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Está de moda «tener experiencias». Ya muchos no regalan objetos –un libro, un perfume, un anillo, un ramo de flores– sino experiencias: una noche en un glamping, un relajante baño de hielo, una cena en la góndola de un teleférico. Cierta gastronomía también se ... vende desde hace unos años como una vivencia única, original, incluso con aura espiritual. Los nombres y las descripciones de los platos y sus procesos son, en muchos restaurantes, casi obras literarias. O seudo literarias.
Pero hay algo más: las «experiencias» van acompañadas de justificaciones que supuestamente las enaltecen. Leo, estupefacta, una entrevista a un joven y próspero cocinero –de los que ocupan la página entera que antes le dedicaba la prensa a algún escritor o filósofo– y lo primero que encuentro son frases que ya nos resultan tan familiares como manidas: «La trazabilidad de la crianza», «el carácter de los productos» o «una cocina mestiza y atenta a su territorio». No falta, por supuesto, la palabra «sostenibilidad». Pero a ellas se añade un lenguaje que sublima y mitifica la experiencia culinaria.
La entrevista es larga, y evidentemente fue contestada por escrito, y podría abundar en ejemplos, pero reprimiré ese impulso y solo pondré unos pocos: el restaurante «es fruto de un impulso vital por compartir un lenguaje»; la comida «es abierta (…) y al mismo tiempo es espontánea»; el horno «habla de unión, y con su calor envolvente transforma el alimento en celebración»; y «cada producto refleja una historia campesina…»; el fuego «es sagrado»; y por supuesto, la experiencia «crea escenarios».
Quizá –y me perdonan los cocineros menos retóricos– he escogido un ejemplo extremo, pero puedo jurar que he leído, cada tanto, cosas semejantes. Y lo mismo en la moda. La inefable IA describe, como cualquier joven diseñador que se siente obligado a que su producto sea moralmente bueno, lo que es moda sostenible o 'slow fashion': «Un enfoque ético de producción y consumo textil que busca minimizar el impacto ambiental y garantizar condiciones laborales justas. Se centra en el uso de materiales ecológicos (reciclados, orgánicos), la reducción de residuos, la durabilidad de las prendas y la transparencia en toda la cadena de suministro». No veo nada malo en eso, pero, ¿les da vergüenza hablar solo de placer, belleza o comodidad?
Nathalie Olah en su magnífico libro 'Mal gusto', donde con humor y agudeza examina gusto y consumo, va más allá, y habla de cómo la industria se ha contagiado de ese afán moral cuando revive métodos caseros y anticuados con el lema de «vuelve a lo natural» o «consume lo sano», pero a precios altos y como señal de status. Habla también del «el consumismo de la austeridad» que entraña un juicio de valor sobre las personas que los consumen, y establece «una conexión tácita entre experiencia, dificultades autoimpuestas y austeridad, virtud moral y fe». «Un ascetismo dañino que enmascara (…) prejuicios sobre el peso y la clase…».
El tema es mucho más amplio y divertido. Lean a Olah, que es ácida, lúcida y polémica.
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