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Timsam Harding: «La sociedad contemporánea ha perdido su oportunidad de aburrirse»

Timsam Harding: «La sociedad contemporánea ha perdido su oportunidad de aburrirse»
Artículo Completo 2,912 palabras
¿Qué puede suceder si se junta el extrarradio vallecano, el universo de la música techno, una de las mayores circunvalaciones de la ciudad y la banda sonora de un polígono industrial? En principio, un magma heterogéneo en el que se mueve con soltura Timsam Harding y que ahora despliega en La Térmica de Málaga. 'A tiempo para la espera' es un reto para su autor (y también para el espectador), que sigue extrayendo lo mejor que le aporta el contexto urbano, que es el de todos.—«Timsam Harding, el artista malagueño». Ya que vamos a hablar de contextos, explíqueme ese nombre…—Yo nací en Málaga, lo que ocurre es que mis padres son británicos, que salen de Sudáfrica huyendo de la situación que había allí en los setenta, y se quedaron sin dinero en Málaga. La ciudad les encantó y por eso nazco y me crío allí. Estudié en Granada, hice el máster en mi ciudad... Ambos eran artistas y se pusieron creativos con el nombre: el uno quería Tim, la otra Sam. No se ponían de acuerdo y lo juntaron. Fin de la pelea, que soporte el niño las consecuencias [ríe].Noticias relacionadas estandar Si CrÍTICA DE: 'Picaso memoria y deseo': la (otra) obra maestra desconocida Javier Díaz-Guardiola estandar Si CRÍTICA DE: 'AM CB' en el Centre Pompidou-Málaga: Messager y Boltanski como arqueólogos del yo Juan Francisco Rueda—Además no tiene ni acento.—Es posible que lo tenga un poco emulado, porque yo soy de Frigiliana, un pueblo auténtico. Ahora, una zona hiperturística, pero cuando yo me crié allí en los noventa eso era un pueblo como cualquier otro. Pero no se me pegó. Creo que se debe a haber alternado el español en el colegio y el inglés en casa. Al mezclarlos, algo ha pasado allí.—¿Y cómo acaba con un estudio en Vallecas?—Tres años llevo aquí. Aunque empecé en Carabanchel, en el edificio de 35.000 Jóvenes, pero una planta más abajo. Estaba contento pero muy limitado, trabajando en una habitación. Y justo esta calle, en este polígono, es súper divertida. Cuenta con tres de las discotecas de underground y techno más auténticas de Madrid, que funcionan como 'after'. Yo vine aquí como 'usuario' de las mismas, sin saber dónde venía, y cuando salí por la mañana me gustó el entorno. Justo se alquilaba este espacio así que me salió redondo. De hecho, vivo arriba. Y tan cómodo.—Así que aquí el paisanaje cambia de lo lindo de la mañana a la noche.—Eso es. Y a mí eso me nutre mucho. Mis proyectos son muy cercanos a mis propias experiencias. Esta calle tiene mucho que ver con lo que presento en La Térmica. De hecho, justo detrás hay una hilera de adelfas que separa la zona de vivienda de la autovía, que me llevó a mi proyecto anterior, 'Un eco de un eco de un eco', que desarrollé para el Palacio de los Condes de Gabia. La idea de transformar alguna de esas adelfas, de crear con ellas un molde y convertirlas en una forma más fría y metálica, trasmitiendo a través de los altavoces el sonido que grabo desde mi ventana, base de esa propuesta, nacía así. «Nuestros sentidos son limitados y son pocos. Y si anulamos cualquiera de ellos, la posibilidad de percibir son menores. Por eso, atendamos hasta cualquier detalle»Empleé una grabadora específica, sísmica, que al reproducirse por subwofer no genera sonidos, sino vibraciones, de las que tomas consciencia al poner algo encima, una escultura. Era el sonido que yo escucho a diario, mi banda sonora incosciente, reproducida de una forma metálica y supermodesta. Hasta los 16 me crié en una zona muy rural y de pronto se produce ese choque de llegar a Madrid, pues en otras ciudades, estuve siempre en las afueras. —La carretera también le influyó mucho.—He pasado mucho tiempo en el coche por esa razón de vivir fuera. Para mí, fue un elemento liberador, el que me permitía huir y me daba libertad, salir del encierro que era el campo, la casa de mis padres. Aquí en Madrid, aparqué el coche. Y se produce así otro cambio en el trabajo. Ahora la relación con la carretera es a través del sonido. Lo que me ha ocurrido en La Térmica es que me he centrado más en mi entorno actual.—¿En qué sentido percibe ese cambio?—Trabajo también mucho sobre la experiencia, recogiendo ideas pasadas. Recuerdo una rave en la que estuve con ventipocos años en la que fui consciente de cómo la música te transforma. Esa unión de los dos mundos, del viaje físico y del viaje mental, de alguna forma queda reunido en la actividad de esta calle. El sonido del polígono industrial y el de la noche, los fines de semana, los muchos botellones que se hacen aquí… Eso lo uno a analizar cómo cambia un sonido depediendo del punto de vista: cómo puede ser una cosa muy molesta (si lo vives desde fuera de la discoteca) o una cosa que te encanta (si estás en el interior). Sonidos metálicos. Detalle del montaje de 'A tiempo para la espera', en La Térmica T. HardingEn La Térmica planteo unas esculturas denominadas por el comisario como «islas de escucha», lo que me gusta como definición porque contiene esa idea de sentarte delante de una estructura que imita sistemas de sonido, tiene un recorrido, se sujetan con cinchas como lo harías con un altavoz, y que reproducen un sonido molesto emitido por un altavoz metálico, que convierte en chatarra hasta el sonido más puro. Pero si le dedicas tiempo y observas, puedes llegar a sentir y hasta disfrutar ese sonido. Esas esculturas se nutren de muchos otros, algunos de ellos provenientes de una entrevista a John Cage, que es uno de mis referentes, en la que habla del tráfico como banda sonora omnipresente de la era contemporánea porque, vayas donde vayas, cuando se calla todo, lo que te queda es el tráfico. He editado ese audio de forma que se oye mejor el sonido de fondo que la voz, lo que va generando las vibraciones, lo que hace que las hojas de las adelfas usadas aquí vibren…—El antecedente de este proyecto, sin embargo, se encuentra en los Encuentros de Genalguacil. ¿Cómo ha evolucionado o destilado aquello?—Lo más interesante de Genalguacil para mí, y que creo que cambió mi trabajo para siempre, es el hecho de generar piezas interactivas. He pasado de piezas observables a piezas que se sienten. Y se sienten más allá de la escucha. Lo de Genalguacil eran dos planchas en las que tú te subías para poder sentir las vibraciones a través de los pies, poner la mano y percibirlas con el tacto. Eso se traslada a La Térmica, que además se organiza en un espacio de tránsito, un pasillo abierto a todo tipo de público, que no necesariamente está buscando un encuentro cultural con una obra de arte. Pero esa idea de abrirme a todos, que en el arte es muy complejo, me seducía. Además no hay un vigilante, no hay nadie que te impida tocar. Se puede interactuar con la pieza con total libertad.«Creo que lo que intento transmitir es una experiencia. Trato de ver el mundo desde otra perspectiva»—¿Eso fue un condicionante previo, asumir que ese iba a ser espacio de tránsito, o algo forzado para influir en la lectura de los resultados?—Ambas cuestiones. Ellos propusieron emplear ese espacio, que nunca antes se había utilizado, en un deseo de hacer accesibles contextos de la propia Térmica nunca antes utilizados, más allá de las salas de exposiciones. Y ese pasillo es una maravilla y todo un reto: son cien metros, una barbaridad. Es complicado llenarlo visualmente. Las piezas, al final, hablan entre sí, pero la idea era generar zonas de descanso, zonas de pausa o contemplación. —¿Y le sedujo la idea o le forzó a trabajar de otra forma, a sabiendas de que no todo el mundo será consciente de la propuesta?—Es una oportunidad que no se da casi nunca, pues la obra se suele presentar en una sala. Trabajar fuera de ese contexto es muy enriquecedor. Un reto que genera todos los dolores de cabeza del mundo, que te saca todos los miedos, pero que una vez que lo ves hecho satisface el doble. —Hábleme del título: 'A tiempo para la espera'.—Es esa idea de que siempre estamos corriendo, pero aquí con la intención de llegar con tiempo para poder esperar. Creo que la sociedad contemporánea ha perdido su oportunidad de aburrirse. La espera es algo muy interesante, un momento muy creativo. En mí, funciona así. Por ejemplo, la monotonía de la conducción, cuando sobrepasa el aburrimiento, da pie a creatividad. Además casaba muy bien con esa intención de producir algo para el pasillo que te 'tropiece' y te pare en un transitar que tú tienes muy claro de una punta a otra. Fomento algo que ya no hacemos que es pararte y dedicar tiempo a otra cosa. —¿Cómo llegó al sonido como material escultórico?—Fue llegar a Madrid, seguir dándole vueltas a la idea del coche, ese movimiento, y de repente estar aquí y estar parado. Mi relación con el vehículo se transforma en un sonido, rodeado de talleres, de la vibración de mi taller por su configuración: lo hacen las ventanas por las noches… Y son pequeñas experiencias que luego contemplo en el trabajo.—No sé si le interesa tanto el sonido como el ruido... —Es cierto, es el ruido sobre todo. Eso que vemos como algo molesto y que a mí me intriga, pues, dedicándole tiempo, se puede transformar en algo bello. Bien atado. En las imágenes, detalle de las obras de 'A tiempo para la espera', en La Térmica T. Harding—Se dice en el catálogo que el ruido y el silencio moldean la percepción del mundo. ¿En qué sentido?—Nuestros sentidos son limitados y son pocos. Y si anulamos cualquiera de ellos, la posibilidad de percibir son menores. Por eso, atendamos hasta cualquier detalle. El sonido, el ruido, son muy relevantes. Cuando uno llega al campo lo primero que nota es cómo cambian los sonidos, porque silencio no hay nunca. Lo que cambia es la 'velocidad' del sonido. —¿Le influyen a usted 'los sonidos', los ecos, del pasado, la personalidad de un espacio como La Térmica, tan connotado?—Claro. Y La Térmica es un espacio con muchísima historia. El pasillo, de hecho, de por sí, es bastante silencioso. En una hora no frenética del día no tiene mucho tránsito. El hecho de estar allí, escuchando algo de fondo, dispara la imaginación… Durante el montaje, que pasamos mucho tiempo allí, me di cuenta de que es un ámbito curioso, que tiene alma. —Sin embargo, uno repasa su currículum, y usted está poco acostumbrado a exponer en los típicos cubos blancos…—¡Es cierto! Y lo valoro porque me gusta tener mucho en cuenta el espacio cuando trabajo. No sé colocar una pieza en un ámbito si no lo he estudiado antes. Cuando mudo una obra de un lugar a otro creo que algo se pierde…—Hablemos de los resultados, fríos, casi quirúrgicos…—El acero inoxidable da pie a ello. Y es así por una cuestión estética que me gusta, pero también por una necesidad relacionada con el sonido, pues el hierro o el aluminio no reverberan igual. A mí, es un material que me llama la atención desde pequeño, que mi padre usaba mucho, y posiblemente también tenga inclinación a él por esa razón. Y me gusta dejar el material crudo. En una ocasión, Carlos Miranda me dijo: «Si vas a utilizar algo, que se note su presencia». Si usas cables, que se vean. Eso me caló mucho. Y sin embargo, en el estudio, todo lo que lleva cables, las herramientas, me sacan de quicio. Su ruido. Su ruido me molesta. —Y la escala suele ser muy humana.—Sí. Me gusta que la obra esté delante de los ojos. Trabajo mucho como montador y esa guía del '1,50 m' la llevo muy a gala. —Recordaba cómo el comisario ve pequeñas islas. El segundo autor del catálogo, Pablo Skaf, ve antenas, que supongo que absorben señales invisibles o nos permiten a nosotros conectar con las mismas.—El texto de Pablo fue un experimento que me gustó mucho hacer, porque él viene del mundo de la música, promociona un festival en Barcelona y es dj, aunque es también gran conocedor del arte. Pero me interesaba ver cómo se ve mi mundo cuando se lo suelto a otro y lo traduce al suyo. Sus antenas tienen también algo de alienígena que me interesó mucho. Conectar el mundo de la electrónica con un ámbito más chamánico es muy interesante. Y hay algo en todos esos ámbitos asociado a la repetición que me parece muy meditativo. —Él escribe: «Cuando el material tiembla es que está tratando de decirnos algo». ¿Qué trata de decirnos Timsam Harding con su trabajo?—Creo que lo que intento transmitir es una experiencia. Trato de ver el mundo desde otra perspectiva. La pregunta es complicada porque al final uno está desarrollando y desarrollando y tratando de entenderse a sí mismo a través de lo que hace. Es una búsqueda constante, por lo que es difícil fijar lo que quiero que los demás entiendan. De hecho, yo también he compuesto un texto basado en tres experiencias para contextualizar la exposición. Una de ellas es un recuerdo estudiando el bachillerato en Málaga, antes de decidir dedicarme al arte. En uno de los recreos coincidí con un grupo de sordomudos, con la música tan alta que la distorsionaban en los altavoces. Pero ellos la disfrutaban, disfrutaban ese sonido, y lo hacían con las manos. Eso me generó muchas preguntas: no escuchan pero entienden el mundo. Eso lo rescato ahora. Y me conecta por ejemplo con lo realizado en Genalguacil. —Los otros dos recuerdos, ¿cuáles serían?—Uno es de mi época de grafitero, con 13, en Nerja, primeros de los 2000, que íbamos a la autovía a pintar donde más se fueraa a ver lo que hicieras. Y en una ocasión que fui solo, andando por el asfalto me di cuenta de la escala: lo que te parece muy pequeño desde el coche es inmenso en realidad. Y esos espacios, los no lugares que luego descubrí en la carrera, generan una sensación muy peculiar. Me metí en uno de los túneles y cruzarlo se me hizo eterno. Creo que ahí nace la fascinación por la carretera, el sublime que experimenté. El último recuerdo es en una 'rave' en Ciudad Real en una cárcel abandonada: esa reunión de personas por la música me pareció maravillosa. La vuelta en el coche, muy agotado, el silencio del coche, pero todavía con el 'boom, boom, boom' en el cuerpo mientras experimentaba los patrones repetitivos de la carretera. Porque yo tengo esa atracción por el techno, pero también por Steve Reich, Philip Glass, que son muy repetitivos en sus sonidos…arte_abc_0724—Me está usted recordando 'Sirat'.—Tengo mis más y mis menos con esa película. Creo que se está poniendo mucho la atención, y eso es interesante, en el mundo del techno. Cuando yo estaba inmerso en este proyecto se estrena 'Sirat' y fui a verla. Es una película que no puedo decir que sea mala pero no sé si estoy de acuerdo por dónde la lleva Oliver Laxe. De lo del Museo Reina Sofía, no quiero hablar demasiado… Pero sí que hay algo en la sociedad que está pidiendo hablar sobre estos fenómenos. El techno ya es patrimonio inmaterial de la humanidad... No sé. —¿Un nuevo contexto para usted supondría un trabajo muy diferente?—Yo creo que sí. Lo que a mí me mueve es el contexto. Por eso los cambios son muy sugestivos. Soy malo haciendo cosas en serie. Trabajo por proyectos y, cuando suelto una idea, me cuesta generar una continuidad. Entre una cosa y otra me tiro mucho tiempo en un limbo. Por eso necesito generar esas experiencias.Timsam Harding: 'A tiempo para la espera' La Térmica. Málaga. Avda. de los Guindos, 48. Comisario: Antonio Javier López. Hasta el 1 de marzo—¿Sabe ya lo que viene ahora?—¡Preferiría que me lo dijeras tú! Estoy trabajando para ARCO, también para la individual en abril o mayo en T-20 Fourquet. Pero en cuanto a proyecto, qué desarrollaré, eso está por ver. Tengo la fecha, tengo ideas, pero no me atrevo a decir nada porque soy muy cambiante. Para La Térmica barajé tres cosas distintas. Y lo peor es que las desarrollo y luego las tiro.

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¿Qué puede suceder si se junta el extrarradio vallecano, el universo de la música techno, una de las mayores circunvalaciones de la ciudad y la banda sonora de un polígono industrial? En principio, un magma heterogéneo en el que se mueve con soltura Timsam Harding ... y que ahora despliega en La Térmica de Málaga. 'A tiempo para la espera' es un reto para su autor (y también para el espectador), que sigue extrayendo lo mejor que le aporta el contexto urbano, que es el de todos.

—«Timsam Harding, el artista malagueño». Ya que vamos a hablar de contextos, explíqueme ese nombre…

—Yo nací en Málaga, lo que ocurre es que mis padres son británicos, que salen de Sudáfrica huyendo de la situación que había allí en los setenta, y se quedaron sin dinero en Málaga. La ciudad les encantó y por eso nazco y me crío allí. Estudié en Granada, hice el máster en mi ciudad... Ambos eran artistas y se pusieron creativos con el nombre: el uno quería Tim, la otra Sam. No se ponían de acuerdo y lo juntaron. Fin de la pelea, que soporte el niño las consecuencias [ríe].

—Es posible que lo tenga un poco emulado, porque yo soy de Frigiliana, un pueblo auténtico. Ahora, una zona hiperturística, pero cuando yo me crié allí en los noventa eso era un pueblo como cualquier otro. Pero no se me pegó. Creo que se debe a haber alternado el español en el colegio y el inglés en casa. Al mezclarlos, algo ha pasado allí.

—¿Y cómo acaba con un estudio en Vallecas?

—Tres años llevo aquí. Aunque empecé en Carabanchel, en el edificio de 35.000 Jóvenes, pero una planta más abajo. Estaba contento pero muy limitado, trabajando en una habitación. Y justo esta calle, en este polígono, es súper divertida. Cuenta con tres de las discotecas de underground y techno más auténticas de Madrid, que funcionan como 'after'. Yo vine aquí como 'usuario' de las mismas, sin saber dónde venía, y cuando salí por la mañana me gustó el entorno. Justo se alquilaba este espacio así que me salió redondo. De hecho, vivo arriba. Y tan cómodo.

—Así que aquí el paisanaje cambia de lo lindo de la mañana a la noche.

—Eso es. Y a mí eso me nutre mucho. Mis proyectos son muy cercanos a mis propias experiencias. Esta calle tiene mucho que ver con lo que presento en La Térmica. De hecho, justo detrás hay una hilera de adelfas que separa la zona de vivienda de la autovía, que me llevó a mi proyecto anterior, 'Un eco de un eco de un eco', que desarrollé para el Palacio de los Condes de Gabia. La idea de transformar alguna de esas adelfas, de crear con ellas un molde y convertirlas en una forma más fría y metálica, trasmitiendo a través de los altavoces el sonido que grabo desde mi ventana, base de esa propuesta, nacía así.

«Nuestros sentidos son limitados y son pocos. Y si anulamos cualquiera de ellos, la posibilidad de percibir son menores. Por eso, atendamos hasta cualquier detalle»

Empleé una grabadora específica, sísmica, que al reproducirse por subwofer no genera sonidos, sino vibraciones, de las que tomas consciencia al poner algo encima, una escultura. Era el sonido que yo escucho a diario, mi banda sonora incosciente, reproducida de una forma metálica y supermodesta. Hasta los 16 me crié en una zona muy rural y de pronto se produce ese choque de llegar a Madrid, pues en otras ciudades, estuve siempre en las afueras.

—La carretera también le influyó mucho.

—He pasado mucho tiempo en el coche por esa razón de vivir fuera. Para mí, fue un elemento liberador, el que me permitía huir y me daba libertad, salir del encierro que era el campo, la casa de mis padres. Aquí en Madrid, aparqué el coche. Y se produce así otro cambio en el trabajo. Ahora la relación con la carretera es a través del sonido. Lo que me ha ocurrido en La Térmica es que me he centrado más en mi entorno actual.

—Trabajo también mucho sobre la experiencia, recogiendo ideas pasadas. Recuerdo una rave en la que estuve con ventipocos años en la que fui consciente de cómo la música te transforma. Esa unión de los dos mundos, del viaje físico y del viaje mental, de alguna forma queda reunido en la actividad de esta calle. El sonido del polígono industrial y el de la noche, los fines de semana, los muchos botellones que se hacen aquí… Eso lo uno a analizar cómo cambia un sonido depediendo del punto de vista: cómo puede ser una cosa muy molesta (si lo vives desde fuera de la discoteca) o una cosa que te encanta (si estás en el interior).

En La Térmica planteo unas esculturas denominadas por el comisario como «islas de escucha», lo que me gusta como definición porque contiene esa idea de sentarte delante de una estructura que imita sistemas de sonido, tiene un recorrido, se sujetan con cinchas como lo harías con un altavoz, y que reproducen un sonido molesto emitido por un altavoz metálico, que convierte en chatarra hasta el sonido más puro. Pero si le dedicas tiempo y observas, puedes llegar a sentir y hasta disfrutar ese sonido.

Esas esculturas se nutren de muchos otros, algunos de ellos provenientes de una entrevista a John Cage, que es uno de mis referentes, en la que habla del tráfico como banda sonora omnipresente de la era contemporánea porque, vayas donde vayas, cuando se calla todo, lo que te queda es el tráfico. He editado ese audio de forma que se oye mejor el sonido de fondo que la voz, lo que va generando las vibraciones, lo que hace que las hojas de las adelfas usadas aquí vibren…

—El antecedente de este proyecto, sin embargo, se encuentra en los Encuentros de Genalguacil. ¿Cómo ha evolucionado o destilado aquello?

—Lo más interesante de Genalguacil para mí, y que creo que cambió mi trabajo para siempre, es el hecho de generar piezas interactivas. He pasado de piezas observables a piezas que se sienten. Y se sienten más allá de la escucha. Lo de Genalguacil eran dos planchas en las que tú te subías para poder sentir las vibraciones a través de los pies, poner la mano y percibirlas con el tacto. Eso se traslada a La Térmica, que además se organiza en un espacio de tránsito, un pasillo abierto a todo tipo de público, que no necesariamente está buscando un encuentro cultural con una obra de arte. Pero esa idea de abrirme a todos, que en el arte es muy complejo, me seducía. Además no hay un vigilante, no hay nadie que te impida tocar. Se puede interactuar con la pieza con total libertad.

«Creo que lo que intento transmitir es una experiencia. Trato de ver el mundo desde otra perspectiva»

—¿Eso fue un condicionante previo, asumir que ese iba a ser espacio de tránsito, o algo forzado para influir en la lectura de los resultados?

—Ambas cuestiones. Ellos propusieron emplear ese espacio, que nunca antes se había utilizado, en un deseo de hacer accesibles contextos de la propia Térmica nunca antes utilizados, más allá de las salas de exposiciones. Y ese pasillo es una maravilla y todo un reto: son cien metros, una barbaridad. Es complicado llenarlo visualmente. Las piezas, al final, hablan entre sí, pero la idea era generar zonas de descanso, zonas de pausa o contemplación.

—¿Y le sedujo la idea o le forzó a trabajar de otra forma, a sabiendas de que no todo el mundo será consciente de la propuesta?

—Es una oportunidad que no se da casi nunca, pues la obra se suele presentar en una sala. Trabajar fuera de ese contexto es muy enriquecedor. Un reto que genera todos los dolores de cabeza del mundo, que te saca todos los miedos, pero que una vez que lo ves hecho satisface el doble.

—Hábleme del título: 'A tiempo para la espera'.

—Es esa idea de que siempre estamos corriendo, pero aquí con la intención de llegar con tiempo para poder esperar. Creo que la sociedad contemporánea ha perdido su oportunidad de aburrirse. La espera es algo muy interesante, un momento muy creativo. En mí, funciona así. Por ejemplo, la monotonía de la conducción, cuando sobrepasa el aburrimiento, da pie a creatividad. Además casaba muy bien con esa intención de producir algo para el pasillo que te 'tropiece' y te pare en un transitar que tú tienes muy claro de una punta a otra. Fomento algo que ya no hacemos que es pararte y dedicar tiempo a otra cosa.

—¿Cómo llegó al sonido como material escultórico?

—Fue llegar a Madrid, seguir dándole vueltas a la idea del coche, ese movimiento, y de repente estar aquí y estar parado. Mi relación con el vehículo se transforma en un sonido, rodeado de talleres, de la vibración de mi taller por su configuración: lo hacen las ventanas por las noches… Y son pequeñas experiencias que luego contemplo en el trabajo.

—No sé si le interesa tanto el sonido como el ruido...

—Es cierto, es el ruido sobre todo. Eso que vemos como algo molesto y que a mí me intriga, pues, dedicándole tiempo, se puede transformar en algo bello.

—Se dice en el catálogo que el ruido y el silencio moldean la percepción del mundo. ¿En qué sentido?

—Nuestros sentidos son limitados y son pocos. Y si anulamos cualquiera de ellos, la posibilidad de percibir son menores. Por eso, atendamos hasta cualquier detalle. El sonido, el ruido, son muy relevantes. Cuando uno llega al campo lo primero que nota es cómo cambian los sonidos, porque silencio no hay nunca. Lo que cambia es la 'velocidad' del sonido.

—¿Le influyen a usted 'los sonidos', los ecos, del pasado, la personalidad de un espacio como La Térmica, tan connotado?

—Claro. Y La Térmica es un espacio con muchísima historia. El pasillo, de hecho, de por sí, es bastante silencioso. En una hora no frenética del día no tiene mucho tránsito. El hecho de estar allí, escuchando algo de fondo, dispara la imaginación… Durante el montaje, que pasamos mucho tiempo allí, me di cuenta de que es un ámbito curioso, que tiene alma.

—Sin embargo, uno repasa su currículum, y usted está poco acostumbrado a exponer en los típicos cubos blancos…

—¡Es cierto! Y lo valoro porque me gusta tener mucho en cuenta el espacio cuando trabajo. No sé colocar una pieza en un ámbito si no lo he estudiado antes. Cuando mudo una obra de un lugar a otro creo que algo se pierde…

—Hablemos de los resultados, fríos, casi quirúrgicos…

—El acero inoxidable da pie a ello. Y es así por una cuestión estética que me gusta, pero también por una necesidad relacionada con el sonido, pues el hierro o el aluminio no reverberan igual. A mí, es un material que me llama la atención desde pequeño, que mi padre usaba mucho, y posiblemente también tenga inclinación a él por esa razón. Y me gusta dejar el material crudo. En una ocasión, Carlos Miranda me dijo: «Si vas a utilizar algo, que se note su presencia». Si usas cables, que se vean. Eso me caló mucho. Y sin embargo, en el estudio, todo lo que lleva cables, las herramientas, me sacan de quicio. Su ruido. Su ruido me molesta.

—Sí. Me gusta que la obra esté delante de los ojos. Trabajo mucho como montador y esa guía del '1,50 m' la llevo muy a gala.

—Recordaba cómo el comisario ve pequeñas islas. El segundo autor del catálogo, Pablo Skaf, ve antenas, que supongo que absorben señales invisibles o nos permiten a nosotros conectar con las mismas.

—El texto de Pablo fue un experimento que me gustó mucho hacer, porque él viene del mundo de la música, promociona un festival en Barcelona y es dj, aunque es también gran conocedor del arte. Pero me interesaba ver cómo se ve mi mundo cuando se lo suelto a otro y lo traduce al suyo. Sus antenas tienen también algo de alienígena que me interesó mucho. Conectar el mundo de la electrónica con un ámbito más chamánico es muy interesante. Y hay algo en todos esos ámbitos asociado a la repetición que me parece muy meditativo.

—Él escribe: «Cuando el material tiembla es que está tratando de decirnos algo». ¿Qué trata de decirnos Timsam Harding con su trabajo?

—Creo que lo que intento transmitir es una experiencia. Trato de ver el mundo desde otra perspectiva. La pregunta es complicada porque al final uno está desarrollando y desarrollando y tratando de entenderse a sí mismo a través de lo que hace. Es una búsqueda constante, por lo que es difícil fijar lo que quiero que los demás entiendan. De hecho, yo también he compuesto un texto basado en tres experiencias para contextualizar la exposición. Una de ellas es un recuerdo estudiando el bachillerato en Málaga, antes de decidir dedicarme al arte. En uno de los recreos coincidí con un grupo de sordomudos, con la música tan alta que la distorsionaban en los altavoces. Pero ellos la disfrutaban, disfrutaban ese sonido, y lo hacían con las manos. Eso me generó muchas preguntas: no escuchan pero entienden el mundo. Eso lo rescato ahora. Y me conecta por ejemplo con lo realizado en Genalguacil.

—Los otros dos recuerdos, ¿cuáles serían?

—Uno es de mi época de grafitero, con 13, en Nerja, primeros de los 2000, que íbamos a la autovía a pintar donde más se fueraa a ver lo que hicieras. Y en una ocasión que fui solo, andando por el asfalto me di cuenta de la escala: lo que te parece muy pequeño desde el coche es inmenso en realidad. Y esos espacios, los no lugares que luego descubrí en la carrera, generan una sensación muy peculiar. Me metí en uno de los túneles y cruzarlo se me hizo eterno. Creo que ahí nace la fascinación por la carretera, el sublime que experimenté. El último recuerdo es en una 'rave' en Ciudad Real en una cárcel abandonada: esa reunión de personas por la música me pareció maravillosa. La vuelta en el coche, muy agotado, el silencio del coche, pero todavía con el 'boom, boom, boom' en el cuerpo mientras experimentaba los patrones repetitivos de la carretera. Porque yo tengo esa atracción por el techno, pero también por Steve Reich, Philip Glass, que son muy repetitivos en sus sonidos…

—Tengo mis más y mis menos con esa película. Creo que se está poniendo mucho la atención, y eso es interesante, en el mundo del techno. Cuando yo estaba inmerso en este proyecto se estrena 'Sirat' y fui a verla. Es una película que no puedo decir que sea mala pero no sé si estoy de acuerdo por dónde la lleva Oliver Laxe. De lo del Museo Reina Sofía, no quiero hablar demasiado… Pero sí que hay algo en la sociedad que está pidiendo hablar sobre estos fenómenos. El techno ya es patrimonio inmaterial de la humanidad... No sé.

—¿Un nuevo contexto para usted supondría un trabajo muy diferente?

—Yo creo que sí. Lo que a mí me mueve es el contexto. Por eso los cambios son muy sugestivos. Soy malo haciendo cosas en serie. Trabajo por proyectos y, cuando suelto una idea, me cuesta generar una continuidad. Entre una cosa y otra me tiro mucho tiempo en un limbo. Por eso necesito generar esas experiencias.

La Térmica. Málaga. Avda. de los Guindos, 48. Comisario: Antonio Javier López. Hasta el 1 de marzo

—¡Preferiría que me lo dijeras tú! Estoy trabajando para ARCO, también para la individual en abril o mayo en T-20 Fourquet. Pero en cuanto a proyecto, qué desarrollaré, eso está por ver. Tengo la fecha, tengo ideas, pero no me atrevo a decir nada porque soy muy cambiante. Para La Térmica barajé tres cosas distintas. Y lo peor es que las desarrollo y luego las tiro.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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