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«Ser gay durante el franquismo era una peregrinación por el silencio, la censura y la culpa»

«Ser gay durante el franquismo era una peregrinación por el silencio, la censura y la culpa»
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'Cuando los gais perdimos el miedo' narra una vida homosexual en lucha contra la dictadura y por las libertades

Jordi Petit e Isabel Alonso presentan 'Cuando los gais perdimos el miedo' este viernes en la Sociedad Económica de Amigos del País

«Ser gay durante el franquismo era una peregrinación por el silencio, la censura y la culpa»

'Cuando los gais perdimos el miedo' narra una vida homosexual en lucha contra la dictadura y por las libertades

Regala esta noticia Añádenos en Google La obra se ha construido a partir de entrevistas que pueden verse en Youtube. (SUR)

Cristina Vallejo

18/06/2026 a las 00:22h.

«Ahora que oímos de vez en cuando que vuelve aquello de que con Franco vivíamos mejor, es muy importante contar también cómo era la ... vida cotidiana. El franquismo era una dictadura militar nacional-católica y la represión que ejercía no era solamente política, sino que afectaba a todas las facetas de la vida. Así que es muy importante rescatar las memorias que incluyan la lucha política, pero también la cotidianidad, el deseo…». Son palabras de Isabel Alonso (Salamanca, 1953), historiadora, especialista en la recuperación de la memoria histórica y autora junto a Jordi Petit (Barcelona, 1954) de 'Cuando los gais perdimos el miedo' (Egales), una biografía de este último, luchador antifranquista y activista por los derechos LGTBIQ+, que se presenta mañana en la Sociedad Económica de Amigos del País a las siete de la tarde.

Sentía una gran soledad, porque hasta los quince años no tuvo un amigo o una amiga del alma, así que no podía compartir el que era su gran secreto. «Sufrí todo tipo de bullying y eso me creó una soledad en el ámbito afectivo que cubría un camarada que era un perrito, cuya ejecución, porque entró en un gallinero y mató a las gallinas, me supuso un trauma fuerte», rememora.

«Me agarré a la religión como vía de salvación, como una manera de insertarme en la normalidad, pero entré en un círculo vicioso en el que no veía salida»

Pasó fugazmente por el Opus Dei, que le sugirió la automortificación y el dolor físico para cambiar su voluntad y sus pensamientos y actos homosexuales: «Me trastornó bastante eso de infligirme daño para corregir lo que no era posible corregir: mi orientación sexual». «Seguí en ese marasmo, en esa confusión, en ese bucle, hasta que a los 16 años un sacerdote que también era psicólogo me puso al día del informe Kinsey o del estudio de Evelyn Hooker que llevaron después al cambio de posición de la Asociación Norteamericana de Psiquiatría que eliminó la homosexualidad de la lista de enfermedades», relata, reivindicando el papel de la ciencia y de las investigaciones que condujeron a la despatologización de su orientación sexual.

Con todo, pese a esa revelación, su juventud siguió estando marcada por la represión y en los guateques él se pedía ser el pinchadiscos para no tener que sacar a nadie a bailar y para evitar también que alguna chica se lo pidiera a él.

Antes luchador antifranquista que activista gay

Aunque el libro va más allá de la narración de su vida como gay en la dictadura de Franco. En esa reconstrucción de su historia se ven reflejados también los problemas de sus vecinas en Barcelona, que ellas tampoco seguramente disfrutaron del sexo en libertad porque el cuerpo era pecado, y, en general, la asfixiante atmósfera social que imponía el régimen. De hecho, él mismo, antes que activista gay, fue luchador antifranquista desde su militancia primero en las juventudes comunistas y después en el PSUC, lo que le llevó a pasar dos veces por la cárcel. Sólo tras la muerte de Franco se involucró en la lucha por los derechos del colectivo homosexual.

Los autores posan en el patio de la cárcel Modelo de Barcelona. (Gerard Rodríguez Arellano)

«Cuando empezamos a movernos como Frente de Liberación Gay de Cataluña tuvimos que hacer mucha pedagogía ante la sociedad y ante los partidos políticos que tenían aún ramalazos estalinistas»

No esconde que también entre los grupos que se oponían al régimen los gays tuvieron que trabajar mucho para que se les comprendiera: «No había una conciencia clara en la izquierda tradicional; quizás la había más en los partidos extraparlamentarios, como en la Liga Comunista Revolucionaria o en el Movimiento Comunista. Así que cuando empezamos a movernos como Frente de Liberación Gay de Cataluña tuvimos que hacer mucha pedagogía ante la sociedad y ante los partidos políticos que tenían todavía un ramalazo estalinista y consideraban que este tema, como sucedía también con el feminismo, no era prioritario, cuando no rechazable».

Toda esa labor fue dando sus frutos. Como recuerda Isabel Alonso, el asociacionismo, en combinación con los partidos políticos, consiguió que en 1978 la homosexualidad y la transexualidad quedaran fuera de la Ley de Peligrosidad Social que castigaba a cualquiera que cuestionara la moral impuesta en la época y en virtud de la que los homosexuales acababan en cárceles, sobre todo en las de Badajoz, Huelva y en la colonia penitenciaria agrícola de Tefia, en Fuerteventura. Para protegerse, el colectivo se veía obligado a tener «una vida, una subcultura, un lenguaje y unas formas de conexión discretas para evitar la represión policial». «Éramos lo peor, éramos la escoria y muchos padres y muchas madres decían que preferían un hijo muerto que un hijo homosexual. Y si ahora hay un problema con el 'bullying' en las escuelas, imaginad el que sufrimos en mi generación», lamenta Petit. Tras la muerte de Franco, en definitiva, tuvieron que convencer a la incipiente democracia de que ésta no podía ser considerada tal si gays y trans seguían en las cárceles o si sus asociaciones, como ocurría todavía en 1980, continuaban siendo ilegales.

El momento fue un proceso

La efervescencia de la Transición, las ganas de libertad, el estallido social, fue terreno abonado para sus reivindicaciones. La gran manifestación del 26 de junio de 1977 en Barcelona, duramente reprimida pero también portada de Le Monde, la fiesta en 1978 por el tercer aniversario del Frente de Liberación Gay de Cataluña, la sensibilidad creciente de los partidos políticos y la contribución de los medios de comunicación hicieron que poco a poco fuera cambiando el país. Porque ese 'Cuando los gais perdimos el miedo' del título no se refiere a un momento concreto, sino a un proceso, que en primera instancia acaba en 1980, cuando ya no se detenía a nadie por homosexual y cuando se legalizaron sus asociaciones. Aunque el hito clave para el colectivo fue la aprobación del matrimonio igualitario en 2005.

Existen grupos dentro del colectivo que opinan que el movimiento LGTBIQ+ está perdiendo su esencia política y que se está mercantilizando. Para rebatirlo, Isabel Alonso echa mano del filósofo francés Edgar Morin, recientemente fallecido: «Él, con su teoría del bucle, nos diría que se puede ser comercial y se puede ser militante; se puede ser festivo y se puede ser reivindicativo».

En la presentación en Málaga de este libro construido a partir de entrevistas en despacho y en escenarios en el exterior, en Barcelona, y que pueden verse en Youtube, participará también la investigadora Pilar Iglesias, conocida por sus estudios sobre el Patronato de Protección de la Mujer, que ejerce casi de enlace entre el movimiento LGTBI y el feminismo en un momento en que parece haber fricciones entre ambos, aunque Petit considere que son pequeñas y protagonizadas por sectores minoritarios. De hecho, Iglesias incide en que la obra de Petit y Alonso «hace tener presente todo el tiempo la máxima feminista de que lo personal es político, al entrelazar la historia personal de Jordi con la historia de la dictadura y la lucha contra la opresión».

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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