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Tramposos

Tramposos
Artículo Completo 1,199 palabras

El bloc del cartero

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Lorenzo Silva

12/06/2026 a las 10:09h.

Tramposos siempre hubo. La tentación del atajo y la de sorprender la buena fe del prójimo son poderosas; y la carne humana, débil y proclive ... a la gloria inmerecida. Ahí estaban, y uno aprendía a contar con ellos y las sociedades, con más o menos éxito, procedían al saneamiento de las miserias que sus ardides introducían en las redes de suministro. Lo que quizá deba preocuparnos ahora, y más allá de lo que lo hacían aquellos embaucadores rupestres, es que la trampa se haya injertado en la estructura misma de la realidad, o del modo en que muchos la perciben, la afrontan o la construyen, lo que viene a tener el mismo efecto. Quien simula conocer lo que no sabe, poder lo que no puede y ser lo que no es defrauda al resto, pero sobre todo se defrauda, entorpece, perjudica, malbarata e incluso se aniquila a sí mismo.

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Honradez académica

Copiar en los exámenes es más viejo que la tos. He sido alumno y docente, y la óptica con la que se ve es totalmente distinta. No fui mucho de copiar, era de la idea que 'estudiante' significa 'el que estudia antes'. Como docente no resultaba agradable vigilar, y los movimientos y expresiones delataban a los examinados. Ahora, durante la PAU, se han hecho muchas advertencias: los métodos de copiar han evolucionado con las nuevas tecnologías: grabación de audios, documentos en el móvil, pinganillos, cámaras ocultas y... la 'infalible' IA. Coincido con el Papa al calificar de 'tecnofascismo' esta era. Me gusta este vocablo. Entiendo que los jóvenes se juegan mucho y están presionados con la nota de corte, pero el fin no puede justificar estos medios. Así no saneamos la sociedad; la deshonestidad evoluciona y progresa significativamente y puede comprometer el aprendizaje y desarrollo personal. La integridad académica es esencial para el crecimiento personal y profesional. La sinceridad es una virtud: como tal, hay que fomentarla y crearemos un entorno seguro. Padres, hay que estimular a los hijos en esta virtud y que ellos mismos reconozcan su valor. Nosotros debemos predicar con el ejemplo y lograr que lo vean, lo sientan; si no, son palabras vanas que se lleva el viento. | Mariano Aguas Jáuregui.  Zaragoza

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Pintar rápido, pintar despacio

El trazo, irregular en el primer contacto con el mar, desveló el secreto que aquella realidad escondía. Hay amaneceres que pintan colores nuevos en la mente de los hombres y hay hombres que se pasan la vida tratando de devolverlos. Lobo –como yo lo llamaba– era uno de esos hombres. Podías ver en sus ojos lo infinito del tiempo. La madera de la que estaban hechos sus sueños yacía tan podrida como sus dientes. En su mochila, una manera de entender. Recuperé el lienzo de su última mirada, que flotaba a mis pies. El pincel que había utilizado rebosaba amarillo cadmio, aún húmedo. Él, lejos de la superficie, se despedía de un mundo que lo había rechazado, pero al que amaba como a ninguna otra cosa. Adiós, Lobo. | Daniel Condado. Pola de Siero (Asturias)

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Despacito y buena letra

Este fin de semana fui a comer con mis padres de 93 años y mi hermana a un restaurante. Nos atendió un camarero que, con su forma de actuar, convirtió su trabajo en una verdadera escuela de saber estar con los demás. Servía con profesionalidad, sí, pero también con algo mucho más importante: buen humor, amabilidad, respeto por las personas mayores y una atención sincera hacia quien tenía delante. Sabía empatizar: no solo llevaba platos; parecía mirar a las personas de verdad. Levantaba la cabeza, miraba a los ojos y entendía cuándo alguien necesitaba una palabra amable, paciencia o simplemente sentirse visto. De él aprendí algo que hoy olvidamos con demasiada facilidad: que no hay que ir tan deprisa. Que la aceleración constante y el querer hacer mil cosas a la vez termina por alejarnos de lo esencial. Me enseñó a priorizar las necesidades de quienes tenemos alrededor, a no perderme en la prisa ni en la obligación permanente de dar resultados o rendir cuentas. Aprendí que lo importante sigue siendo hacer las cosas con cariño, dar el tiempo que necesita nuestra gente, los que tenemos al lado. Pienso que, para eso, lo primero es ir «despacito y con buena letra, el hacer las cosas bien importa más que el hacerlas», como decía Antonio Machado. La verdadera educación no está solo en los libros, sino también en el ejemplo de esas personas sencillas que dignifican su oficio tratando de hacer la vida un poco más alegre a los demás, porque saben escuchar, mirar, hacer de su vida un don para los demás. Ojalá hubiera más gente así. El mundo sería aparentemente menos eficiente, quizá, pero mucho más humano y divertido. | Ernesto López-Barajas González. Valladolid.

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Hartazgo, por no decir otra cosa

¿A usted no le pasa? Todos los días nos desayunamos noticias sobre el comportamiento de nuestros políticos robando, ridiculizando al contrario, mintiendo, justificándose, excusándose... en fin, que con ellos no va la cosa, pero siguen ahí, sacando partido de sus posiciones y contactos acumulados con el tiempo para poco a poco hacer que caigamos, por puro aburrimiento, en una especie de hartazgo porque cada día es igual al anterior y el horizonte no parece muy esperanzador. Claramente interesa mantenernos como adormilados, como ausentes, como cansados y vamos cada día a la fila del paro, o los más afortunados a nuestros trabajos, pensando ¿seré yo que estoy harto de todo esto? ¿A usted no le pasa? | Angela B. P. Madrid.

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LA CARTA DE LA SEMANA

¿Por qué la he elegido…? Porque nada como la continuidad de las pequeñas cosas nos acerca a la verdad de nuestra condición.

A las siete y cuarto.

Te levantas pronto. No has aprendido a saberte jubilado. Tu cuerpo insiste en la puntualidad. A las siete y cuarto, en la cocina, miras la cápsula de café. Pensabas que la jubilación tendría música de violines y paseos bajo árboles perfectos. Pero no. Sales. Descubres la calle llena de ancianos. Antes no los veías. Vuelves. Te sientas con el móvil. Ya no lees las noticias. Se suceden las esquelas de conocidos y haces cálculos rápidos y absurdos. Sin saber por qué, abres un cajón y encuentras una tarjeta antigua de la empresa. Tu nombre. Tu cargo. La sostienes. Ya no haces falta en ninguna reunión. Entonces suena el teléfono: tu hijo. No necesita nada. Solo saber si viste el partido anoche. Y, mientras hablas de un penalti dudoso y un delantero acabado, notas que el mundo aún cuenta contigo para pequeñas cosas inútiles, pero esenciales.

José Sánchez Sereno. Bembibre (León)

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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