El anuncio de Donald Trump de una guerra "casi terminada" ha sido comparado con el "misión cumplida" prematuro de George W. Bush en 2003
EEUU Trump se enfanga en la guerra con Irán reproduciendo errores del pasado y complicándose las elecciones legislativasLa caótica política de comunicación y la frivolidad de Trump al tratar las posibles bajas estadounidenses como "gajes del oficio" hacen que buena parte del movimiento MAGA se vea traicionada y tema que se repitan los errores de la Administración Bush.
Más información: Trump anuncia que no habrá ningún acuerdo con Irán sin una "rendición incondicional" y exige un nuevo líder "aceptable"
Guillermo Ortiz Publicada 11 marzo 2026 02:50hLas claves nuevo Generado con IA
Para entender todo lo que está pasando y lo que puede pasar en Estados Unidos de cara a las elecciones legislativas de noviembre, hay que tener claro desde el principio que el Partido Republicano no es una estructura monolítica, como tampoco lo es el Partido Demócrata, por otro lado.
El éxito del movimiento MAGA en los últimos once años, hasta el punto de llevarse por delante al ala conservadora, al ala neoliberal e incluso al ala populista del Tea Party no se entiende desde la complementación, sino desde la oposición frontal a estos movimientos.
Por ejemplo, cuando le preguntan a Steve Bannon, el gran ideólogo y asesor de Donald Trump durante su primer mandato, quién ha sido el peor presidente de la historia de los Estados Unidos, no dice Joe Biden. Tampoco dice Barack Obama, ni menciona a Bill Clinton.
Su respuesta es "George W. Bush", lo que puede chocar desde la perspectiva ideológica bipartidista española, pero tiene todo el sentido desde lo que es una mentalidad America First.
¿Qué es lo que convierte a los Bush —el padre tampoco les cae demasiado bien— en el enemigo a ojos de la derecha populista?
De entrada, hay una cuestión económica: MAGA es un movimiento con tintes casi falangistas, de exaltación del obrero, del campesino, de la clase baja-media que malvive en la América profunda.
Bush, en cambio, bajó impuestos a los ricos, dio facilidades a las grandes tecnológicas y, a sus ojos, sería el responsable de la inmensa brecha económica entre estadounidenses.
Eso, desde un punto de vista casi teórico. En lo práctico, MAGA recuerda a Bush por sus intervenciones militares en el extranjero.
Comparar la sensación que hay en Estados Unidos respecto a Irak y Afganistán con lo sucedido en los setenta y ochenta respecto a Vietnam tal vez sea mucho decir, pero tampoco anda tan lejos.
America First es America First, nada de aventuras ni de gastos elefantiásicos en la otra punta del mundo para sostener guerras interminables que no benefician al estadounidense medio y además tiene que financiar con sus impuestos.
El problema de los ataúdes
Con su intervención en Irán, Trump ha disparado todos estos traumas.
La idea de una guerra prolongada en Oriente Próximo, con la posibilidad no descartada de enviar tropas para cambiar el régimen vigente y el riesgo de que soldados estadounidenses destinados a las distintas bases de la zona acaben sufriendo ataques terroristas o bombardeos desde Teherán, no sólo horroriza a los simpatizantes del Partido Demócrata, sino a prácticamente todo el movimiento MAGA.
El propio Tucker Carlson, tal vez el altavoz mediático más importante de eso que se da en llamar "trumpismo" lleva semanas culpando a Israel de todo lo que está sucediendo y clamando contra una intervención estadounidense.
Su posición choca, irónicamente, con la de John Bolton, exconsejero de Seguridad Nacional durante la primera Administración Trump, y un claro representante del sector conservador del Partido Republicano.
Trump adora a Carlson y odia a Bolton, pero, sin embargo, ha acabado haciendo lo que el segundo lleva pidiendo al menos desde los años de Obama.
Eso implica un enorme riesgo y en la Casa Blanca lo saben: la portavoz Karoline Leavitt tuvo un agrio enfrentamiento el pasado miércoles con la prestigiosa periodista de CNN, Kaitlan Collins, por el trato que su cadena estaba dando a la operación en Irán y, especialmente, al fallecimiento de seis militares estadounidenses en distintos bombardeos sobre bases e instalaciones norteamericanas en Oriente Próximo.
Leavitt entendía que la prensa solo debería hablar de lo bien que está yendo todo y no centrarse en lo negativo. Es la misma posición que defiende Pete Hegseth, secretario de Defensa, y que también tuvo un rifirrafe dialéctico con Collins en rueda de prensa.
Trump, con cierto desdén, se limitó a constatar que habría muertes, claro, porque en toda guerra hay muertes, tal vez incluso dentro de los propios Estados Unidos.
Comunicación deficiente
El asunto es que cada muerte es un puñetazo en el estómago para esta Administración.
A Trump se le votó, entre otras cosas, para evitar este tipo de derivas intervencionistas. El vicepresidente JD Vance es un convencido del aislacionismo, algo que desde luego no es el secretario de Estado y actual consejero de Seguridad Nacional, Marco Rubio.
Probablemente, ambos se disputen la candidatura del Partido Republicano en las elecciones presidenciales de 2028.
Ese choque de personalidades y de sensibilidades puede costar caro al GOP en las próximas midterms, de ahí que se esté haciendo un sobreesfuerzo por inundar los medios de hipérboles para huir del debate real sobre cuál es el objetivo de la guerra en Irán.
Trump ha renunciado a explicarse ante el Congreso —un Congreso que, a su vez, ha hecho una tristísima dejación de funciones renunciando a su deber de exigir al presidente que rinda cuentas de una decisión tan importante— y no ha considerado necesario dirigirse públicamente a la nación, más allá de un par de vídeos grabados en Mar-a-Lago y difundidos por redes sociales.
Trump y su entorno, por lo tanto, piden fe porque básicamente es lo que les ha funcionado hasta ahora, pero esa fe dependerá de cuántos ataúdes vuelvan a casa envueltos en una bandera… y de que la gente entienda por qué.
En ese sentido, el problema de comunicación es enorme: nadie acaba de explicar por qué Estados Unidos está atacando Irán y, sobre todo, por qué ahora se plantea una larga operación de meses en lugar de unos pocos días o, como mucho, tres o cuatro semanas.
Del Martillo de Medianoche a la Furia épica
Poca gente protestó en Estados Unidos ante la invasión de Afganistán en 2001-2002 porque el 11-S estaba demasiado reciente y encontrar a Osama Bin Laden era una prioridad absoluta.
La guerra de Irak provocó más dudas, pero, de nuevo, se entendía que había una amenaza potencial y, en cualquier caso, la Administración Bush contaba con unos índices de aprobación que le permitían jugársela sin dar demasiadas explicaciones o mentir descaradamente cuando las daba.
No es el caso de Trump.
Su aprobación está en mínimos: desde la Segunda Guerra Mundial, solo él mismo, en su primer mandato, ha estado más cuestionado públicamente.
Aparte, nadie sabe qué es lo que busca en Irán. El pasado mes de junio, tras la operación Martillo de Medianoche, aseguró que el programa nuclear había sido "aniquilado" sin dar prueba ninguna, retando a cualquiera que afirmara lo contrario.
Tan sólo unos meses después, resultaba que ese programa nuclear que en principio ya no estaba operativo volvía a ser una amenaza.
De ahí las negociaciones en Doha y en Ginebra, a las que mandó, como siempre, a dos negociadores inexpertos en estas cuestiones como Steve Witkoff y Jared Kushner.
Lo que parecía centrarse en la capacidad de Irán para construir un arma nuclear se ha convertido ahora en otra cosa: la necesidad de un cambio de régimen… y de que ese nuevo régimen esté tutelado por el propio Trump, algo prácticamente imposible sin una invasión terrestre.
¿Hacia un Congreso demócrata?
La amenaza nuclear es fácil de entender, pero la parte del cambio de régimen no la apoya ni el mencionado John Bolton. No es que le guste el actual, ni mucho menos, pero entiende que los iraníes deben elegir su gobierno y, sobre todo, que, cuanto más lejos que Estados Unidos esté de "administrar" países de Oriente Próximo como hizo en Irak y Afganistán, mejor para los propios estadounidenses.
Tampoco ayuda que cada secretario del gabinete, asesor, amigo personal, etc. salga a los medios a dar su opinión sobre el asunto.
El hecho de que Trump no sea capaz ni de explicar su estrategia, ni de concretar los riesgos que supone la intervención para sus ciudadanos y que trate las posibles muertes de estadounidenses como "gajes del oficio" no va a ayudar a mejorar su imagen.
De cara a noviembre, todo el mundo da por hecho que los demócratas van a recuperar el control de la Cámara de Representantes, pero, si la cosa se pone realmente mal, podrían incluso ganar en el Senado.
Eso, obviamente, en el caso de que haya elecciones y que estas no estén manipuladas desde la Casa Blanca.
Hay dudas legítimas al respecto porque el propio Trump ha amenazado con ello. También hay dudas de qué uso haría Trump de ese Congreso si finalmente aceptara una derrota, algo a lo que no está demasiado acostumbrado.
Sólo hay que ver el desprecio con el que trata al actual para imaginarse a qué papel relegaría al futuro, aunque no cabe duda de que al menos el nuevo no se resignaría a ser un mero apéndice silente de la presidencia.