- EDWARD LUCE
Al igual que el 39º presidente de Estados Unidos, el inquilino actual de la Casa Blanca ha entregado el control de la narrativa a Irán.
No hay dos seres humanos, y mucho menos dos presidentes estadounidenses, que puedan ser más diferentes que Donald Trump y Jimmy Carter. Uno era un austero "servidor del ciudadano"; el otro es Trump. Pero tienen en común a Irán. La presidencia de Carter se vio marcada por la crisis de los rehenes en Irán, un desastre del que jamás pudo escapar. La Operación Furia Épica es una trampa en la que Trump cayó despreocupadamente. Los teócratas iraníes también están definiendo su presidencia.
Ambos comparten una aversión a las muertes de estadounidenses. La conciencia de Carter se vio atormentada tras perder a ocho estadounidenses en su fallido intento de rescate de los rehenes. Hasta ahora, Trump ha perdido a 13 militares estadounidenses en el Golfo Pérsico. Teme una reacción pública negativa si se producen más muertes de estadounidenses. "Hubo un momento, al principio, en que nos planteamos hacerlo", dijo Trump la semana pasada cuando se le preguntó si planeaba confiscar las reservas de uranio altamente enriquecido de Irán. "No quería ser Jimmy Carter".
Sin embargo, Trump se está convirtiendo en él. Una vez que se instala la idea de que un presidente estadounidense es prisionero de las decisiones de otros, la sensación de impotencia es difícil de erradicar. Esto conlleva un peligro. La incapacidad de Carter para liberar a los rehenes influyó en la decisión de la Unión Soviética de invadir Afganistán pocas semanas después del asalto a la embajada estadounidense en Teherán. De no ser por las acciones del papa Juan Pablo II y del asesor de seguridad nacional de Carter, Zbigniew Brzezinski, los soviéticos probablemente habrían invadido Polonia.
Trump es el rehén en el centro del laberinto actual de Oriente Próximo. Este fin de semana, el presidente me dijo: "Yo tomo las decisiones. Yo tomo todas las decisiones". Esto parece dudoso.
Aunque instó a Israel a no tomar represalias contra los ataques con misiles de Irán el domingo, Israel procedió de todos modos. Horas después, el primer ministro Benjamin Netanyahu ordenó un ataque contra Irán. Es posible que Trump aprobara tácitamente la respuesta de Israel. Pero la impresión casi unánime de que es incapaz de controlar a Netanyahu podría ser fatal para sus posibilidades de poner fin a esta guerra. Irán no concederá nada importante a un presidente que no puede controlar la respuesta de Israel.
Trump, por lo tanto, también es rehén de la mentalidad iraní. Como condición previa para las conversaciones, Irán insiste en un alto el fuego total en Líbano. Cada vez que Israel ataca objetivos en Líbano, incluso en respuesta a los ataques con cohetes de Hezbolá, el listón para que Trump alcance un acuerdo sube. El hecho de que Hezbolá, aliado de Irán, no haya aceptado ningún alto el fuego agrava aún más la situación. El propio Irán está socavando cualquier posibilidad de paz en Líbano. Esto no hace más que reforzar la impotencia de Trump; Irán e Israel dictan ahora el rumbo y la duración de esta guerra.
¿Cómo puede escapar de esta pesadilla? Haciendo tres cosas a las que será reacio. La primera sería demostrar que tiene poder de veto sobre Israel amenazando con cortarle la ayuda militar estadounidense a menos que respete el alto el fuego y retire sus fuerzas de todo Líbano, a excepción de una estrecha franja. La segunda sería movilizar a tantos expertos como los iraníes para negociar los detalles durante el tiempo que sea necesario. La tercera sería comunicar de forma consistente que respetará esas dos vías. Pero le falta paciencia. Los cambios de carácter son raros en las personas que rondan los 80 años.
Lo que nos deja las acciones compensatorias. Aquí es donde Trump se diferencia de Carter. El 39º presidente de Estados Unidos convirtió la crisis de los rehenes en un barómetro de su poder. Adoptó la "estrategia del Jardín de las Rosas" de negarse a hacer campaña para la reelección, e incluso dejó el Árbol de Navidad Nacional cerca de la Casa Blanca a oscuras. Al hacerlo, cedió el control de la narrativa a los iraníes. Trump también ha perdido el control de la situación. Pero es un showman, no un predicador, así que su instinto le dicta cambiar esa realidad. Eso significa acciones en escenarios donde pueda prevalecer.
El núcleo de la estrategia de seguridad nacional de Trump publicada el pasado diciembre consistía en reafirmar el dominio estadounidense en el hemisferio occidental. La palabra Irán apareció tres veces, pero sólo para alardear de que el alto el fuego entre Israel e Irán del verano pasado fue uno de los ocho supuestos acuerdos de paz que Trump había negociado. Este documento se publicó poco después del anuncio del Premio Nobel de la Paz. La ganadora, María Corina Machado, líder de la oposición venezolana, donó su galardón a Trump, quien había hecho campaña sin pudor para obtener el premio. Aunque Trump ahora controla el régimen venezolano, Machado aún no ha visto ningún beneficio de su gesto.
Aquí es donde Trump y Carter entran en universos paralelos. Carter rechazó la Doctrina Monroe en la que Estados Unidos había basado su dominio hemisférico original. Trump la ha recuperado. Cuba debería estar alerta. Canadá no puede dormir tranquilo. Dinamarca debería tener en cuenta que Groenlandia sigue en la mira de Trump. Carter ganó el Premio Nobel de la Paz en parte por mediar en la paz entre Israel y Egipto. Trump ha demostrado que no está en posición de mediar en nada fuera de su propio patio trasero.
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