El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, comparece desde el Despacho Oval. Aaron Schwartz Reuters
Oriente Próximo Trump ignora las violaciones del alto el fuego de Irán y envía a sus emisarios a renegociar en Catar la reapertura de OrmuzWitkoff y Kushner viajan a Doha para reabrir las conversaciones con la República Islámica, que se prepara para cobrar 6.000 millones en activos congelados.
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Guillermo Ortiz Publicada 30 junio 2026 03:48h Las clavesLas claves Generado con IA
Donald Trump anunció en la madrugada del lunes una nueva ronda negociadora con Irán: "IRÁN HA SOLICITADO UNA REUNIÓN. SE CELEBRARÁ MAÑANA EN DOHA", afirmó en su red social, Truth, con esa grafía en mayúsculas que no entiende de matices.
Karoline Leavitt, portavoz de la Casa Blanca, confirmó horas más tarde en el programa Fox & Friends que los emisarios designados serían los habituales: el enviado especial Steve Witkoff y el yerno del presidente, Jared Kushner, quienes ya pilotaron las conversaciones del memorando de entendimiento firmado el 17 de junio.
Esta vez, la mesa la compartirán con el presidente del Parlamento iraní, Mohamed Baqer Qalibaf, y con el ministro de Exteriores, Abbás Araqchi, bajo mediación de Catar y Pakistán.
Trump denuncia la "violación estúpida" del alto el fuego tras un ataque con drones de Irán contra un buque en OrmuzLa reunión tiene un cierto aire de coreografía diplomática improvisada. Apenas unas horas antes del anuncio presidencial, el viceministro iraní, Kazem Qaribabadi, había negado a la agencia Tasnim que existiera reunión alguna programada en Doha.
Es decir, Trump primero anuncia algo que Irán desmiente al instante, y Teherán —tras la presión catarí— termina por confirmarlo. No es un detalle menor: estas variaciones de un minuto al siguiente hacen que la desconfianza en torno a las negociaciones crezca en el resto del mundo, dificultando un esfuerzo coordinado en torno al estrecho de Ormuz.
Esta sensación de improvisación y urgencia responde a un motivo claro: los mercados. Trump publicó este mismo lunes, también en Truth Social, una entusiasta felicitación por "la caída de los precios del petróleo a niveles previos al inicio de la guerra con Irán".
El presidente necesita que el barril siga bajando, que el surtidor en los estados del Medio Oeste deje de ser motivo de alarma y que el votante republicano recupere la sensación de orden. La reunión de Doha, anunciada en mayúsculas, es, por supuesto, una iniciativa diplomática… pero también forma parte de una operación de gestión de las expectativas internas.
Mohammad Baqer Qalibaf, presidente del Parlamento de Irán. IRNA
El día de la marmota
Con todo, la realidad sobre el terreno es muy distinta de la que sugiere el post presidencial. Durante el fin de semana, las fuerzas iraníes atacaron con drones suicidas al menos dos buques en el estrecho: el jueves, un portacontenedores; el sábado, un superpetrolero panameño, el M/T Kiku, con dos millones de barriles de crudo catarí.
A su vez, el centro de mando estadounidense, CENTCOM, respondió con bombardeos sobre diez objetivos militares iraníes en la zona del estrecho.
El domingo, Irán atacó territorio de Baréin y de Kuwait con misiles y drones, en lo que constituye —en cuestión de 72 horas— la mayor escalada desde la firma del memorando del 17 de junio.
Trump amenazó con "completar militarmente el trabajo que tan exitosamente comenzamos" si Teherán seguía "sin ser razonable". Luego, anunció la reunión en Doha.
El piloto de EEUU que sobrevivió a dos derribos de su caza en Irán vio un enjambre de drones "con forma de medusa"La sensación es de estar reviviendo constantemente el cinematográfico día de la marmota. Cada vez que se anuncia un avance "significativo" —el memorando del 17 de junio, la hoja de ruta de Lucerna acordada el lunes pasado, la reapertura formal del estrecho a finales de la semana pasada, etc.—, una nueva ronda de ataques lo desmonta en cuestión de horas.
Sin embargo, ni Trump ni su Administración están dispuestos a salirse de la hoja de ruta que han marcado: paz cuanto antes, vendida como gran victoria, aunque dicho triunfo consista esencialmente en seguir negociando indefinidamente.
El Trump que el 28 de febrero anunciaba el inicio de la operación 'Furia Épica' con el dedo en alto y promesas de cambio de régimen ha desaparecido del paisaje.
Reconocerlo, claro, sería políticamente devastador. La Casa Blanca no puede admitir que su campaña militar —tres meses de bombardeos, instalaciones nucleares destruidas, el líder supremo Alí Jamenei muerto, su hijo y heredero Mojtaba Jamenei, aislado en algún búnker— no ha conseguido eliminar el programa nuclear iraní, no ha doblegado al régimen y no ha despejado el estrecho.
Irán mantiene intacta la mitad de su capacidad misilística, la recién creada Persian Gulf Strait Authority operativa, una Guardia Revolucionaria desafiante, y la voluntad de seguir cobrando peajes —formales o bajo cuerda— por cada barco que cruce sus aguas. Mucho más fácil, ante este panorama, seguir anunciando reuniones.
La pequeña victoria petrolera
Hay, eso sí, una buena noticia para Trump. El barril de Brent cotizaba este lunes en torno a los 73,20 dólares, una caída de más del diez por ciento en una sola semana y el nivel más bajo desde el 27 de febrero, justo el día anterior al inicio de la guerra.
El WTI (West Texas Intermediate), referencia estadounidense, cerró el viernes por debajo de los 70 dólares por primera vez desde la misma fecha.
La burbuja bélica —que llevó al Brent a superar los 120 dólares en marzo— se ha desinflado en cuestión de tres semanas. La petrolera Saudi Aramco ha empezado a cargar tanques en Ras Tanura. El mercado, en apariencia, vuelve a la normalidad.
Estrecho de Ormuz. Reuters
Pero el dato del precio engaña. El tráfico real por el estrecho no se ha recuperado al nivel previo a la guerra. Datos de AXSMarine y Marine Traffic indican que, aunque el jueves pasado fue el día con más tránsito desde abril, el viernes pasaron apenas doce buques —cinco petroleros y siete cargueros—, frente a los 110 buques diarios de media en condiciones normales.
Es decir, alrededor de un setenta por ciento del comercio sigue paralizado.
El centro de operaciones británico UK Maritime Trade rebajó la semana pasada el nivel de amenaza marítima en la zona de "severo" a "moderado", pero los armadores siguen siendo extremadamente cautos: cientos de buques permanecen varados en el Golfo Pérsico, sin asegurador dispuesto a cubrir su tránsito mientras Irán siga atacando navíos comerciales.
La consecuencia para el ciudadano europeo es doble. Por un lado, sí: la presión en el surtidor se relaja y los hogares verán cierto alivio en la próxima factura del gas. Por otro, la disrupción logística persiste y empieza a notarse en cadenas de suministro de productos químicos, fertilizantes y bienes industriales que dependen del corredor del Índico.
Las advertencias de la Agencia Internacional de la Energía son claras: el regreso al tráfico preconflicto no se espera hasta principios de 2027 en el mejor de los escenarios. En otras palabras, el sistema global de comercio marítimo sigue funcionando a tres cuartos de su capacidad.
Macron negocia con Omán
Donde la fórmula de Trump no convence en absoluto es en Tel Aviv. Benjamín Netanyahu, que el lunes pasado se vio acorralado en una rueda de prensa en la que reconoció que "con acuerdo o sin acuerdo" seguiría luchando contra el programa nuclear iraní, encara las elecciones israelíes de octubre con la sensación, real, de haber perdido la guerra.
Yair Golan, líder de la oposición de centroizquierda, así lo afirmó, sin rodeos, en su cuenta de X: "Trump firma un acuerdo que canaliza miles de millones al régimen de los ayatolás, deja la infraestructura nuclear intacta, preserva la amenaza balística tal y como estaba y le lanza un salvavidas al régimen asesino de Teherán".
El propio Naftali Bennett, ex primer ministro y candidato emergente, añadió: "El mandato de este Gobierno empezó con una guerra civil, continuó con la masacre del 7 de octubre, y ahora termina con un fracaso histórico en Irán". Los miles de millones ya tienen, por cierto, una cifra concreta y un calendario.
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Ronen Zvulun Reuters
El presidente iraní, Masud Pezeshkian, anunció este mismo lunes que tras el acuerdo se liberarán 6.000 de los 12.000 millones de dólares en activos iraníes congelados en Catar, que serán devueltos a Teherán en dos tramos, según informaron los medios estatales iraníes.
Pezeshkian calificó el memorando, que incluye el levantamiento parcial de sanciones para los sectores petrolero y petroquímico, como "una gran victoria para el pueblo iraní".
Una fuente citada por Reuters precisa que Doha y Teherán están "en la fase final" para acordar los aspectos técnicos del primer desembolso. Lo que para Trump es una negociación abierta, para Pezeshkian es un cobro inminente.
El problema estructural de Israel con el paquete es precisamente ése: Irán negocia todo a la vez —estrecho, fondos, Hezbolá, programa nuclear— y Netanyahu no puede aceptar tantas concesiones por mucho que Trump le apriete.
Los aliados europeos de la OTAN, mientras tanto, intentan colarse en la película como pueden. El presidente francés, Emmanuel Macron, recibió este lunes en el Elíseo al sultán de Omán, Haitham bin Tariq al-Said, y anunció en X que ambos países cooperarán con sus socios para "desminar el estrecho y garantizar un paso libre e incondicional por Ormuz".
Es un movimiento significativo: París se posiciona como interlocutor independiente, vía Mascate, justo el día en que Washington reabre la mesa en Doha sin haber consultado con sus aliados europeos.
El think tank Atlantic Council resumía hace dos semanas el dilema en una frase memorable: Irán no ha cedido nada tangible más que el restablecimiento del paso por Ormuz, y a cambio recibirá fondos descongelados, exenciones de sanciones y el fin del bloqueo naval.
Si el acuerdo se cierra mañana, será una victoria personal para Trump y una derrota colectiva para sus aliados. Si no se cierra, volverán los ultimátums y los nuevos viajes de Witkoff y Kushner. El día de la marmota, como siempre, listo para volver a empezar.