La última de verano
Serpientes de veranoSin vacío informativo ni días sin sobresaltos, están en peligro de extinción
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Regala esta noticia Añádenos en Google Lydia Lozano. (R. C.) 28/07/2026 Actualizado a las 00:15h.Echo de menos las serpientes. Las de verano, no las bichas. Esas, cuanto más lejos, mejor. No llego al extremo de María Teresa Campos, que ... se negó a entrar en el plató de 'Sálvame' porque Lydia Lozano llevaba un collar con forma de cobra, pero tampoco me hace ninguna ilusión cruzarme con una que esté vivita y coleando. Aunque eso es ahora, después de convertirme en una señora con tantos temores como canas. De pequeña era otra historia, que llegué a ponerme una boa constrictor sobre los hombros. A los trece años, lo único verdaderamente temible son los granos.
No solo de criaturas fantásticas ha vivido el periodismo veraniego: soy incapaz de enumerar la cantidad de titulares sobre rupturas inminentes, bodas secretas o noviazgos inesperados que han engordado la prensa del corazón en una época ya sobrealimentada, que el verano es temporada alta de avistamiento de celebridades. Ahí estaban, y siguen estando, los 'paparazzi', dispuestos a cazar a cualquier famosa en la playa de mala manera para vender una barriga hinchada por las cañas y los espetos como un embarazo sorpresa. Menos mal que una es anónima perdida: si me pillaran a mí, dirían que estoy de cinco meses.
Ahora, las serpientes de verano están en peligro de extinción. Ya no hay vacío informativo ni día sin sobresaltos; ya no faltan noticias porque sobran desgracias. Hoy aterriza un platillo volante sobre una plantación de tomates en Mazarrón y a la media hora está compitiendo con un escándalo político, con la última decisión que ha tomado Trump, con alguna declaración chiflada de Miguel Bosé o, lo que es peor aún, con incendios de una voracidad estremecedora. Y aquí no hay serpiente que valga, sino un dragón descomunal que echa fuego por la boca y todo lo arrasa.
Aquellas serpientes, que volvían a sus nidos a finales de agosto, eran grandes y largas, pero inofensivas. Probablemente por eso, porque les faltaba colmillo, no han sabido evolucionar para adaptarse al medio: a los vídeos hechos con IA, a los tuiteros de dedo fácil que calientan el ambiente, a los bulos y a los que se deciden a creerlos porque confirman sus prejuicios. Han sobrevivido las culebras, esas que zigzaguean por las redes, que reptan para colarse en la información e inocular un poco de veneno, no letal pero sí tóxico, lo suficiente como para emponzoñar la conversación pública.
Las víboras, por su parte, siguen gozando de una salud envidiable: Ayuso siendo Ayuso; ora vengadora castiza que blande la espada de la libertad madrileña, ora mártir perpetua de los agravios que le infligen desde Moncloa; Óscar Puente siendo Óscar Puente y echando dinamita a los pollos, que para qué va a cerrar una discusión con un petardo cuando puede provocar una explosión atómica. Uno y otra descubrieron, hace años, que el veneno da votos tanto en invierno como en verano. Las boas, al menos, tienen la decencia de estrangularte en silencio.
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