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Ser ministro de España hoy

Ser ministro de España hoy
Artículo Completo 488 palabras
Ser ministro de España hoy

Pedro Luis Gómez

Sábado, 28 de marzo 2026, 01:00

... una cierta altura intelectual, una trayectoria sólida y, sobre todo, una sensación de respeto institucional. El ministro representaba al Estado, no a sí mismo. Era alguien cuya palabra pesaba, dentro y fuera de nuestras fronteras. Hoy, sin embargo, esa percepción se ha diluido peligrosamente.

Casos como los de Óscar Puente (líder destacado en esta faceta), Yolanda Díaz o Ernest Urtasun reflejan, cada uno a su manera, esta transformación. No se trata de cuestionar únicamente sus ideas (legítimas en democracia), sino el modo en que ejercen la responsabilidad. El tono bronco, la superficialidad en ciertos debates o la falta de solvencia técnica en asuntos complejos proyectan una imagen de mediocridad que empobrece la institución que representan. El problema no es ideológico. Es institucional.

Cuando un ministro deja de transmitir solvencia, cuando su discurso parece improvisado o más propio de una tertulia que de un Consejo de Ministros, lo que se resiente no es solo su imagen personal, sino la credibilidad del propio Estado. Y esa es una factura que termina pagando toda la sociedad.

Sin embargo, no todo está perdido. Afortunadamente, aún quedan ejemplos (pocos en este Gobierno) que dignifican el cargo. La ministra de Defensa, Margarita Robles, representa esa otra forma de entender la política: discreta, rigurosa, institucional. Su trayectoria judicial y su manera de ejercer el cargo devuelven al ministerio el peso y el respeto que nunca debió perder. En la misma línea, el recién ascendido Carlos Cuerpo, con conocimiento técnico y una gestión alejada del ruido. Y ahí está la clave: el contraste. Entre quienes entienden la política como un altavoz personal y quienes la conciben como un servicio público. Entre quienes buscan el aplauso inmediato y quienes trabajan en silencio. Entre la mediocridad y la excelencia.

Ser ministro de España debería volver a ser lo que fue: un honor que obliga, una responsabilidad que exige y una posición que impone respeto. No un escenario para la banalidad ni un campo de batalla para el ego. Porque cuando el nivel baja en la cúspide, todo el edificio institucional se resiente. Y ya no hablemos del presidente... En fin, sinceramente, España -su historia, su democracia y sus ciudadanos- merece mucho más...

Feliz Semana Santa.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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