El problema de los errores de Feijóo es que exhiben una ansiedad por llegar al poder que erosiona su credibilidad
Regala esta noticia Añádenos en Google El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo. (Efe)Alberto Surio
12/07/2026 a las 00:17h.España es una trinchera este verano de 2026. La discusión acalorada se ha convertido en un deporte de riesgo donde se miden no las propuestas, ... sino la capacidad de resistencia al impacto. El diagnóstico de la situación nos deja un panorama donde la supervivencia de Pedro Sánchez ya no depende de su legendario 'manual de resistencia', sino de una carambola cósmica. Fiar el futuro del bloque progresista a que Gabriel Rufián obre un milagro es un ejercicio de puro voluntarismo: una fantasía tan desesperada como entretenida de observar en el tablero de las mil contradicciones.
El 'factor Cataluña' y la variable Vox se alternan a la hora de describir los obstáculos en la carrera. Mientras Vox crece como la espuma -un síntoma de cómo la sociedad anestesia los discursos reaccionarios-, los catalanes experimentan su propio giro de guion. Pese a la evidente distensión que ha logrado Salvador Illa al frente de la Generalitat, el espectacular ascenso de Aliança Catalana demuestra que el extremismo identitario y el discurso antiinmigración constituyen una coctelera venenosa que prende con pasmosa facilidad sobre el prejuicio. Un bumerán que siempre vuelve, tiñendo el mapa catalán de un color que debería encender bastantes alarmas.
Al mismo tiempo Sánchez sobrevive en el alambre internacional mientras el suelo doméstico se resquebraja a golpe de titulares judiciales. En el plano exterior, se apunta el enésimo ejercicio de equilibrismo sanchista en la cumbre de la OTAN en Turquía: la 'redención' ante Donald Trump. Pasar de ser acusado de desleal a estrechar la mano del magnate es el pan de cada día en una geopolítica que ha sustituido el decoro por las bravuconadas. Trump insulta un lunes por los costes de la OTAN y bendice un martes. No es diplomacia, es un 'reality show' globalizado, pero en el que Sánchez siempre consigue un pase para la siguiente ronda.
A este escenario se suma el despropósito del último frente abierto por la Iglesia. El nuevo enfrentamiento entre el presidente de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello, y el Ejecutivo rompe abruptamente la buena sintonía exhibida durante la reciente visita papal. Argüello ha vuelto a hacer gala de una alarmante incontinencia retórica al calificar al Gobierno de «banda de ladrones». Aunque luego se escudara en que sus palabras fueron malinterpretadas, semejante exceso verbal es injustificable para su cargo. La respuesta del ministro Félix Bolaños -afirmando que sería equivalente a llamarlos a ellos «banda de agresores sexuales»- completa un choque institucional tan evitable como lamentable, espoleado por la irresponsabilidad del prelado en un momento político de alta tensión.
Mientras tanto, la oposición se empeña en recordarnos que en la política española nadie gana por méritos propios, sino por los errores no forzados del rival. Lo de Alberto Núñez Feijóo empieza a parecer un sabotaje interno diseñado por él mismo. Cuando el líder del PP tenía la alfombra roja para desgastar al Gobierno con la corrupción, decide abrir el melón del absentismo laboral calificando las bajas médicas de «cáncer». Confundir un debate económico estructural con una ofensa directa a los trabajadores denota una ligereza preocupante, manifestación física de la ansiedad política.
La derecha lleva matando políticamente a Sánchez desde que llegó a la Moncloa. Sin embargo, con patinazos de este calibre, el PP demuestra que su peor enemigo no es la resistencia del presidente, sino su propia prisa por mudarse. Al final, entre milagros independentistas, Trump, exabruptos episcopales y metáforas médicas desafortunadas, la política española sigue más abierta de lo que parece.
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