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Si no quieres que tus hijos sean imbéciles, tienes que regalarles libros peligrosos (libros para mayores)

Si no quieres que tus hijos sean imbéciles, tienes que regalarles libros peligrosos (libros para mayores)
Artículo Completo 1,436 palabras
Hay que saltar un poco. Uno tiene que ensancharse hacia lo que no entiende, hacia lo que no sabe, incluso hacia lo que no debe saber. Yo creo que así la vida es más grata.

Roald Dahl, un tocapelotas de guardia, un escritor fundamental para niños listos.

Columnas DESÓRDENES Si no quieres que tus hijos sean imbéciles, tienes que regalarles libros peligrosos (libros para mayores)

Hay que saltar un poco. Uno tiene que ensancharse hacia lo que no entiende, hacia lo que no sabe, incluso hacia lo que no debe saber. Yo creo que así la vida es más grata.

Publicada 6 enero 2026 13:11h

A mí los reyes magos me molan porque enseñan a los niños cosas importantes, cosas civilizatorias: de entrada, la movida epistolar, una actividad honorable, un género que nos diferencia de los hijos de puta.

Los encabezados formales, la escritura a mano, trabajosa, concienzuda…

Ordenar pensamientos. Persuadir. Nombrar los deseos (en particular, los inmateriales). Un poco de seducción temprana a hombres que no existen, que sólo imaginamos.

Eso es una cosa que yo no he dejado de hacer nunca. La sofística y la proyección forman parte de una vida intensa. Sin teatro, esto de vivir es prácticamente un informe policial.

Muera lo literal, viva lo figurado. Estoy segura de que algunos de los momentos más felices de mi vida contenían alguna capa de ficción. Bien porque los encontré en libros y películas, o bien porque los modifiqué psíquicamente yo, me los narré distinto, los miré como quise, ¡los esclavicé!

La realidad tiene mucho menos peso en mi vida que yo misma, claro. Susan Sontag decía que toda experiencia adictiva es siempre solitaria.

Susan Sontag y su hijo. Diane Arbus

Me parece bello que los críos se autoevalúen, que piensen en el bien y en el mal, en la propia ética, que hagan el ejercicio de mirarse desde fuera y ver si se caen bien, si les divierte ser protagonistas de su vida.

Y si no, que cambien cosas, que se dibujen distinto. Uno es guionista y hay que levantar ese cetro. Hay que fliparse un poco. El relato es un caballo loco. Mejor conseguir que te quiera.

Está bien que los chavales aprendan sobre el rito. Sobre la víspera. Sobre la espera. Sobre el chasco. Sobre que a veces la negociación es imposible. Me gusta todo de esta ficción mundial compartida, hasta su brutal desencanto. Cuando un día pillas el asunto y ves que los adultos son estafadores sin credibilidad ni ahora ni nunca y que tus padres mienten como sociópatas.

Adoro la ruptura de los pactos, de todas las mitologías. Hay que caer desde un piso alto para espabilarse, para enterarse de algo.

Estos últimos días pensaba en qué regalarles a los niños que amo o que planeo amar cuando estén alfabetizados (no estoy segura de conocer otro lenguaje del amor que no sea el de las palabras, no soy platónica, no adoro perros ni hombres mudos).

Soy impaciente y ellos, sólo bebés. Quiero que charlemos pronto.

Quiero contarles historias o mostrarles las que me hicieron perversa, es decir, más lista que un ratón.

Doy gracias a dios porque cuando crecí, allá en los noventa, no se estilaba esa memez censora y mojigata de dar a los niños sólo los libros recomendados para su edad.

Como si uno tuviese que ser definido por su año de nacimiento.

Como si uno tuviese algo que ver con todos los demás.

Es la muerte del individuo.

Un niño tiene derecho a muchas cosas, pero, sobre todo, a no ser un experimento permanentemente vigilado. Un niño tiene derecho a tener vida secreta.

Antes nadie fiscalizaba nuestras lecturas de muchachos porque se presuponía (equivocadamente) que la lectura era algo propio de buenos chicos, de chicos inofensivos. No se valoraba entonces que hubiese libros extraordinariamente peligrosos y niñas que no querían ser beatas, niñas con mirada turbia y pistolas en la mano como en Cría cuervos, de Saura.

Carlos Saura, durante el rodaje de 'Cría Cuervos' en 1975.

Yo tenía seis años y leía en el sofá como una diminuta obsesa, muerta de hambre, loca, tunante, excitada, tahúr de lo mío, y los mayores, ciegos, me observaban como a una santa y se decían entre sí "pero qué monada, qué niña más aplicada, es un encanto", y yo me reía en silencio sin alterar el gesto porque dentro de mí había de todo menos docilidad, había de todo menos pacificación.

Me acercaba a lo prohibido (a los sentimientos problemáticos, al humor negro, a los personajes ambivalentes, al universo de lo inquietante) pero en un formato adorable que me camuflaba. ¡Picasteis!

Mi mejor amigo en el mundo era Roald Dahl, un bromista trágico, un autor punk contra los pusilánimes, un escritor grotesco y brillante, un ser perteneciente a la conspiración mundial de los críos rebeldes, uno de los pocos, quizá, que nunca nos trató como a imbéciles.

Gracias por eso, gracias siempre.

Para no ser imbécil hay que leer a Roald Dahl, estoy segura, y hay que leer sus libros antes de sus edades recomendadas, primero Charlie y la fábrica de chocolate, luego Matilda, luego Las brujas (por orden de encantador envilecimiento, el último es el mejor), y hay que leer sobre todo lo que nos caiga en las manos, gozosamente, con cierta anarquía, con vicio, y pasar de Kika Súperbruja a Momo, la niña genial y descalza de Michael Ende que luchaba contra los hombres grises, y llegar a la noche derrapando en La historia interminable cuando sólo tienes ocho.

Me acuerdo de toda Gloria Fuertes, me acuerdo de El viaje fantástico de Bárbara, de Rosa Montero.

Me acuerdo de El verano de la sirena, de Mollie Hunter (y de la colección Barco de Vapor).

'Camila', de Madeleine L'Engle.

Me acuerdo de Camila, de Madeleine L'Engle, que me llenó de inteligencia y de pájaros negros.

¡Me acuerdo del primer libro de Harry Potter, de qué feliz me hizo, de cómo ensanchó el mundo, de cómo lo cambió todo hasta que crecí con el último de la saga en las manos!

Recuerdo La ladrona de libros, de Markus Zusak.

Me caen mejor los hermanos Grimm que mis propios hermanos.

Recuerdo qué útil fue que me rompieran un poco el corazón.

Recuerdo que después, con catorce, mi tía me regaló Malena es un nombre de tango, de Almudena Grandes, y me hice mujer de golpe. A veces pasan cosas así. Y son para siempre.

Juan José Millás. EFE.

Me dijo Juan José Millás (también leí El desorden de tu nombre y ahí descubrí, asombrada, que existía la masturbación, incluso la que otros te practican, algo mucho más llamativo) que "las versiones dulcificadas de los libros infantiles lo que hacen no sólo es mutilar el cuento, sino mutilar al lector, porque el cuento es un espejo en el que el lector ve sus lados buenos y sus lados malos, sus lados perversos y bondadosos, egoístas y solidarios, y si eliminas los lados oscuros. Es como mirarte al espejo y que no te devolviera entera, como si te quitara el brazo derecho", chasqueó.

"Así, tú acabarías creyendo que no tienes brazo derecho. Pues esto es lo mismo: sin el lado perverso, el lector no se ve reflejado en su totalidad y puede acabar creyendo que es todo bondad, y eso es lo realmente peligroso. Han intentado que nada inquietante aparezca en un cuento y acabaremos creyendo que no hay nada inquietante en la vida. Pero lo inquietante, aunque lo ocultes, existe, y sale por un lado o por otro. De hecho, si no eres capaz de reconocerlo, sale por los peores sitios y crea las peores patologías sociales".

Amén.

Hay que saltar un poco. Uno tiene que ensancharse hacia lo que no entiende, hacia lo que no sabe, incluso hacia lo que no debe saber. Yo creo que así la vida es más grata.

Felices reyes a ustedes y a sus hijos, o a ustedes y a los niños que amen. Y felices lecturas traviesas.

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