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Trump desconcierta en la OTAN al dar por muerto el acuerdo con Irán mientras defiende a Erdogan frente a Netanyahu

Trump desconcierta en la OTAN al dar por muerto el acuerdo con Irán mientras defiende a Erdogan frente a Netanyahu
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Trump cierra la cumbre de Ankara del lado de Erdogan, da por muerta bajo las bombas la tregua con Irán y ordena cortar el comercio con España, dejando a los aliados sin saber quién es amigo y quién enemigo. Más información: Rutte proclama el "tremendo éxito" de la cumbre de Ankara pese a los ataques de Trump a España y a otros aliados

Mark Rutte, Donald Trump y Recep Tayyip Erdoğan, en la cumbre de la OTAN en Ankara. Umit Bektas Reuters

Oriente Próximo Trump desconcierta en la OTAN al dar por muerto el acuerdo con Irán mientras defiende a Erdogan frente a Netanyahu

Trump cierra la cumbre de Ankara del lado de Erdogan, da por muerta bajo las bombas la tregua con Irán y ordena cortar el comercio con España, dejando a los aliados sin saber quién es amigo y quién enemigo.

Más información:Rutte proclama el "tremendo éxito" de la cumbre de Ankara pese a los ataques de Trump a España y a otros aliados

Publicada 9 julio 2026 02:41h Las claves

Las claves Generado con IA

Donald Trump tiene la costumbre de confundir a los países con sus líderes y, así, va cambiando de estrategia y alterando las alianzas geopolíticas solo según le caiga bien o mal determinado mandatario.

La cumbre de la OTAN de Ankara, que él mismo confesó que no habría pisado de no organizarla su "amigo" Recep Tayyip Erdoğan, ha sido la enésima prueba de ese método sentimental de hacer política exterior.

Porque, más que una reunión de la Alianza, lo que se ha visto en el complejo de Beştepe ha sido la coronación del anfitrión: Trump lo colmó de elogios y, sobre todo, deslizó una frase que ha tenido que escocer en Jerusalén: "Turquía ha sido mucho más leal que otros países".

Rutte proclama el "tremendo éxito" de la cumbre de Ankara pese a los ataques de Trump a España y a otros aliados

De las palabras, además, pasó a los hechos.

El presidente anunció que "consideraría" readmitir a Ankara en el programa de los cazas F-35 y venderle los motores para sus aviones —un contrato de unos 700 millones y un viejo anhelo turco vetado desde 2019 por la compra de los misiles rusos S-400—, pasando por encima tanto de las objeciones del Congreso como de la campaña expresa de Israel para impedirlo.

Ya puestos, aprovechó la escala para reunirse con el sirio Ahmed al-Sharaa, el antiguo yihadista reconvertido en gobernante que orbita en la esfera de Ankara, tras la cual insinuó que sacará a Damasco de la lista de patrocinadores del terrorismo.

El contraste con el exterior del complejo de reuniones no pudo ser mayor. Mientras Trump ungía a Erdoğan como aliado modélico, la capital turca amanecía blindada por una prohibición de manifestaciones y con cientos de detenidos, en pleno pulso del régimen contra la disidencia.

Poco importó: el estadounidense, que presume de haber evitado que Turquía entrara en la guerra del lado iraní, encontró en su anfitrión el reflejo que busca en cada cumbre, el del hombre fuerte que gobierna sin contrapesos. Y con esa vara de medir, el resto de socios europeos parte siempre en desventaja.

Erdoğan no es Turquía

Ahora bien, Erdoğan no es Turquía, ni las políticas de Ankara se agotan en agradar a Washington. Turquía es una potencia cada vez más asertiva, con una relación fluida con Irán y Catar —los tres principales valedores de Hamás, a la que Ankara y Doha dan cobijo político mientras Teherán la arma— y una pésima con Israel, con quien encadena desencuentros desde la guerra de Gaza.

No en vano, el propio Erdoğan advirtió días atrás contra los intentos israelíes de "dinamitar" el acuerdo entre Estados Unidos e Irán. Es, en definitiva, todo lo contrario de un peón dócil.

De ahí lo llamativo de la jugada de Trump, que parece capaz de enemistarse a la vez con casi todos.

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, recibe al presidente de EEUU, Donald Trump, en el aeropuerto de Ankara. Dogukan Keskinkilic Reuters

Para empezar, con Irán: dio por muerto el memorando que él mismo firmó en Versalles el 17 de junio —"se acabó", "son escoria", "es perder el tiempo", soltó sobre el régimen, dinamitando de paso el plazo de sesenta días que debía derivar en un pacto nuclear antes de agosto—; y descargó más de ochenta ataques sobre posiciones iraníes después de que Teherán bombardeara tres petroleros en Ormuz.

Irán ya ha advertido de que responderá "como estime necesario", mientras el presidente resucita esa promesa de "acabar el trabajo" que ha repetido tantas veces que ya resulta muy difícil de creer. Lo curioso es que, al golpear a Irán, golpea también, de rebote, a su aliado turco, como si la contradicción no fuera evidente.

Y luego está Benjamin Netanyahu. Trump no lo insultó —lo definió incluso como "un magnífico primer ministro en tiempos de guerra"—, pero lo humilló donde más duele: respaldando la venta de los F-35 a Erdoğan justo cuando el israelí había hecho campaña en la televisión estadounidense para suplicar que no se los vendieran.

La comparación llega, además, en el peor momento para Bibi, en plena precampaña de unas elecciones que se celebran en octubre, con el acuerdo iraní ya interpretado en casa como un fiasco de seguridad y con el general Eisenkot pisándole los talones en las encuestas.

El desafecto de Trump supone una enorme herida electoral: solo un 28% de los israelíes cree ya que el republicano priorice la seguridad de su país, un mínimo histórico.

Rutte, el secretario que aplaude

No acaban ahí las sorpresas. Fiel a su libreto, Trump dedicó buena parte de su estancia en Ankara a reprender a sus socios y a desenterrar viejas afrentas: tildó a la OTAN de "tigre de papel", repitió que la relación "no es recíproca" y que los aliados "no estuvieron ahí" cuando los necesitó.

Aparte, reactivó su reclamación sobre Groenlandia y calificó a España —el aliado que más abiertamente se ha resistido al objetivo del 5% del PIB— de "socio terrible" que "ni paga ni participa", antes de ordenar a su secretario del Tesoro que corte "todo el comercio" con Madrid, "incluidas las visitas".

Los aliados europeos sacarán músculo en Ankara con su aumento del gasto en defensa frente a las críticas de Trump

La escena, en plena rueda de prensa junto a Mark Rutte, dinamitó la unidad que los europeos habían intentado escenificar a golpe de anuncios millonarios en compras de armas.

Frente a ese vendaval, la actitud de Rutte ha sido objeto de duras críticas por su complacencia. El secretario general jaleó el llamado "billón de Trump", celebró los bombardeos nocturnos sobre Irán como "absolutamente necesarios" y hasta le dio la razón sobre Groenlandia.

El momento más tenso lo protagonizaron varios periodistas daneses, entre ellos Lisa Hessellund, de la TV 2, que le afeó en rueda de prensa no intervenir cuando un aliado amenazaba con anexionarse el territorio de otro —"cosas que solemos oír de Rusia", le dijo—.

Rutte se refugió en que prefería "centrarse en la defensa del Ártico", y despachó el malestar de Trump con los aliados por la guerra de Irán como simples "casos aislados". Ha hecho de escurrir el bulto un verdadero arte.

El problema para Trump es que la adulación rinde cada vez menos. Son más los socios que se cansan del ritual de contentarle, sobre todo porque la única concesión tangible de la cumbre —la autorización para que Ucrania fabrique sus propios misiles Patriot— choca con el hecho de que Estados Unidos no pondrá un euro de los 70.000 millones de ayuda a Kiev.

Aparte, Trump sigue retirando tropas de Europa y ha congelado de facto su propia mediación de paz. La deferencia compra aplausos, no compromisos; y el compromiso que los europeos reclaman con Ucrania es, precisamente, el que Trump no piensa asumir.

Amigos y enemigos intercambiables

En el fondo, todo esto retrata a una superpotencia que ya no sabe quiénes son sus aliados y quiénes sus enemigos o, más exactamente, que los intercambia según el día y el humor que le inspire cada mandatario.

El Gobierno islamista de Turquía le parece de fiar; el de la conservadora y católica Giorgia Meloni, que fue casi un alma gemela ideológica, le incomoda hasta el punto de haberla ridiculizado con una foto y la leyenda "hace falta una orden de alejamiento".

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en la rueda de prensa junto a António Costa y Ursula von der Leyen durante el Foro de la Industria de Defensa de la OTAN, en Ankara. GEORGI LICOVSKI EFE

Todo forma parte de un largo rifirrafe que ha enfrentado a los dos líderes, primero a colación de las reticencias italianas a ceder sus bases para atacar Irán; después, por las críticas de MAGA al pontífice León XIV y, por último, cuando Trump presumió de que la primera ministra italiana le había "suplicado" una foto durante la última reunión del G7. "Ni yo ni Italia suplicamos jamás", zanjó ella.

Estos cambios de humor no se quedan aquí: los líderes del "nuevo" Irán posterior a Alí Jamenei dijeron querer la paz, se les ofreció en Versalles y ahora, de pronto, "no merece la pena negociar con ellos".

Netanyahu fue el socio imprescindible de la operación Furia Épica —él la reclamó, él aportó la inteligencia decisiva— y hoy es un incordio que no sabe cuál es su sitio. No hay estrategia que sostenga ese vaivén: hay estados de ánimo. Y una alianza no puede planificar su seguridad riéndole las gracias al amigo americano por mucho que Rutte se empeñe a conciencia.

El gran perdedor es EEUU

Lo curioso es que, con este panorama, el principal damnificado no es ninguno de los países mencionados, sino el propio Estados Unidos, porque todos ellos, digan lo que digan sus líderes, han demostrado que saben resistir por su cuenta.

Europa da un paso al frente en su aportación a la OTAN mientras Trump incendia la cumbre con Groenlandia e Irán

Europa ha frenado en buena medida la amenaza rusa sobre Ucrania; Israel sigue ocupando Gaza y el sur del Líbano ignorando las negociaciones de Jared Kushner y Steve Witkoff; Turquía seguirá apoyando a Irán en lo que pueda y, a su vez, el régimen de los ayatolás, que ha sobrevivido a la decapitación de Jamenei con un liderazgo aún más duro, conserva la mitad de sus lanzaderas de misiles, seguirá ignorando cada amenaza de Washington. Amenazar sin cumplir después, ya se sabe, solo enseña al adversario a esperar.

Lo más paradójico es que su propia presión acelera aquello que más le debilita.

Al exigir que Europa gaste y se defienda sola, al retirar tropas y al tratar a cada aliado como a un moroso, Trump empuja a la Alianza hacia una OTAN "más europea" y menos pendiente de Washington: "La respuesta a todo lo que plantea el presidente es construir nuestra propia OTAN, y es lo que estamos haciendo en Ankara", resumía con sorna un diplomático europeo.

La guerra de Irán, que le ha costado unos 25.000 millones y ha vaciado arsenales que tardarán años en reponerse, no ha hecho sino subrayar esas limitaciones, mientras China observa impertérrita y sin mover ficha.

Trump, como Nerón, ha decidido incendiar Roma y contempla satisfecho cómo arde, pensando ya en todos los edificios nuevos que podrá construir en su lugar.

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