Mi equipo ha subido a Primera y la alegría colectiva es algo más que un furor: es pertenencia
Regala esta noticia Añádenos en Google Los jugadores y el cuerpo técnico del Racing de Santander, a su llegada este domingo a los campos de Sport de El Sardinero tras la rúa por las calles de Santander para celebrar el ascenso a Primera División después de 14 años. (Pedro Puente (EFE))Marta San Miguel
20/05/2026 Actualizado 21/05/2026 - 00:02h.La pregunta suele rondar allá por Nochevieja, cuando al cabo de unos días de comer las uvas, uno sigue recibiendo ese mensaje magnánimo y evocador ... que le desea lo mejor para el nuevo año. ¿Acaso no han dudado en qué momento hay que dejar de decirlo? Cada enero me pregunto cuándo dura esa bonhomía, la alegría, la flexible relación con el porvenir. A veces, cuando las rebajas de enero ya conviven con la nueva temporada, aún nos decimos al cruzarnos en el probador eso de 'feliz año nuevo'. Y lo curioso es que no resulta extraño. Es hermoso dedicarse un buen deseo bajo esa luz humillante de los probadores, pero el misterio está en cómo apagamos ese deseo y damos paso a lo siguiente, a este hoy, en pleno mes de mayo, prefacio de verano. ¿En qué momento dejamos de celebrar, en qué momento asumimos lo que nos ha pasado y se incorpora a la cotidianidad hasta que pierde su brillo?
Estos días, si estuvieran en Cantabria, verían que en las fachadas de los edificios están tendidas las banderas del equipo con un orgullo comparable a los días de Mundial; en coche, los claxon suenan cuando un peatón o una decena lleva puesta alguna de las muchas camisetas del Racing que el nuevo equipo se ha encargado de poner en circulación en una tienda que ahora es lugar obligado de peregrinaje para aficionados o visitantes. La ciudad se pasó el sábado y el domingo celebrando la victoria por las calles; las pastillas para calmar la afonía pasan de mano en mano, y cuentan los que estuvieron allí, en el estadio de El Sardinero, que nunca habían visto llorar a tanta gente. Y no de pena o de alegría, sino de algo más complejo de definir, entre el desahogo y la paz.
¿Cuánto dura la alegría, y sobre todo, qué hacemos con ella cuando necesariamente se disipa y deja paso a algo reposado, melancólico? Me pregunto en qué momento dejaremos de celebrar algo así, si volverá la normalidad o caminaremos un palmo por encima del suelo durante unos meses más. En qué momento resultará raro llevar la camiseta del equipo en una reunión de trabajo; cuándo me quitaré la pulsera con la superstición intacta de que, si no se rompe mientras la uso, es que el equipo subirá; cuándo dejaremos de mandar emojis verdes en cada mensaje; cuándo asumiremos la envergadura de lo que ha pasado. Porque cuando eso suceda, quizá dejemos de celebrar, pero en su lugar queda la pertenencia, grabada en la memoria como el mejor de los aprendizajes.
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