Pasar por una alfombra roja es una experiencia aburrida e incómoda. Llegas al evento, das tu nombre, no lo encuentran, lo vuelves a dar, ahora sí, haces cola, le ves el cogote a un actor de 'La que se avecina' durante quince minutos, te ... hacen fotos, pasas al lugar donde se hacen entrevistas, por supuesto nadie te quiere entrevistar, y pasas a la proyección, al sarao o a lo que sea que hayas ido.
Luego, con suerte, algún fotógrafo amigo te pasa la foto o te etiqueta, mientras el resto imagino que la borrarán para dejar espacio para la gente conocida de verdad en su tarjeta SD. Vamos, a no ser que me vea guapo ese día y tenga la vanidad subida, si voy a un estreno suelo ir directamente a por palomitas y a sentarme.
Digo esto, porque últimamente se ha discutido mucho sobre las alfombras rojas del cine español, sobre quién debería estar, sobre si deberían invitarse 'influencers' a los Goya o no. El debate me parece lícito, pero antes hagamos todos un pacto y acordemos que si a alguien le gusta participar en alfombras tiene, poniéndolo así agradable, una personalidad clara.
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No hablo de la promoción de una película o una serie de la que uno esté orgulloso, que, por supuesto, es emocionante, sino más bien de ese 'canaperismo' crónico, esa forma de ser de alguna gente a la que le gusta ir a todo lo que le invitan, sea el estreno de 'Torrente Presidente', sea una presentación de un libro en Malasaña, sea una obra de ballet (me encanta el ballet, que no está la cosa para hacer bromas del ballet ahora).
Es tan insoportable pasear por una alfombra roja, que a medida que uno alcanza mayor fama, se le reduce esa experiencia al mínimo. Ni Lolalolita ni Tom Cruise esperan cola, tampoco tienen que hacer entrevistas (o si las hacen, suelen estar previamente pactadas) y, habitualmente, se empieza el pase cuando llegan a su asiento. Hace unos meses, en el preestreno de la peli de Bruce Springsteen en Madrid, el photocall estaba situado en la azotea de los cines Callao, pero no se podía usar el ascensor porque estaba a punto de llegar Jeremy Allen White. Los famosos tenían que esperar o ¡subir por las escaleras! Un día duro.
Dicho esto, ¿de qué hablamos cuando hablamos de las alfombras rojas? ¿De exposición o de reconocimiento? Si es la segunda, si el debate es si debería ofrecerse visibilidad a los que han trabajado en un proyecto, la respuesta es: por supuesto. Pero esta controversia es estéril, porque ya ocurre. Los Goya convocan en su alfombra a todas las personas nominadas, sean directores de montaje, responsables de efectos especiales o intérpretes.
En el Festival de Málaga, que también tiene una pasarela repleta de expectación, se mete en esa moqueta hasta el apuntador, solo con preguntar un poco y meterle algo de morro. Porque esa es otra, a veces hay que preguntar, y no pasa nada. Se envía un email o un WhatsApp al productor o al director o a quien conozcas y no me suena ningún caso de bloqueo ante una ilusión genuina (otra cosa es en las fiestas privadas que haga Netflix, pero si necesitas que te explique por qué no vas a eso, tu problema es otro).
Lo interesante de todo esto, la locura, la estafa piramidal de la que nadie está hablando, es que en realidad no está probado que la presencia de absolutamente nadie genere espectadores en las salas. Cuando un 'influencer' cobra por ir a un evento, la marca, el estudio, la distribuidora, quien haya apoquinado, sabe (juro que lo saben) que no están invirtiendo en un retorno real, no están pagando una conversión justificable y medible entre atención y entradas o atención y ventas. Están minimizando el riesgo basándose en un sistema completamente corrupto, en el que el primero que grite que el emperador va desnudo, se lo carga. Pero esto no lo digo yo, lo decía María Pombo en una entrevista en 'Nude Project':
«Toda esta gente que sale de Netflix, que de un día para otro tienen millones de seguidores, luego no venden nada, porque a la gente le interesa la serie. Lo que vende de verdad es que crezcas con tu audiencia, que sepan tus gustos y que sepan que lo que dices es verdad«.
Si ya sabemos que a las alfombras va quien quiere, pero que ese lugar no representa nada, ¿cómo atraemos al público a las salas? Mi propuesta es empezar por una mayor exigencia en la prensa cinematográfica. Creo firmemente que debemos esperar de nuestros artistas que se pronuncien ante la tiranía, como lo hizo Javier Bardem en los Oscar. Pero ir a una rueda de prensa en el Festival de Cine de Berlín y preguntarle a Wim Wenders qué opina del fascismo es tan perezoso como cuando Pablo Motos le pregunta a Antonio Banderas qué le parece la gestión de Pedro Sánchez.
Son preguntas no trabajadas, que buscan el titular evidente. Y en el caso de los periodistas de cine es doblemente hiriente, porque muestra que es ya imposible generar conversación alrededor de lo que uno se dedica a cubrir y hay que hablar de cada pedo de Trump para sobrevivir. El periodismo cinematográfico es, en su peor forma, como esa tienda de souvenirs de ciudad pequeña en la que los imanes tienen imágenes de la Torre Eiffel, porque se han rendido y son incapaces de popularizar su identidad. Toca, pese a la precarización del sector de la que soy consciente, imponerse a la tiranía de lo actual y recuperar el espacio del arte que nos apasiona.
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