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Sinner, rey solitario en París: Roland Garros, última pieza de su Career Grand Slam y romper una maldición de 50 años

Sinner, rey solitario en París: Roland Garros, última pieza de su Career Grand Slam y romper una maldición de 50 años
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El italiano acude al segundo Gran Slam de la temporada encadenando 29 victorias consecutivas. Sin Alcaraz, es claro favorito a ser campeón y conquistar el único grande que le queda y devolver a Italia a lo más alto en París tras el triunfo de Panatta en 1976. Más información: Las amenazas de los tenistas a Roland Garros por el reparto del dinero: boicot a la prensa a los 15 minutos o, incluso, el veto

Jannik Sinner, durante el Masters 1.000 de Roma. REUTERS

Tenis Sinner, rey solitario en París: Roland Garros, última pieza de su Career Grand Slam y romper una maldición de 50 años

El italiano acude al segundo Gran Slam de la temporada encadenando 29 victorias consecutivas. Sin Alcaraz, es claro favorito a ser campeón y conquistar el único grande que le queda y devolver a Italia a lo más alto en París tras el triunfo de Panatta en 1976.

Más información:Las amenazas de los tenistas a Roland Garros por el reparto del dinero: boicot a la prensa a los 15 minutos o, incluso, el veto

Publicada 25 mayo 2026 01:17h

El polvo de ladrillo de la Philippe Chatrier cruje de una manera distinta este año. Hay un silencio expectante en París, una tensión suspendida en el aire que envuelve a un solo hombre. Jannik Sinnercamina por los pasillos de Roland Garros no solo como el indiscutible número uno del mundo, sino como una fuerza de la naturaleza que amenaza con reescribir los anales del tenis.

A sus 24 años, el italiano llega al segundo grande de la temporada cargando un triple desafío que marearía a cualquier mortal: consolidar su dominio absoluto ante la ausencia de sus grandes rivales, completar el codiciado Career Grand Slam y romper una sequía nacional que cumple medio siglo de existencia. París ya no es un torneo más en el calendario; es su cita definitiva con la inmortalidad deportiva.

La narrativa del tenis masculino siempre se ha alimentado de los dualismos, de esas batallas encarnizadas que obligan a los colosos a mirar al otro lado de la red con una mezcla de respeto y temor. Sin embargo, en esta edición de Roland Garros, Sinner experimenta la extraña y vertiginosa sensación del rey solitario.

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La impactante baja de Carlos Alcaraz, apartado del torneo parisino fruto de una lesión en su muñeca derecha, ha privado al mundo del tenis del choque generacional más esperado del planeta, dejando al italiano en una posición de favoritismo casi tiránico.

Sinner ya no compite únicamente contra el resto del cuadro; compite contra las expectativas de la historia. Con una racha monstruosa de 29 victorias consecutivas en lo que va de esta temporada, el de San Cándido ha transformado el circuito de la ATP en su monólogo particular. Sin Alcaraz para plantarle cara y hacerle de contrapeso en los intercambios desde el fondo, el torneo se convierte en un reto puramente psicológico.

¿Cómo se gestiona la mente cuando los modelos estadísticos te otorgan más del 70% de probabilidades de alzar la copa antes de haber golpeado la primera pelota del debut? En el sudoeste de París, la soledad del número uno se medirá en cada juego.

Sinner sabe mejor que nadie que, en este escenario de monarquía absoluta, cualquier resultado que no sea morder el trofeo el próximo junio será catalogado de forma implacable como un fracaso estrepitoso.

A un paso de la gloria

Para Jannik Sinner, la Copa de los Mosqueteros es mucho más que un trofeo de plata brillante; es la última pieza que le falta para completar un rompecabezas perfecto que muy pocos elegidos logran armar.

Tras desatar su tormenta en el circuito con sus títulos en el Open de Australia, la consagración sobre la mítica hierba de Wimbledon y la posterior conquista del cemento de Nueva York en el US Open, la arcilla de París se erige como su frontera final.

Completar el Career Grand Slam (ganar los cuatro grandes) a los 24 años lo situaría de golpe en un Olimpo al que leyendas de la talla de Roger Federer o Novak Djokovic tardaron muchísimos más años, viajes y frustraciones en acceder.

Jannik Sinner besa el trofeo de campeón del Masters 1.000 de Roma. REUTERS

Lo verdaderamente fascinante de este asalto al trono parisino es la brutal metamorfosis táctica que Sinner ha operado sobre la superficie más lenta del circuito. Señalado en sus inicios como un jugador unidimensional, letal únicamente en pistas rápidas y condiciones de bajo bote, el italiano ha descifrado por completo el código de la tierra batida.

Su histórica conquista del Sunshine Double (Indian Wells y Miami) a principios de año no fue más que el prólogo de una primavera de arcilla perfecta, donde encadenó de forma consecutiva las coronas de Montecarlo, Madrid y Roma.

Sinner ya no patina con dudas sobre el polvo de ladrillo; ahora lo domina. Ha adaptado sus deslizamientos kilométricos, ha dotado de una paciencia infinita a sus peloteos y ha aprendido a imprimirle un peso insoportable a su derecha, convirtiendo la lentitud de la tierra en el escenario ideal para su juego de demolición controlada.

50 años sin conquistar París

Pero la presión que se acumula sobre los hombros del pelirrojo no solo proviene del presente o de sus rivales contemporáneos; viene directamente del pasado, de una deuda histórica que ha comenzado a asfixiar al tenis italiano.

Hay que remontarse exactamente a 1976 para encontrar al último hombre transalpino capaz de reinar en el cuadro individual masculino de Roland Garros. Aquel año, el magnético y bohemio Adriano Panatta levantó el trofeo tras derrotar en una batalla de leyenda al mismísimo Björn Borg.

50 años después, en este aniversario que celebra las bodas de oro de aquella hazaña, el destino parece haber redactado una profecía que solo Sinner está capacitado para cumplir.

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Adriano Panatta era el tenis de los años 70 en estado puro: pasional, estético, un jugador de pálpitos e instintos que celebraba la vida tanto dentro como fuera de la pista. Jannik Sinner, por el contrario, es el prototipo del atleta del siglo XXI: una máquina física milimétrica, un monje de la concentración absoluta y un estratega gélido que apenas regala una emoción al tendido.

Sin embargo, toda Italia ha depositado en esta versión pragmática y pluscuamperfecta de Sinner las esperanzas de sepultar medio siglo de sequía, complejos y oportunidades perdidas en el barro. El peso de una nación entera viaja en el cordaje de su raqueta.

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