«Es el mejor ex presidente del Gobierno y el mejor socialista». Esta contundente alegría con la que el ministro Puente se refería en noviembre a Zapatero explica la magnitud del impacto que supone su imputación para el conjunto del socialismo español y especialmente para el sanchismo. No se entiende la trayectoria doméstica e internacional de Sánchez desde las generales de 2023 sin la mano de Zapatero, sus maniobras, intereses y contactos en España, Hispanoamérica y China. Su actividad con la empresa Análisis Relevante, por la que está investigado en la Audiencia Nacional, es solo una parte pequeña de su amplio radio de acción que le llevó de blanquear a dictaduras internacionales a blanquear capitales.
Junto a la dimensión histórica que conlleva la primera imputación de un presidente de España, ahondando en la sensación de colapso sistémico, la investigación judicial a Zapatero cierra el círculo que conecta el sanchismo primogénito de Ábalos, Koldo y Cerdán con el último sanchismo, que empieza con las elecciones generales de 2023, cuando Zapatero reaparece para desempeñar un papel determinante en la campaña electoral.
n un momento en el que los sondeos auguran la mayoría absoluta de Feijóo, Zapatero rompe el guión y moviliza a las bases socialistas presentando el sanchismo como un símbolo progresista de limpieza y dignidad frente a la «ultraderecha», la continuidad natural de un zapaterismo que -olvidada la crisis económica de 2010, el lío del Estatut y sus cambalaches con ETA- se presenta como el primero en combatir «la casta» del régimen del 78.
El propio Sánchez, un oportunista que aprovecha el factor ZP, reconoce en su libro 'Tierra firme' que «fue decisivo» para retener la mayoría de investidura: «Me llamó en los albores de la precampaña. Había ayudado al Gobierno de coalición en discrepancias no menores, como la de la Ley del Solo sí es sí. Yo había sentido su apoyo de forma inequívoca y en aquellos días me dijo que quería salir a la palestra y participar en los medios y en los mítines».
Aquella hábil maniobra del expresidente rehabilita su figura en el imaginario colectivo de la izquierda, con el «buenismo» como un valor moral, y le permite penetrar en la Moncloa para ejercer, sin la rendición de cuentas del cargo institucional o electo, una influencia determinante en la política interna de Sánchez en esta legislatura: tanto en la asunción por parte del sanchismo del proyecto de la «España plural» y plurinacional a través de una reforma confederal de la Constitución, eje vertebral de sus negociaciones con los independentistas catalanes; como influye en la apuesta geopolítica de Sánchez de liderar el Sur Global en Europa, rompiendo con EEUU, enfrentándose a Israel, marcando distancias con la UE y entregándose a China como socio prioritario y país no alineado bajo la coartada de la «multipolaridad».
En paralelo y acompasado a su función de lobista, Zapatero actúa de ministro de Exteriores en la sombra, de ideólogo plurinacional, y de negociador de urgencia a con Mas, Boye y Puigdemont de la investidura de Sánchez a cambio de la amnistía al prófugo de Waterlo. Pero también de que el PSOE asuma el relato independentista de que el 1-O fue la legítima expresión de un conflicto político entre dos realidades nacionales que deberá solucionarse algún día mediante un referéndum.
De alguna manera, Zapatero salva, reinventa y recoloca al sanchismo en 2023. A partir de ese momento, sin Zapatero no se entiende a Sánchez, igual que es inexplicable la imputación por corrupción de Zapatero sin su estrecha relación con el presidente.