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Texas vuelve a estar en juego treinta años después

Texas vuelve a estar en juego treinta años después
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Los demócratas no ganan un cargo estatal desde 1994, pero un empate en las elecciones por el Senado obliga a los republicanos a defender una fortaleza que durante décadas dieron por segura
Texas vuelve a estar en juego treinta años después

Los demócratas no ganan un cargo estatal desde 1994, pero un empate en las elecciones por el Senado obliga a los republicanos a defender una fortaleza que durante décadas dieron por segura

Regala esta noticia Añádenos en Google Ken Paxton saluda en su último mitin en Texas rodeado de su equipo republicano. (AFP)

David Alandete

05/10/2026 Actualizado a las 07:07h.

En Houston cuesta recorrer un tramo de calle sin tropezarse con una campaña que lo ocupa casi todo: la radio del coche, las pantallas y ... los anuncios en esas enormes autopistas donde pasas horas y horas al volante. Está en juego uno de los dos escaños de Texas en el Senado, pero la guerra es mucho mayor. Para los republicanos, supone defender una fortaleza que durante toda una generación pareció blindada. Para los demócratas, demostrar que su eterno avance en este Estado puede desembocar por fin en algo que no consiguen desde 1994: ganar una elección estatal. Treinta y dos años después, el ánimo político ha cambiado en Texas. Por primera vez en mucho tiempo, los republicanos hacen campaña como si la derrota fuera una posibilidad real. Y eso, aquí, es toda una novedad.

Esta vez, sin embargo, el viejo anhelo demócrata se apoya en algo más que expectativas. No porque Texas se haya vuelto ya demócrata, que aún no lo ha hecho, sino por la batalla por el escaño en el Senado que enfrenta al republicano Ken Paxton y al demócrata James Talarico, en una carrera empatada. Varias encuestas sitúan incluso a Talarico por delante, algo casi inaudito en un Estado donde estas contiendas se daban por resueltas antes de empezar. Los principales sondeos consideran ya «muy disputado» un escaño que hace unos meses llevaba automáticamente la etiqueta republicana. La señal quizá más reveladora es que Donald Trump se ha visto obligado a hacer campaña en Texas esta semana. En condiciones normales, ni siquiera habría hecho falta.

El nerviosismo se nota especialmente en Houston y sus enormes suburbios, una región de casi ocho millones de habitantes. Hace unos días, Paxton reunió a cientos de simpatizantes en la iglesia del Camino Bendito, en Cypress, al noroeste de la ciudad. Acompañado por el senador Ted Cruz, reconoció algo que parecía inconcebible. «Todas las encuestas están en el filo de la navaja. Esto lo decidirá quien salga a votar y nadie en esta sala puede quedarse en casa». Cruz fue más lejos: «Texas se ha convertido en un campo de batalla».

Y la batalla es muy cara. Va camino de convertirse en la elección al Senado más costosa de la historia. A mediados de septiembre, campañas y grupos externos habían gastado ya 153 millones de dólares en publicidad, y la consultora AdImpact calcula que la cifra puede alcanzar los 440 millones antes del 3 de noviembre, más del doble del anterior récord en Texas. «Es algo sin precedentes. Por momentos parece una campaña presidencial», resume Jason Tinel, profesor de la Universidad de Houston, ante la avalancha de anuncios.

El duelo enfrenta además a dos candidatos cargados de munición. Talarico, de 37 años, antiguo profesor, legislador estatal y estudiante para ministro presbiteriano, arrastra un historial muy izquierdista en cuestiones culturales que ahora trata de matizar. En 2021 habló de «seis sexos biológicos» y defendió el género como un espectro. Este mismo mes rectificó: «No lo dije correctamente. No hay seis sexos, hay dos». También ha revisado su posición sobre los deportistas transgénero en categorías femeninas. Para los republicanos es oro electoral: Paxton lo llama «Jimmy el de los seis géneros» y lo presenta como un exponente de la izquierda 'woke' que ahora se disfraza de moderado.

Hasta la religión se ha convertido en campo de batalla. Talarico habla constantemente de Dios, del prójimo y de una fe cristiana que interpreta de manera muy distinta a los evangélicos que dominan buena parte del conservadurismo tejano. Pero en su haber está haber proclamado que «Dios no es binario» y que Jesús fue un «feminista radical». La campaña republicana ha convertido esas declaraciones en anuncios y llegó a utilizar inteligencia artificial para construir una versión digital de Talarico que recita esas mismas frases como si leyera una Biblia. El demócrata denuncia una manipulación destinada a poner palabras en su boca.

Una opción de riesgo

El problema para los republicanos es que, frente a ese historial de ocurrencias, tienen a Paxton, que es un escándalo andante. A sus 63 años sigue siendo fiscal general de Texas y uno de los aliados más fieles de Trump tras sobrevivir a episodios que habrían acabado con otras carreras políticas. En 2015 fue acusado de fraude de valores por supuestamente captar inversores para una empresa tecnológica sin revelar que recibiría una compensación. El caso se cerró en 2024 sin juicio tras aceptar pagar 271.000 dólares, realizar servicios comunitarios y recibir formación ética, sin admitir culpabilidad.

Más extraordinario fue lo ocurrido en 2023. La Cámara de Representantes de Texas, dominada por su propio partido, aprobó su 'impeachment' o juicio político por acusaciones que incluían abuso de poder, soborno y utilización de su cargo para favorecer a un donante y amigo. Paxton quedó suspendido como fiscal general, pero el Senado estatal lo absolvió y regresó al puesto.

Durante aquel proceso apareció además una relación extramatrimonial que sus antiguos colaboradores dijeron que Paxton había reconocido ante ellos. Su esposa, Angela Paxton, también senadora estatal y presente en el juicio político aunque sin derecho a votar, solicitó el divorcio en 2025 alegando adulterio. En Texas todo es grande, también los escándalos.

Los demócratas apenas necesitan adornarlo. Uno de sus anuncios más vistos recupera una grabación de Paxton llevándose una pluma Montblanc que otra persona había dejado en un control de seguridad. El propietario apoya ahora a Talarico. El anuncio es casi demasiado fácil: «Vote por James Talarico, no le robará la pluma». La campaña demócrata intenta convertir así la elección en un referendo no sólo sobre las ideas de Paxton, sino sobre su carácter.

Trump, un animal político muy sagaz, conoce perfectamente el problema. Su apoyo fue decisivo para Paxton en las primarias, pero incluso el presidente reconoce que el candidato provoca rechazo a algunos republicanos. Aun así, ha cerrado filas con él, bajo esta lógica: puede no gustarte Paxton, pero el precio de permitir que un demócrata ocupe ese escaño sería mucho mayor.

En realidad, esta elección nunca debería haber llegado a estar tan reñida. Los republicanos tenían un senador mucho más convencional en John Cornyn, antiguo número dos del partido en el Senado, formidable recaudador y durante años una figura electoralmente segura en Texas. Pero las primarias republicanas se convirtieron en una purga interna. Paxton, apoyado por Trump y toda el ala trumpista, derrotó a Cornyn por 28 puntos. El partido eligió al candidato que mejor representaba a su base frente al que ofrecía menos riesgos.

Ahora paga el precio de aquella decisión. Cornyn se ha distanciado de Paxton y Washington ha tenido que movilizar decenas de millones para defender un escaño que, con otro candidato, probablemente no consumiría tantos recursos. Texas, que tradicionalmente sirve para recaudar dinero republicano para batallas en otros lugares, se ha convertido esta vez en uno de los sitios donde hay que gastarlo, y eso es fuente de gran preocupación.

La estrategia de Talarico pasa por Houston y, sobre todo, por movilizar el voto negro. No basta ganarlo ampliamente: necesita llevar a las urnas a un electorado que tradicionalmente participa menos. De ahí sus visitas a iglesias, negocios y restaurantes de barrios afroamericanos. En Mikki's Soul Food Cafe, un clásico de comida sureña, todavía recuerdan al candidato haciendo cola para pedir pollo con salsa, dos acompañamientos y postre antes de sentarse a escuchar a los clientes en el comedor. Parece de manual de campaña, pero responde a una necesidad matemática: sin una gran movilización negra, los números no le salen.

Críticas de dirigentes negros

La tarea se complicó tras las primarias. Talarico derrotó a Jasmine Crockett, una congresista negra de izquierda radical y tuvo que recomponer después parte de aquella alianza. Algunos dirigentes negros le reprocharon que escuchaba mucho pero hacía poco. La profesora Juli McShay se lo dijo directamente en un encuentro en Houston: «Dices una cosa, pero estamos esperando la acción». Talarico respondió pidiendo dos cosas aparentemente contradictorias: «Paciencia y urgencia».

Desde entonces ha puesto dinero a trabajar por esa estrategia. Su campaña anunció una inversión de 25 millones de dólares para llegar al electorado negro, contrató estrategas y empresas afroamericanas y multiplicó las visitas a iglesias, negocios y actos comunitarios.

La gran incógnita son los hispanos. Durante años, los demócratas confiaron en una aritmética que parecía inevitable: cuanto más hispano fuera Texas, más demócrata sería. Hoy representan ya el 41% de la población. Pero Trump desmontó aquella teoría en 2024, sobre todo en el sur y en los condados fronterizos, avanzando con fuerza entre hispanos de clase trabajadora atraídos por su discurso sobre inmigración, economía y valores culturales. La paradoja es que el cambio demográfico que debía teñir Texas de color demócrata acabó, en algunos lugares, reforzando a los republicanos, y a Trump en especial.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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