarios, las obligaciones familiares y el cansancio permiten mantener cierta distancia y, en ocasiones, también aplazar conversaciones incómodas. Las vacaciones eliminan buena parte de esas barreras. Para las parejas que ya atraviesan una crisis, varias semanas de convivencia constante pueden convertirse en una prueba de fuego y llevarlas a tomar una decisión que llevaban meses, o incluso años, posponiendo.
Cuando desaparecen las excusas
El verano también puede poner frente al espejo algunos problemas de la relación. Es el caso de la vida sexual. Sin el estrés laboral, las prisas o el cansancio cotidiano como principales obstáculos, las vacaciones ofrecen más oportunidades para recuperar la intimidad. Sin embargo, ese tiempo extra también puede hacer más evidente una falta de deseo o de compatibilidad sexual que permanecía en segundo plano durante el resto del año.
Otro foco habitual de conflicto aparece cuando entra en escena la familia política. Compartir vacaciones con suegros, cuñados u otros familiares puede poner a prueba los límites de la pareja y provocar enfrentamientos por cuestiones aparentemente menores: dónde pasar unos días, cómo repartir el tiempo, qué decisiones tomar o hasta qué punto pueden intervenir los familiares en la relación.
A ello se suma un contexto social diferente al habitual. El ambiente relajado del verano, los viajes y una mayor vida social pueden multiplicar las oportunidades de conocer a otras personas. Algunos profesionales apuntan a que estas circunstancias pueden favorecer las infidelidades, que en determinados casos terminan precipitando una ruptura.
Una relación que exige más que enamorarse
Los expertos de Psicomaster relacionan también la evolución de las relaciones de pareja con los cambios experimentados por la sociedad en las últimas décadas. La menor tolerancia a determinadas situaciones, la búsqueda inmediata de satisfacción o una menor disposición a asumir el esfuerzo y el compromiso que exige una relación pueden contribuir al deterioro de la convivencia.
Sin embargo, hay además una explicación mucho más prosaica para el elevado número de divorcios registrados en septiembre: el calendario judicial. Durante agosto se reduce la actividad de los juzgados de familia, de modo que parte de las demandas pueden quedar pendientes y acumularse hasta septiembre. Por ello, el incremento de procedimientos en este mes no implica necesariamente que todas las rupturas se hayan decidido durante las vacaciones.
Cuatro claves para intentar salvar la relación
Ante las dificultades que pueden surgir durante este periodo de convivencia intensiva, Psicomaster recomienda trabajar algunos aspectos básicos de la relación. El primero es escuchar. Prestar atención a lo que siente y necesita la pareja puede ayudar a comprender mejor el origen de los conflictos y buscar soluciones. El segundo es mantener el contacto físico y el afecto, elementos que favorecen la cercanía y ayudan a reforzar el vínculo.
La tercera clave pasa por reconocer los propios errores. La capacidad para hacer autocrítica y pedir perdón cuando corresponde facilita la empatía y evita que los conflictos se conviertan en una lucha permanente por determinar quién tiene la razón. La cuarta es aprender a perdonar. Una relación duradera implica compartir espacios, decisiones y responsabilidades durante años, por lo que la paciencia y la capacidad para superar determinadas heridas resultan fundamentales.
Cuando estos recursos no son suficientes, la terapia de pareja puede ofrecer un espacio para analizar los problemas con ayuda profesional, identificar las áreas que no funcionan y buscar conjuntamente nuevas formas de relacionarse. Porque, en definitiva, septiembre quizá no sea tanto el mes en el que las parejas se separan como el momento en el que algunas descubren que los problemas que podían esquivar durante el año ya no pueden seguir esperando.
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