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Sudar a chorros no significa entrenar mejor. Los fisiólogos tienen una mala noticia para el mito del verano: “prepárate para ir más despacio”

Sudar a chorros no significa entrenar mejor. Los fisiólogos tienen una mala noticia para el mito del verano: “prepárate para ir más despacio”
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En los Juegos Olímpicos de 1904, los organizadores quisieron demostrar que beber poca agua mejoraba el rendimiento. Lo que hicieron fue diseñar un maratón con apenas un punto oficial de hidratación bajo 32 grados. El experimento acabó con corredores colapsando, alucinaciones y uno de los ganadores cruzando la meta prácticamente sostenido. Más de un siglo después, el calor sigue recordando la misma lección: sudar no es fuerza, es supervivencia. El gran mito del verano. Cada verano vuelve la misma imagen: corredores empapados, camisetas pegadas al cuerpo y la sensación de que cuanto más sudas, más estás aprovechando el entrenamiento. Ocurre que la fisiología dice otra cosa. Sudar mucho no es una medalla ni una medida exacta del esfuerzo.  En el New York Times la fisióloga Mindy Millard-Stafford lo resume con claridad: “No puedes comparar la tasa de sudor de una persona con la de otra y decir que esa persona ha trabajado más duro”. La cantidad de sudor tiene más que ver con genética, ambiente y adaptación que con rendimiento puro. La mala noticia para el mito veraniego es simple: acabar chorreando no significa entrenar mejor. El sudor es supervivencia, no rendimiento. Lo primero que hay que entender es qué hace realmente el sudor. El médico deportivo Michael Fredericson recordaba que “es la forma que tiene el cuerpo de mantener la temperatura bajo control”.  No es energía extra saliendo del cuerpo ni una señal de quema superior de calorías. Es un mecanismo de emergencia térmica. Cuando el calor aprieta o el ejercicio sube de intensidad, el cerebro activa las glándulas sudoríparas para enfriar la máquina. Lo que parece una señal de potencia es, en realidad, una señal de regulación. No todos sudan igual. Aquí está una de las claves que desmonta muchas comparaciones. Dos personas pueden hacer exactamente el mismo entrenamiento y terminar en estados radicalmente distintos. A este respuecto, Fredericson insistía en el medio: “Incluso entre atletas serios, no hay dos personas que suden igual”.  La humedad, el viento, el sol, la ropa y hasta la concentración de sal cambian por completo la ecuación. Puedes sudar más en una clase cerrada y húmeda que en una salida dura al aire libre, y eso no significa que el esfuerzo haya sido mayor. Significa que el entorno te está exigiendo refrigerarte más. La adaptación también cambia el cuerpo. El cuerpo aprende. Quien entrena de forma constante con calor empieza a sudar antes, más repartido y de forma más eficiente. El fisiólogo W. Larry Kenney explica que con la aclimatación las glándulas producen un sudor más diluido y que evapora mejor.  Dicho de otra forma, eso significa que un deportista adaptado puede parecer que suda más, pero en realidad está funcionando mejor. El sudor, por tanto, no solo no mide intensidad: a veces mide experiencia biológica. El punto donde el cuerpo empieza a pagar. El problema empieza cuando esa refrigeración cuesta demasiado. Con calor intenso se puede perder más de un litro de líquido por hora y, en sesiones largas, entre un 2% y un 6% del peso corporal.  Ese 2% es un umbral importante, porque ahí empiezan a caer tanto el rendimiento físico como la capacidad cognitiva. Ya no es solo cansancio; es peor toma de decisiones, menos coordinación y más riesgo cardiovascular. El sudor deja de ser un aliado y empieza a convertirse en factura.  En Xataka Caminar se ha convertido en el ejercicio estrella de los mayores de 55 años. Obtener sus beneficios requiere de algo más La métrica que importa de verdad. Si el sudor no sirve para medir intensidad, hay que mirar otra cosa: la frecuencia cardíaca. El cardiólogo deportivo Sean Swearingen recuerda que es un indicador mucho más fiable y que, con calor, se dispara antes. La recomendación es sencilla pero claramente incómoda: mantener pulsaciones habituales, aunque eso obligue a bajar ritmo o recortar distancia.  De hecho, es ahí cuando llega la frase que lo condensa todo. Millard-Stafford lo cuenta sin rodeos: “Deja el ego en la puerta y prepárate para empezar más despacio”. Posiblemente esa sea la verdadera lección del verano: entrenar mejor muchas veces significa aceptar que hay días en los que ir más lento es exactamente lo correcto. Imagen | Wikimedia, NARA En Xataka | Los expertos en longevidad lo tienen claro: "120 minutos de fuerza a la semana están asociados con una mortalidad más baja" En Xataka | Los entrenadores coinciden: "Ni trotar ni caminar rápido, basta hacer un paseo de abuelo cinco días a la semana para quemar 78.000 calorías al año" - La noticia Sudar a chorros no significa entrenar mejor. Los fisiólogos tienen una mala noticia para el mito del verano: “prepárate para ir más despacio” fue publicada originalmente en Xataka por Miguel Jorge .
Sudar a chorros no significa entrenar mejor. Los fisiólogos tienen una mala noticia para el mito del verano: “prepárate para ir más despacio”

Si el sudor no sirve para medir intensidad, hay que mirar otra cosa: la frecuencia cardíaca

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Miguel Jorge

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En los Juegos Olímpicos de 1904, los organizadores quisieron demostrar que beber poca agua mejoraba el rendimiento. Lo que hicieron fue diseñar un maratón con apenas un punto oficial de hidratación bajo 32 grados. El experimento acabó con corredores colapsando, alucinaciones y uno de los ganadores cruzando la meta prácticamente sostenido. Más de un siglo después, el calor sigue recordando la misma lección: sudar no es fuerza, es supervivencia.

El gran mito del verano. Cada verano vuelve la misma imagen: corredores empapados, camisetas pegadas al cuerpo y la sensación de que cuanto más sudas, más estás aprovechando el entrenamiento. Ocurre que la fisiología dice otra cosa. Sudar mucho no es una medalla ni una medida exacta del esfuerzo. 

En el New York Times la fisióloga Mindy Millard-Stafford lo resume con claridad: “No puedes comparar la tasa de sudor de una persona con la de otra y decir que esa persona ha trabajado más duro”. La cantidad de sudor tiene más que ver con genética, ambiente y adaptación que con rendimiento puro. La mala noticia para el mito veraniego es simple: acabar chorreando no significa entrenar mejor.

El sudor es supervivencia, no rendimiento. Lo primero que hay que entender es qué hace realmente el sudor. El médico deportivo Michael Fredericson recordaba que “es la forma que tiene el cuerpo de mantener la temperatura bajo control”. 

No es energía extra saliendo del cuerpo ni una señal de quema superior de calorías. Es un mecanismo de emergencia térmica. Cuando el calor aprieta o el ejercicio sube de intensidad, el cerebro activa las glándulas sudoríparas para enfriar la máquina. Lo que parece una señal de potencia es, en realidad, una señal de regulación.

No todos sudan igual. Aquí está una de las claves que desmonta muchas comparaciones. Dos personas pueden hacer exactamente el mismo entrenamiento y terminar en estados radicalmente distintos. A este respuecto, Fredericson insistía en el medio: “Incluso entre atletas serios, no hay dos personas que suden igual”. 

La humedad, el viento, el sol, la ropa y hasta la concentración de sal cambian por completo la ecuación. Puedes sudar más en una clase cerrada y húmeda que en una salida dura al aire libre, y eso no significa que el esfuerzo haya sido mayor. Significa que el entorno te está exigiendo refrigerarte más.

La adaptación también cambia el cuerpo. El cuerpo aprende. Quien entrena de forma constante con calor empieza a sudar antes, más repartido y de forma más eficiente. El fisiólogo W. Larry Kenney explica que con la aclimatación las glándulas producen un sudor más diluido y que evapora mejor. 

Dicho de otra forma, eso significa que un deportista adaptado puede parecer que suda más, pero en realidad está funcionando mejor. El sudor, por tanto, no solo no mide intensidad: a veces mide experiencia biológica.

El punto donde el cuerpo empieza a pagar. El problema empieza cuando esa refrigeración cuesta demasiado. Con calor intenso se puede perder más de un litro de líquido por hora y, en sesiones largas, entre un 2% y un 6% del peso corporal. 

Ese 2% es un umbral importante, porque ahí empiezan a caer tanto el rendimiento físico como la capacidad cognitiva. Ya no es solo cansancio; es peor toma de decisiones, menos coordinación y más riesgo cardiovascular. El sudor deja de ser un aliado y empieza a convertirse en factura. 

En XatakaCaminar se ha convertido en el ejercicio estrella de los mayores de 55 años. Obtener sus beneficios requiere de algo más

La métrica que importa de verdad. Si el sudor no sirve para medir intensidad, hay que mirar otra cosa: la frecuencia cardíaca. El cardiólogo deportivo Sean Swearingen recuerda que es un indicador mucho más fiable y que, con calor, se dispara antes. La recomendación es sencilla pero claramente incómoda: mantener pulsaciones habituales, aunque eso obligue a bajar ritmo o recortar distancia. 

De hecho, es ahí cuando llega la frase que lo condensa todo. Millard-Stafford lo cuenta sin rodeos: Deja el ego en la puerta y prepárate para empezar más despacio”. Posiblemente esa sea la verdadera lección del verano: entrenar mejor muchas veces significa aceptar que hay días en los que ir más lento es exactamente lo correcto.

Imagen | Wikimedia, NARA

En Xataka | Los expertos en longevidad lo tienen claro: "120 minutos de fuerza a la semana están asociados con una mortalidad más baja"

En Xataka | Los entrenadores coinciden: "Ni trotar ni caminar rápido, basta hacer un paseo de abuelo cinco días a la semana para quemar 78.000 calorías al año"

Fuente original: Leer en Xataka
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