1. Lo peor de la final del Mundial de fútbol se produjo fuera del campo. En concreto, en distintas localidades del País Vasco y Navarra, donde varios aficionados de la selección fueron agredidos por nacionalistas radicales vascos. Unas agresiones que no respondían a otra "provocación" que la de vestir la camiseta de España o estar viendo el partido. Este tipo de escuadrismo siempre retrata, en primer lugar, la enfermedad moral de los individuos que participan en él. Pero, en este caso, también expone un rasgo lamentablemente arraigado en los sectores más radicales del nacionalismo vasco: no es que ellos no se sientan españoles, es que no toleran que otros sí se identifiquen con España. Y están dispuestos a imponer su intolerancia mediante la violencia. No solo la violencia simbólica, discursiva y posmoderna de la que tanto se habla en el análisis contemporáneo. No, aquí hablamos de la violencia-violencia. La de su puño contra tu cara.
Los dos grandes partidos del nacionalismo vasco, PNV y Bildu, han condenado las agresiones. ¿Debe esto cerrar la reflexión sobre lo ocurrido? Llama la atención qué episodios merecen comentario y análisis por parte del discurso oficialista y cuáles no. No es muy arriesgado suponer que, si militantes de Vox hubiesen realizado agresiones parecidas, estas habrían sido denunciadas como un síntoma de lo que ocurre cuando los discursos "de extrema derecha" se "normalizan". Las agresiones habrían sido leídas como la demostración de un problema social, cultural y sobre todo político. Aquí, sin embargo, no se aprecia un problema mayor. Las agresiones no obligan a preguntar qué elementos del nacionalismo radical vasco o de sus organizaciones actuales pueden conducir a este odio. Ya ocurrió cuando se intentó convencer a la opinión pública de que la agresión a los guardias civiles de Alsasua fue "una pelea de bar". Advierten contra la normalización del odio quienes dan por hecho que determinados odios forman parte del paisaje.
2. Uno puede valorar el elemento ritual y protocolario de las instituciones, incluso en su vertiente más anodina. Uno puede, al mismo tiempo, preguntarse qué necesidad había de que los jugadores de la selección debieran pasar primero por Zarzuela y por Moncloa antes de poder celebrar el título junto a decenas de miles de aficionados por las calles de Madrid. Cabe preguntarlo, sobre todo, cuando los Reyes y el presidente del Gobierno ya tuvieron el privilegio de asistir a la final y -en el caso del monarca- de felicitar personalmente a los jugadores. Si era imprescindible una recepción oficial, ¿no podía hacerse unos días después, e impedir así la demora en la celebración popular? Por decirlo con vocabulario orteguiano, hay momentos para la España oficial, y hay momentos para la España vital.
3. Bergareche publicaba ayer unas reflexiones interesantes en este diario sobre la falta de letra de nuestra Marcha Real. Efectivamente, deberíamos dejar de ver esto como una tara, una anomalía de la que avergonzarnos. Y no solo porque nos permita rehuir las estridencias y cursilerías decimonónicas de muchos otros himnos, o porque actúe como un lienzo en blanco para las muchas formas de sentirse español. Un país que estuviese más seguro de sí mismo podría verlo como una nota simpática y original, una excentricidad inofensiva, algo ligero con lo que bromear. Ante el dramatismo de quienes sostienen que no puede ser que seamos los únicos sin letra en nuestro himno, esta España debería decir: "¿Y por qué no?".