Miércoles, 30 de septiembre de 2026 Mié 30/09/2026
RSS Contacto
MERCADOS
Cargando datos de mercados...
Internacional

Todo lo que pasa en tu cabeza –y en el mundo– cuando dejas de leer

Todo lo que pasa en tu cabeza –y en el mundo– cuando dejas de leer
Artículo Completo 1,935 palabras
Leer —la inmersión en la lectura— es hoy una rareza que tiene efectos alarmantes, ya que dejamos de practicar el pensamiento abstracto. ¿La consecuencia? Cada vez opinamos más... sabiendo menos.
Todo lo que pasa en tu cabeza –y en el mundo– cuando dejas de leer

Leer —la inmersión en la lectura— es hoy una rareza que tiene efectos alarmantes, ya que dejamos de practicar el pensamiento abstracto. ¿La consecuencia? Cada vez opinamos más... sabiendo menos.

Regala esta noticia Añádenos en Google

Carlos Manuel Sánchez | Ilustración de Javier Jaén

30/09/2026 Actualizado a las 12:13h.

Un hombre lee un libro en el metro y alguien lo graba con el móvil sin que se dé cuenta.El vídeo aparece en las ... redes con una pregunta debajo: «¿Está leyendo de verdad o es postu-reo?» El 'jurado' suele ser benévolo con las mujeres, porque se da por hecho que ellas todavía leen. Con los hombres no tiene piedad: si un tío abre un libro en público solo puede ser para ligar. Es el 'lector performativo', y su caza es ya una tendencia viral.

No son solo los niños. El 31 por ciento de los españoles de 16 a 65 años quedó en el nivel 1 de comprensión lectora o por debajo: maneja textos breves, pero está lejos de las tareas que exigen evaluar textos extensos

Y la prueba que sí mide si entiendes lo que lees acaba de certificar la debacle. En el último informe PISA, que mide las competencias educativas en la OCDE, los alumnos españoles de 15 años sacaron la peor nota en lectura desde que España entró en la evaluación en el año 2000. La propia OCDE calcula que el retroceso de la última década equivale a perder dos cursos escolares. Y señala que se ceba sobre todo en los hijos de las familias acomodadas, los que antes estrenaron pizarras digitales en sus centros y un Chromebook por pupitre, y los que más usan la IA.

Llevamos años diciendo adiós a la lectura profunda, la que exige, como una buena paella, una digestión reposada. Y un libro tiene un tiempo de arranque. Los primeros minutos de cada sesión no son un placer: estás volviendo a situarte, reconstruyendo dónde te habías quedado y dejando que la voz del autor desplace a la tuya. La mente también necesita un 'calentamiento'. Hay millones de personas convencidas de que no les gusta leer cuando lo que les pasa es que nunca han llegado al punto en que leer empieza a ser agradable. Es como odiar correr habiendo corrido solo los primeros quinientos metros, que son horribles para todo el mundo.

¿Qué le pasa a tu cerebro cuando dejas de leer? La respuesta honesta es que todavía no lo sabemos, porque el fenómeno, al menos a esta escala, es demasiado reciente. No disponemos aún del estudio longitudinal que haría falta: meter en un escáner a un grupo de lectores vetera-nos y volver a mirarlos por dentro cinco años después de que algunos hayan abandonado los libros.

Lo que hay son indicios indirectos. En la última prueba de competencias adultas de la OCDE, el 31 por ciento de los españoles de 16 a 65 años quedó en el nivel 1 de comprensión lectora o por debajo: puede manejar textos breves y localizar información explícita, pero queda lejos de las tareas que exigen integrar y evaluar textos extensos. Solo el 4 por ciento alcanzó los niveles 4 y 5: comprender y evaluar textos largos y densos, captar sentidos complejos o implícitos, y servirse de conocimientos previos.

¿Y qué pasa con los cerebros de quienes nunca llegaron a leer con fluidez? De eso sabemos bastante más. Nuestro cerebro no viene equipado con un circuito específico para la lectura. Para aprender a leer, tiene que reutilizar y coordinar redes que ya servían para reconocer for-mas y objetos complejos. Se vio en un experimento dirigido por investigadores de la Sociedad Max Planck (Alemania) con 21 adultos que no sabían leer ni escribir. Seis meses de alfabetización modificaron incluso la sincronización de la corteza visual con regiones profundas del tálamo y el tronco cerebral.

¿De qué color es un oso blanco?

Que el cerebro se reorganice es solo la mitad del asunto. La otra mitad –si cambia nuestra manera de pensar– se la preguntó alguien mucho antes de que hubiera escáneres. En 1931, un psicólogo soviético llamado Alexander Luria se fue a las aldeas de Asia Central con una lista de adivinanzas en el bolsillo. Comparó a campesinos sin escolarizar con otros que habían pasado por la escuela. Tomaba té con ellos y en algún momento soltaba esto: en el norte, donde siempre hay nieve, todos los osos son blancos. Nueva Zembla –un archipiélago del Ártico ruso– está en el norte y allí siempre hay nieve. ¿De qué color son los osos?

Los que habían pasado por la escuela contestaban «blancos» al instante, con cara de que les estaban tomando el pelo. Quienes no sabían leer ni escribir replicaban que ellos no habían estado allí y que preguntara a alguien que sí. No era falta de inteligencia. Era, en parte, una negativa a aceptar el extraño juego que les proponía un desconocido: dar por verdaderas unas premisas que no constaban en su experiencia.

Lo que la cultura escrita entrena de manera intensiva no es tanto la capacidad de imaginar lo que no has vivido –las historias orales llevan milenios haciéndolo– como una disposición más particular: aceptar provisionalmente unas condiciones y seguir sus consecuencias hasta donde llegues. Dejar de leer no significa dejar de pensar; significa practicar menos una de sus for-mas más exigentes: el pensamiento abstracto, sostenido y capaz de alejarse del presente.

Curiosamente, cuando la práctica de leer se pierde, no desaparecen las opiniones. Al contrario: sigues teniéndolas sobre casi todo, más que antes y más rotundas, porque hoy para opinar basta con pasar por encima de dos titulares y un vídeo de minuto y medio. La avería aparece cuando alguien, en una cena, te pregunta por qué. Entonces descubres que recuerdas la conclusión, pero no puedes reconstruir el camino: te lo dieron hecho y lo guardaste como quien guarda una llave sin saber qué puerta abre.

Un libro era uno de los pocos sitios donde podías verte cambiando de opinión. Empezabas la página 30 pensando una cosa de un personaje y en la 200 pensabas otra. Te habías ido moviendo tú, sin enterarte, que es como un adulto cambia de verdad de idea

Si leer sirviera únicamente para informarse, el libro ya habría perdido: un resumen informa más rápido y una máquina resuelve más dudas por minuto. Un libro difícil, en cambio, no hace concesiones: no se ajusta a tu nivel ni a tu paciencia. La única salida es que cambies tú. Esa humillación menor de no estar a la altura de lo que tienes delante es molesta y frustrante, pero te va haciendo ganar músculo intelectual.

Un libro largo era, además, uno de los pocos sitios donde podías verte cambiando de opinión despacio. Empezabas la página 30 pensando una cosa de un personaje y en la 200 pensabas otra. Te habías ido moviendo tú, por acumulación y sin enterarte, que es la única manera en que un adulto cambia de verdad de idea. Un resumen de Moby Dick contiene el esqueleto de lo que sucede en la novela y casi nada de lo que le pasa a su lector, que consiste en embarcarte un mes con un hombre devorado por una idea fija y acabar mirando el mar como él.

La deuda cognitiva

¿Hablar con una máquina ayuda a pensar? Depende de quién conduzca la conversación. Si te contradice y te obliga a explicar mejor lo que quieres decir, puede funcionar: es una herramienta más. Si redacta, concluye y justifica por ti, hay delegación. El universitario que se ventila a Kant con ChatGPT no está haciendo trampa: es un pragmático. Para preparar un exa-men, el resumen le gana al libro por rápido y por claro. Tampoco es cosa de ahora: El Rincón del Vago, aquel repositorio de apuntes de los años noventa, ya hacía ese trabajo mucho antes de que existiera la IA.

En un experimento del MIT, 54 estudiantes escribieron un ensayo repartidos en tres grupos: con ChatGPT, con buscador y sin nada. Los del primero mostraron la conectividad cerebral más débil, más de ocho de cada diez no supieron citar una sola frase del texto que acababan de entregar y fueron también los que menos sintieron el ensayo como suyo. Los investigadores lo llaman 'deuda cognitiva'.

Aquí aparece una consecuencia menos visible. Tú puedes leer el resumen de un ensayo y hacer algo con él porque tienes décadas de lecturas donde colgarlo. Quien no ha construido esa base recibe el mismo texto, no tiene una percha donde ponerlo y sale con la sensación de tenerlo todo cogido con alfileres. La brecha que viene no será solo de acceso a la información, que está por todas partes, gratis y a un dedo, sino de capacidad para manejarla.

El asunto es especialmente delicado con los niños, porque ahí no hay un hábito que se haya perdido: hay unas conexiones que pueden quedar cortocircuitadas por falta de uso. Leer con fluidez no consiste solo en entender más deprisa, sino en dejar de gastar recursos cognitivos en descifrar: si las letras cuestan, la memoria de trabajo se va en juntarlas y apenas queda sitio para lo que dicen. Esa operación se automatiza con enseñanza y práctica.

Y puede que cada vez haya menos ocasiones de practicar. Preguntados en la primavera de 2025, dos tercios de los profesores de literatura de secundaria de Estados Unidos pensaban trabajar entre uno y cuatro libros completos en todo el curso; y el 9 por ciento, ninguno. Y no solo en los institutos están bajando el listón, también en las universidades de élite. En Columbia, Georgetown o Stanford, los profesores llevan una década viendo cómo la carga de lectura desborda a sus alumnos. Nicholas Dames, profesor de Humanidades en Columbia, se quedó de piedra cuando una estudiante de primero le explicó que en el instituto nunca le habían mandado leer un libro entero, solo fragmentos.

Leer, ¿un paréntesis en la historia?

No estamos regresando exactamente a la oralidad. Un audiolibro de veinte horas sigue siendo una arquitectura escrita, igual que un pódcast puede desarrollar un argumento complejo. Lo nuevo es recibir la palabra de forma fragmentaria, a velocidad aumentada y mientras otra tarea se lleva parte de la atención. Vídeos, notas de voz y respuestas de inteligencia artificial devuelven protagonismo a la conversación, pero mediatizada por máquinas y atravesada por interrupciones.

La escritura tiene más de cinco mil años, pero la lectura de masas es cosa de anteayer. En 1820, apenas una de cada diez personas en el mundo sabía leer y escribir. Para que el hábito se extendiera hicieron falta la imprenta, el papel barato, la prensa, la escuela obligatoria y la luz eléctrica. Puede que lo que empieza a cerrarse ahora no sea la era de la lectura, sino el pa-réntesis de siglo y medio en que leer textos largos llegó a convertirse en una costumbre popular.

comentarios Reportar un error
Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
Compartir