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Adobe Stock. Vivir | Salud mental ¿Trump, Irán y Rusia te quitan el sueño? No eres el único. Se llama ansiedad nuclear y se gestiona asíLas tensiones geopolíticas y las amenazas nucleares también afectan a nuestra salud mental, pero podemos aprender a controlarlo
Sábado, 7 de marzo 2026, 00:22
... amenazas nucleares de unos líderes mundiales contra otros (cuando no es Trump es Macron) y la escalada de la tensión geopolítica acaparan titulares y horas de televisión y radio. Pero también acampan en nuestros cerebros. Y, en general, para nada bueno. El carrusel de mensajes apocalípticos, 24 horas al día, siete días a la semana, no es inocuo. Hablamos, efectivamente, de la ansiedad nuclear, prima hermana de la ansiedad climática, pero que ahora, por razones obvias, está mucho más de actualidad.«La diferencia, en este caso, es que se percibe como algo muy extremo, que además es incierto, porque no sabemos si realmente ocurrirá, y, encima, es muy difícil de controlar porque no depende de nosotros. Eso activa nuestro sistema nervioso y nos hace estar en estado de alerta», señala la especialista, que señala el insomnio, el estado de hipervigilancia, la tensión, la rumiación o la sensación de pérdida de control entre el cuadro de síntomas más habituales.
«Tenemos que saber distinguir entre riesgos reales y riesgos sobredimensionados y no podemos confundir el volumen del miedo con el volumen del riesgo», explica el sociólogo y filósofo de la Universidad de Sevilla Javier Pérez-Jara, que ha estudiado a fondo todo lo que rodea a la amenaza de un apocalipsis nuclear y escribió un libro ('Science and Apocalypse in Bertrand Russell. A Cultural Sociology') junto a Lino Camprubí sobre el fenómeno.
«Es difícil encontrar un punto medio entre el escepticismo y la histeria apocalíptica cuando nos movemos en un escenario de incertidumbres, 'fake news' e información distorsionada. Además, el apocalipsis se ha anunciado muchas veces y no ha ocurrido nunca. Eso puede inducir al escepticismo generalizado y el efecto de 'que viene el lobo', y eso también es peligroso», reconoce este experto.
La virtud, como casi siempre, está en el equilibrio. Para alcanzarlo, explica Pérez-Jara, hay que tener en cuenta varios mecanismos culturales y otros psicológicos. Los primeros tienen que ver con la abrumadora cantidad de productos culturales (series, películas, libros…) que tienen el apocalipsis en su epicentro, pero también con la competencia por la atención, siempre acaparada por «lo alarmante, lo negativo y lo peligroso».
Demasiada información
Pero los sesgos psicológicos también tienen su peso. Para empezar, el de disponibilidad («nuestra tendencia a analizar un fenómeno complejo apelando a la primera pieza de información que viene a nuestra mente») o el de negatividad («consiste en prestar más atención cognitiva y emocional a los elementos negativos»). Además, está la llamada apofenia, un fenómeno que se distingue «por buscar patrones de orden en fenómenos aleatorios y caóticos». Es decir, por unir los puntos y, en ocasiones, dejarse arrastrar por las teorías conspirativas. O el error de atribución por el que, a menudo, se percibe a un adversario político como un mal irracional. «China, por ejemplo, es un país muy autoritario, pero lleva décadas demostrando que no están locos», cuenta el profesor para ilustrar este último sesgo. Conocer todos estos condicionantes, opina el experto, ayuda a no dejarse arrastrar por el pánico.
La ansiedad nuclear, además, está directamente relacionada con el consumo compulsivo de noticias. «Eso fomenta el típico bucle por el que, cuanta más información consumimos, más alerta estamos y más información necesitamos para confirmar lo que estamos pensando. El problema no es la preocupación inicial sino todo lo que haces para gestionar la situación», explica Ana Belén Medialdea. No es su única particularidad. «Como hablamos de una amenaza global, no hay una solución a mano. Esa sensación de no poder hacer nada aumenta la sintomatología ansiosa. A la impotencia se le suma la rabia y, a veces, también la culpa cuando pensamos en qué futuro o qué mundo les vamos a dejar a las siguientes generaciones», analiza la especialista.
No debemos confundir el volumen del miedo con el volumen del riesgo
Si a esos síntomas se suman los ataques de pánico o los cambios bruscos de rutina, estaríamos hablando de otra cosa. «Si, por ejemplo, dejas de ir en metro, porque te preocupa sufrir un atentado terrorista, o empiezas a evitar los lugares con mucha gente, porque temes un ataque, quizá sea el momento de buscar ayuda profesional porque, de lo contrario, podemos desarrollar un trastorno de ansiedad muy invalidante», explica la especialista.
Aunque es cierto que, mientras leías este reportaje, la tensión geopolítica no ha desescalado, puedes quedarte con esta reflexión de Javier Pérez-Jara sobre los mecanismos de disuasión para reconquistar cierta paz mental. «Cada década que una potencia no usa su arsenal es más probable que no lo use jamás. El uso de armas nucleares no es imposible, pero sí es muy improbable».
Dos consejos y un truco práctico
Limita el consumo de información «Conviene mantener una higiene informativa y acudir solo a una o dos fuentes fiables, evitando las noches para no fomentar la rumiación», dice Ana Belén Medialdea.
Revisa tus rutinas «Como con cualquier otra ansiedad, busca cosas que te ayuden a relajar el sistema nervioso: sal a andar, haz ejercicio, practica 'mindfulness' o haz alguna actividad que te guste. Esas rutinas son nuestros salvavidas», señala la psicóloga, que recomienda reducir el consumo de cafeína y teína.
Cítate con la preocupación «Elige una hora y un lugar para preocuparte a propósito durante 15 o 20 minutos. De esa forma, redirigimos esos pensamientos a un tiempo y un espacio concretos», recomienda la especialista.
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